jueves, 17 de abril de 2014

Cortázar y Paco Porrúa sobre el "gran cronopio" García Márquez


A Francisco Porrúa y Sara del Pino
Seignon, 4 de octubre de 1966

Llegaron los libros, los leeré este invierno, si le escribís decile que es un gran cronopio y que me conmueve su generosidad al mandarme sus cosas. Los libros describieron incontables parábolas hasta juntarse conmigo, y finalmente Tomás Segovia, de Mundo Nuevo, los mandó a Saignon desde donde los devolvieron a París. Si tenés la dirección de Gabriel, mandámela para escribirle. Gracias. Qué bueno que Sudamericana publique la novela de la que Mundo Nuevo publicó ese capítulo sensacional.

Yo también creo que García Márquez es el meteco ascendente que ves vos. Hacía mucho que no encontraba una prosa tan viva, tan caliente, tan fabulosamente inventiva. Pero cierto que los dos últimos libros de Fuentes, que leí en manuscrito y que están por aparecer, son también extraordinarios, sobre toda Cambio de piel.  

Julio

Cortázar sobre Gabo: "Los más viejos ya nos podemos morir, hay capitán para rato"




A Francisco Porrúa
Seignon, 4 de agosto de 1967


(...) Y, además, en esos cinco días de calma y trabajo, leí maravillado Cien años de soledad, cuyo envío te agradezco inmensamente. Desde luego le voy a escribir a Gabriel (cuyo doble guiñada de ojo a Fuentes y a mí, en sendos pasajes del libro, me conmovió mucho); te enviaré a vos la carta para que se la hagas llegar, porque no tengo su dirección. Qué libro increíble, Paco. En estos últimos años, no veo nada comparable a esa novela y a Paraíso de Lezama Lima en nuestras tierras. Desde Venecia, Fuentes me escribió igualmente entusiasmado. En fin, los más viejos ya nos podemos morir, hay capitán para rato.

Julio

La referencia a Rayuela en Cien años de soledad


“Aureliano, por su parte, no tenía más contacto con el mundo que las cartas del sabio catalán y las noticias que recibía de Gabriel, a través de Mercedes, la boticaria silenciosa. Al principio eran contactos reales. Gabriel se había hecho reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en París, vendiendo los periódicos atrasados y las botellas vacías que las camareras sacaban de un hotel lúgubre de la calle Duphine. Aureliano podía imaginarlo entonces con un suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de noche para confundir el hombre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidos donde había de morir Rocamadour”.

domingo, 1 de diciembre de 2013

La monstruosa paradoja del amor entre Oliveira y la Maga

Fragmento de una carta que Julio Cortázar le envió a Jean Bernabé, escritor y linguista francés, luego de recibir una crítica tras la lectura de Rayuela. A continuación, el fragmento en donde analizan la tortuosa relación entre Horacio Oliveira y la Maga.


A JEAN BERNABÉ
París, 8 de mayo de 1965

Mi querido Jean:
(...) También creo que usted tiene razón cuando analiza la actitud amorosa de Oliveira. Pero claro que la Maga no es una mujer. Un hombre que busca en una mujer lo que parece buscar Horacio, la irrealiza automáticamente, la destruye como mujer; las catástrofes físicas y morales subsiguientes son un hecho fatal e irremediable. Horacio lo sabe, además, y por eso sus diálogos con la Maga tienen una ironía amarga todo el tiempo, un sabor a cosa ya muerta. Pero a la vez, porque Horacio es un gran infeliz en el doble sentido que le damos a la palabra en la Argentina, está enamorado de esa mujer que él ha convertido en un fantasma. Horacio usa a la Maga como si fuera otro instrumento para su tentativa de salto en lo absoluto. Cualquiera que haya tenido el menor comercio con las mujeres sabe de sobra que es el único uso condenado al fracaso absoluto. La mujer puede despertar en nosotros el sentimiento y la nostalgia de lo absoluto, pero a la vez nos retiene en la relatividad con una energía casi feroz. Pedirle que salte con nosotros es provocar la doble catástrofe. Horacio le pide, a su manera. La Maga responde, también a su manera. La monstruosa paradoja del amor es que, como se dice por ahí, es "dador de ser", enriquece ontológicamente, pero al mismo tiempo reclama un hic et nunc* encarnizado, prefiere la existencia a la esencia.

