lunes, 1 de febrero de 2016

Abismos

Lo interesante de los abismos es que son imperfectos por definición. Se imponen absolutos, resueltos, enaltecidos por su propio orgullo. Pero es precisamente en la imperfección del abismo, en la contradicción de lo aparente, que las puntas se tocan, se unen, se funden bajo de un manto de oscuridad y aparente infinito. La contradicción de lo absoluto se desintegra e irrumpe con la violencia con la que las olas, siempre dispuestas a dar la batalla perdida, avanzan con violencia sobre la costa.

La nada, el todo

Borges me invita a ocultarme o huir. Cortázar me inunda de miedos abismales, fantasmagóricas representaciones de un subconsciente oscuro y con demasiado vuelo. Tal vez, más allá de mi dominio o alcance. Pizarnik me sugiere el silencio, el quiebre individual, el sufrimiento en voz bajita. Así, agachadita, escondida debajo de la mesa, casi como pidiendo permiso o disculpas. Neruda me propone un caramelo demasiado azucarado, lo mismo hace a la distancia Benedetti. Sabines me habla de desparpajo, de sábanas gastadas y placer penoso. Vian, siempre al alcance de la mano, me lleva a un mundo de ruta y libertad que no se condicen con las cadenas que me pusieron o me puse, quién sabe. La llave no está al alcance de mi mano y ese ya es motivo suficiente para dar por finalizada la búsqueda. No encuentro reflejo en las palabras. Y tal vez ese sea el verdadero sentido de la nada, del todo.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Piedrita



Agarro la piedrita una vez más. Sin rebeliones, ni misterios. Vuelvo a agacharme, con la ingenuidad que sólo puede proyectar la mirada que aún no ha visto. Regreso al ritual casi perverso de la tiza y el asfalto, al punto de salida: la tierra. El cielo sigue allá, a lo alto y casi curvado por la perspectiva infantil que sólo el comienzo de la rayuela logra restituirnos. Aunque sea sólo por algunos instantes.
Flaquean las rodillas, el cuerpo traiciona, pero envalentonada por la necesidad de dar un gran salto -quién sabe a dónde, quién sabe por qué- suelto la piedrita. La libero de la transpiración y la prisión de mis manos. La incierta trayectoria se convierte pronto en liberación pura, con una pizca de pánico y otra de horror.
Y acá estoy. Una vez más, con los pies en la tierra y una asfixiante necesidad de llegar, aunque sea sólo por algunos instantes, al cielo.

domingo, 11 de octubre de 2015

De laberintos y otras cosas


El laberinto me divierte, no te lo voy a negar. Entrar, salir, dar vueltas. Siempre en el mismo lugar, pero sin tener jamás la certeza de en dónde se está. Pasar cinco veces por la misma esquina desdibujada y no notarlo, pasar inadvertido. De nada sirve esconderse. Esa, corazón, es la magia de los laberintos. No hay inicio, no hay final, no hay presente. La estructura fue armada a la perfección por una mente tan brillante como neúrotica. ¿A quién carajo se le ocurre diseñar semejante entramado de diagonales, cruces y perpendiculares? A nadie, sólo a un neurótico, asentís con una cerveza ya tibia en tus manos. Y ahí, en un intento por mantener el laberinto y no encontrar jamás la salida, saco chapa de los cuatro libros de psicoanálisis que compré en oferta en Parque Rivadavia. Lo llamativo del caso, -escuchá esta genialidad que me regala el whisky barato que recomendó el mozo al que jamás escuchamos- es que la propia definición de neurosis es un laberinto: todos lo somos, ergo: nadie lo es. Si la característica es común, se pierde la unicidad, la definición individual, respaldás, antes de meter toda tu humanidad en el bowl de aperitivos de dudosa procedencia. Y así, entre trago y trago, nos adentramos en otro laberinto semántico, una guerra fría lingüística que sólo toleraría Saussure. Y ni siquiera. Unicidad, resalto con desgano desde la otra punta de la mesa porque, como siempre, te negaste a sentarte al lado mío. La unicidad está sobrevaluada, desafiás, en un intento por cercar mi estructura emocional. Cortito y al pie. Cachetazo inesperado. Whisky raspando mi garganta. El bowl ya sin un puto maní. Y vos ahí, estoico, con el puñal en la mano y las gotas de sangre que caen lentamente sobre la mesa. Si lo que nos define es la unicidad, entonces coincidirás conmigo en que las definiciones están sobrevaluadas, te espeto. Manotazo de ahogado. As de basto sobre la frente. Te canté truco, cariño. Pero me olvidé, como siempre, que tus manos son más generosas que las mías.-

lunes, 28 de septiembre de 2015

Otra vez será, campeón


Sonó el silbato justo cuando encarabas directo al área. Era una jugada histórica, olías metro a metro la gloria de la coronación futbolera. Te entregaste, aún sabiendo que arrastrabas la lesión de menisco del torneo pasado. No te importó: sentías el aliento de la hinchada, el siempre incómodo festejo de vestuario. Estabas ahí, a metros. Pero el referí, que esa noche sólo pensaba en las puteadas tribuneras, te cortó la inspiración. Justito, con diez segundos más te sobraba. Puteaste en arameo, en griego y en guaraní. Miraste a las gradas, casi como pidiendo perdón o buscando alguna mirada cómplice que te acercara un amistoso: “Sé que lo intentaste”. Pero nada, la nada. Sólo el consuelo del director técnico que, con resignación quirúrgica, te alcanzó una botella de Gatorade ya abierta y te remató con un triste: “Otra vez será, campeón”.  

lunes, 18 de mayo de 2015

SOCIAL BLOOD: APLICACIÓN DE LA CRUZ ROJA QUE YA SALVÓ 77 VIDAS

SOCIAL BLOOD: APLICACIÓN DE LA CRUZ ROJA QUE YA SALVÓ 77 VIDAS


La Cruz Roja ecuatoriana y la agencia de publicidad Publicitas Saatchi & Saatchi desarrollaron una innovadora aplicación para telefonía celular que agiliza la donación de sangre al localizar en tiempo real potenciales donantes. A diferencia de los tradicionales llamados a la solidaridad en medios convencionales como la radio y la televisión, esta nueva herramienta se apoya en la geolocalización de los dispositivos móviles y permite encontrar en tiempo real a los donantes. Una vez notificados del pedido, los interesados reciben vía Google Maps la ruta directa hacia el centro de donación más cercano del lugar en donde se encuentran. En sólo 93 días, la aplicación ya salvó la vida de 77 personas. Es decir: una vida cada 28 horas.

CÓMO FUNCIONA LA APLICACIÓN
Una vez descargada, la aplicación conecta el número de serie específico del dispositivo móvil con el tipo de sangre del donante, permitiéndole a la Cruz Roja localizarlo en tiempo real por tipo de sangre y posición geográfica. Cada vez que se realiza un llamado específico, la aplicación cruza los datos y notifica a aquellas personas cuyos perfiles coincidan con los buscados. En ese mismo instante, el donante recibe una notificación y, al aceptarla, se le envía al instante una ruta vía Google Maps que le indica el centro de donación más cercano. La aplicación ya se encuentra disponible para Android en 'Play Store' y para los dispositivos Mac iOS en 'App Store' de Apple.

RESULTADOS AL MOMENTO Y CONTEXTO MUNDIAL
La aplicación comenzó a funcionar el pasado 14 de febrero en Ecuador y, desde entonces, ya fueron salvadas 77 vidas. Una cada 28 horas. De acuerdo con los últimos informes elaborados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), de 9.3 millones de unidades de sangre recolectadas en América Latina y el Caribe, sólo el 41% procede de los donantes voluntarios. El desafío de la Cruz Roja es generar una red interactiva que permita unir al donante solidario con los pacientes que más necesitan de su ayuda, potenciando la solidaridad y minimizando el tiempo de espera.