*Aquí y ahora.

Julio Cortázar, Cartas 1965-1968, Argentina, Alfaguara.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El día en el que Cortázar conoció a Borges (y viceversa)



Fragmento de una carta que Julio Cortázar le envió a su agente literario, Francisco Porrúa, uno de los principales colaboradores del boom latinoamericano del 60'. En su haber, Paco ostenta el título de haber editado Rayuela y Cien años de soledad.

A FRANCISCO PORRÚA
París, 30 de noviembre de 1964

Mi querido Paco: 
(...) No te podés imaginar cómo se me llenó el corazón de azucar y de agua florida y de campanitas, cuando, al cruzar el hall de la UNESCO con Aurora (Bernárdez, su primera mujer) para ir a tomarnos un café a la hora en que está terminantemente prohibido y por lo tanto es muchísimo más sabroso, lo vimos a Borges con María Elena Vázquez*, muy sentaditos en un sillón, probablemente esperando a Caillois. Cuando me di cuenta, cuando reaccioné, ya nos estábamos abrazando con un afecto que me dejó sin habla. Mirá, fue algo maravilloso. Borges me apretó fuerte, ahí nomás me dijo: "Ah, Cortázar, a lo mejor, ¿no?, usted se acuerda, ¿no?, que yo le publiqué cosas suyas en aquella revista, ¿no? ¿Cómo se llamaba la revista, che, cómo se llamaba?". Yo casi no podía hablar, porque el grado de idiotez al que llego en momentos así es casi sobrenatural, pero me emocionó tanto que se acordara con un orgullo de chico de esa labor de pionero que había hecho conmigo. Entonces le recordé a mi vez todo lo que eso había significado para mí, sobretodo porque él me había publicado sin conocerme personalmente, lo que le daba muchísimo más valor a la cosa. Y entonces Borges dijo: "Ah, sí, claro... Y usted a lo mejor se acuerda, ¿no?, que mi hermana Norah le hizo unos dibujos muy preciosos, ¿no?". En fin, che, yo estaba hecho un pañuelo. Después lo escuchamos a Borges en su conferencia sobre literatura fantástica, dicha en un francés excelente, y a los días vino a la UNESCO y les rajó una charla sobre Shakespeare que los dejó a todos mirando estrellas verdes. La chica Vázquez me arracó la lectura de dos cuentos para una emisión de Radio Municipal, y se fueron a España. Por supuesto, los periodistas se ingeniaron como siempre para hacerle decir a Borges cuatro pavadas sobre política, pero qué poco importa, o en todo caso, qué poco me importa.

*Cortázar se equivoca en el nombre: se refiere a María Esther Vázquez.

Julio Cortázar, Cartas 1955-1964, Argentina, Alfaguara.


martes, 29 de octubre de 2013

Inspiraciones cotidianas, para Julio Cortázar


Cortázar junto al pintor Eduardo Janquieres.
Hace tiempo, leyendo Clases de literatura, Berkeley 1980, descubrí que la década del cincuenta encontró a Julio Cortázar en un momento que calificó como “lúdico”. Con su desembarco parisino aparecieron, casi por arte de magia, los Cronopios, las Famas. El inicio de su era “fantástica” se vio potenciado con la publicación de Axolotl y Bestiario. Esta tarde, en algún trayecto del recorrido de la línea D, llegó a mí una explicación un tanto menos académica -y quizás, por ese motivo, más cercana- desde Cartas 1937-1954, compilación epistolar a cargo de Aurora Bernárdez, primera mujer del escritor. Descuento la recomendación de ambos libros y les acerco el momento en el que surgió la inspiración para una de las piezas literarias más simples y complejas que leí.