VIDEO EXPLICATIVO E INFOGRAFÍA
Se puede descargar acá: http://bit.ly/1ebEUu1

sábado, 14 de febrero de 2015

Adiós al Marqués de la Falaguette, el primer chanchista


El caballero nos dejó su sombra y también su luz. ¡Qué cachetazo me diste, Carón! Marqués de la Falaguette, señor de los bigotes puntiagudos, mi Gran Pez. Guardo el inmenso caudal de palabras que tu despedida trajo a mi cabeza para un número más de Metafrasta: el tuyo, el nuestro, el mejor. Lo despido comandante, con la cabeza en alto y todavía con la convicción de que no soy disidente, sino una simple (y siempre compleja) chanchista. Lo despido haciendo uso de mi título nobiliario, el mismo que me inventó porque "una dama jamás puede salir a la calle sin su título". Me quedan los recuerdos, las palabras, las risas y sus borisvianezcas anécdotas. Pero los guardo porque sé, todos sabemos, que nos volveremos a encontrar cada vez que alguien metafrastee en algún lugar. Brindo por vos Carón, brindo por tus palabras. Por las que dijiste y las que callaste. Brindo porque la muerte sólo nos encuentra cuando nadie pronuncia nuestro nombre. Y en tu caso, querido chanchista (con un toque disidente y también lobista), eso nunca va a pasar. Acá va el brindis de la marquesa vizcondesa demediada, siempre en la búsqueda de algo más, siempre con la palabra adecuada.

martes, 12 de agosto de 2014

Del "pelotudo de Fantino" a Noam Chomsky: un extraño viaje sin escalas



Fantino es un pelotudo”, sentenció ayer con precisión bélica el tachero que me llevaba del Obelisco a la redacción. Pe lo tu do -resaltaría sin tapujos el querido Fontanarrosa-. “Que hable de fútbol y se deje de hacer el serio”, reforzó segundos antes de cambiar a otra AM. El comentario que lo alienó tuvo lugar después de que el conductor de Uno de los nuestros reconociera, durante el pase radial con Luis Majul, su incapacidad de culminar la lectura de la novela Ulises de James Joyce. “Minas en pelotas y fútbol. ¡Qué hace hablando de libros este...!”, sentenció y fortificó así su postura. No hubo más diálogo. Un breve intercambio de miradas, de corte seco y tajante, dejó en evidencia que estábamos en lados opuestos del ring.
La batalla, que como tantas veces libré en silencio, me acompañó durante el resto del día. Ya en el diario y con decisiones editoriales sobre la mesa, no podía dejar de pensar en la vara de medición de aquel hombre. Me aplastó la contundencia de su afirmación. Golpe, cara y cemento. Un knockout de frustración. Aunque el derechazo no me había sido dirigido, tomé toda la violencia del golpe. Porque todos fuimos, somos y seremos el pelotudo de Fantino.
Ocho años atrás, cuando llegó la oferta de comenzar mi camino periodístico junto a Chiche Gelblung, un peso pesado del academicismo periodístico se encargó de ponerme en mi lugar. A mí y a todos mis prejuicios. “No importa si escribís sobre la separación de Susana Giménez o si descubrís un watergate. Tu ética y tus códigos dependen de vos, no de la temática que te asignen. Que sea o no periodismo depende ya de tu rigurosidad”, disparó café mediante. Minutos más tarde, claro, firmé mi primer contrato.
Escribir sobre espectáculos es ingresar, para muchos, en una temática asumida frívola por la sociedad. Aunque los clicks de las webs y las ventas de las revistas evidencien lo contrario, los percances de la vida de Diego Maradona no le interesan a nadie que asuma un mínimo nivel intelectual. El Diez sólo existe dentro de la cancha y, como el abolengo futbolero dicta: la pelota no se mancha. Nadie sabe quién es Wanda Nara y, de más está decir, las únicas conversaciones válidas son aquellas que se debaten entre el existencialismo de Kierkegaard o el de Heidegger.
No conozco a Alejandro Fantino y lo único que me ata a él es el eventual contrato oyente-conductor que nos encuentra cada tanto en algún viaje de taxi o por la noche, ya en la caja boba. Si es un pelotudo o no, eso tendrán que decirlo sus íntimos y, espero, lo hagan a puertas cerradas. Pero, ¿por qué aceptar su descalificación gratuita? ¿Por qué negarle a un periodista la posibilidad de mostrarse en toda la cancha? ¿Por qué el especializarnos en fútbol o espectáculos nos convierte en entes incapaces de analizar otro tipo de realidades? Pocos periodistas, de los considerados serios, sortearon con total naturalidad entrevistas con difíciles personajes como Aníbal Fernández y Luis D'Elía. Pero, para la tribuna, aquel santafesino de trajes arriesgados siempre será el que tiene que hablar de fútbol. Fútbol y minas en pelotas.
“La gente paga por su propia subordinación”, sentencia el gran Noam Chomsky en su libro Lucha de clases. Y a veces, casi sin darnos cuenta, nos adentramos en una peligrosa línea de pensamiento que nos convierte en nuestros peores verdugos. Arriba o abajo del taxi.