Aunque su publicación llegaría ocho años más tarde, el proceso creativo tuvo lugar en Roma, durante la primavera de 1954 en la que, para hacerle frente a sus gastos europeos, Cortázar trabajó en la traducción de la obra completa de Edgar Allan Poe para una editorial de Puerto Rico. Sin mayor preámbulo, les dejo un fragmento de la carta que le escribió a su amigo Eduardo Jonquières, pintor argentino.

Scala Santa, Roma, 2010.


A Eduardo Jonquières
Roma, 15/1/54

“El otro día se me ocurrió que si tengo tiempo y ganas, voy a escribir un Manual de instrucciones. Esto nació de Aurora (su primera esposa) y yo habíamos ido a San Giovanni in Laterano para seguir explorando el museo (que es fenomenal, incluso la parte etnográfica tan divertida, pero sobre todo los sarcófagos cristianos y lso mosaicos de las termas de Carcalla). Como faltaba un rato para que abrieran, libamos un timballo de lasagna en una tavola calda y nos metimos en el palacio de la Scala Santa. Tú sabrás que por dicha Scala se sube de rodillas, pues Santa Helena la importó a Roma después de sacarla de casa de Pilatos. Noté entre varias cosas notables, que vendían unos libritos con “instrucciones para subir la Scala Santa” y me pareció muy bien. Tan bien me pareció que me di cuenta hasta qué punto estamos huérfanos de buenas instrucciones para beber una tacita de café, por ejemplo, o para sentarse en una silla. Son cosas elementales -es decir profundas, o sea malentendidas. ¿Cómo se enciende un fósforo? ¿Tú sabes? No, tú lo enciendes. Pero, ¿y si del fósforo, por tu torpeza, te brota una enorme cebolla de verdeo? Etc, etc. Reconoce, con todo, que el Manual se impone. Alguien tendría que escribirlo. (Un inglés, probablemente)”.

domingo, 25 de agosto de 2013

Humilde homenaje a un grande: Julio Cortázar


Gracias por los cronopios y por las famas. Guardamos las esperanzas para ver qué hay más allá de la continuidad de los parques. Será la nostalgia de la infancia, el recuerdo de la Rayuela lo que nos lleva a perseguir, sin que se culpe a nadie, a un tal Lucas. Nos enseñaste las armas secretas del lenguaje para que rompiéramos las formas, los usos y las costumbres de lo hegemónico. Desplomaste al octaedro de Becquer y Benedetti. Formaste a un bestiario dispuesto a batallar tus dudas existenciales heredadas por un tal Oliveira y algún Manuel que pasó por la rue de Seine. Viviste a deshora, te anticipaste a tus tiempos. Nos hiciste querer a Glenda y reírnos tanto con la Maga. Abanderado de lo lúdico, procurador de instrucciones. Tomaste mi casa, mi biblioteca y mi cabeza. Hiciste que cada flor amarilla se convirtiera en un puente, tal vez el Pont des Arts, hacia la eternidad. Nos hiciste pasar horas buscando al Axolotl e invertimos la noche boca arriba imaginando los venenos del jazmín o los reproches del Club de la Serpiente. De tu mano, dimos la vuelta al día en ochenta mundos y disfrutamos del goce casi perverso de hallar un manuscrito en un bolsillo. Fuiste tu propio ídolo de las Cícladas en plena apocalipsis de Solentiname (con cuadros, colores, estallidos y todo). Nos embarcaste en la autopista del sur, sin preparación para el viaje. Y hacia el final de juego, justo en el último round, llegaste a la otra orilla y abriste las puertas del cielo, del otro cielo. Feliz cumpleaños Julio, se te echa de menos.