viernes, 8 de agosto de 2008

Si Mao levantara la cabeza...

A 32 años de la muerte del líder comunista, China experimenta un proceso de occidentalización vertiginoso. El antes y el después de un gigante que intimida a los Estados Unidos.

Poligamia, pies vendados, mujeres sumisas… ¿No es hora de actualizar algunos tópicos sobre China? El gigante vive una revolución sexual sin precedentes, y blogs y sex shops —que aquí operan bajo el epígrafe de “establecimientos de planificación familiar”— son sólo la punta del iceberg. Así se divierten muchos chinos cuando no están viendo los Juegos.
La libido flota en el ambiente a ritmo de hip-hop. Los rayos láser, la niebla artificial y los malabarismos con los que preparan cócteles imposibles los camareros de la barra crean un mundo irreal. Las gogós, enfundadas en tops rosas, se contonean en sus jaulas y provocan un frenesí que recorre la pista de baile. Una joven pareja baila enganchada por los piercings de sus labios a pocos metros de donde una chica se sienta a horcajadas sobre las piernas de su compañero, contoneándose de forma sensual y dejando a la vista la parte superior de un tanga rojo, prenda que vendió el año pasado un 43% más de unidades que en 2006.
En las mesas que forman el perímetro de la gigantesca sala de baile corre el Chivas de 18 años mezclado con refresco de té verde. El alcohol libera testosterona y feromonas. Hay solitarios que no pueden más y se dejan seducir por cantos de sirena. “Una mamada, 300 yuanes”. Entre las bambalinas del X-Ray Club se esconde un muestrario de libertad. Y de prácticas sexuales. La oscuridad hierve.
Podría ser Nueva York, Amsterdam o Barcelona, pero la escena pertenece a la noche de Shenzhen, una de las ciudades más pujantes de la China del siglo XXI, esa que trata de hacer borrón y cuenta nueva con su historia. Como muchos otros establecimientos de ocio, un sector que crece sin medida en el país de Mao, el X-Ray Club atrae a las clases media y alta de una urbe que hace tres décadas era un minúsculo poblado de pescadores y que ahora cuenta con ocho millones de almas poseídas por el desenfreno del desarrollismo económico. Los jóvenes dejan fluir su deseo en la intimidad de la multitud y tras una espesa cortina de humo y luces estroboscópicas. Buscan una desinhibición que, poco a poco, va escapando de las sombras de discotecas y night club para ver la luz en lugares públicos. Algo totalmente impensable hace sólo 10 años.
En Shanghai, a 1.500 kilómetros, dirección Norte, el calor es sofocante. Pero Xinjing y Zhao, de 21 y 23 años respectivamente, se han propuesto elevar un poco más la temperatura. El Bund, con la sobriedad de los edificios coloniales como telón de fondo y los colosales rascacielos de Pudong en la otra orilla del río, es el escenario ideal para un paseo romántico. Van de la mano y no tienen problema en hacerse arrumacos y en posar besándose para EP3. Xinjing incluso juega con el trasero de su novio. “¡Qué vergüenza!”, murmura a su paso una mujer de mediana edad. Para su asombro, y en un claro desafío al tradicional respeto por los mayores en China, los dos jóvenes se paran ante ella y comienzan a besarse de forma teatral.
La mujer aprieta el paso y desaparece de su vista, bufando. La pareja se desternilla. “El problema de la gente mayor en este país es que no tiene ni idea de lo que es el amor, mucho menos de lo que ese concepto significa ahora. El valor del sexo fuera de la procreación es ciencia-ficción para ellos. Afortunadamente, eso está cambiando”, asegura Xinjing.
La vida sexual de estos dos estudiantes universitarios es un espejo de las estadísticas. Ella perdió la virginidad a los 17; él, un año después. La media nacional entre los menores de 30 se sitúa en los 17,6 amos, mientras que quienes ahora tienen entre 30 y 40 se lanzaron por primera vez a los 24. Xinjing y Zhao no están casados ni cohabitan, pero mantienen relaciones sexuales en un motel cercano a su universidad entre tres y cuatro veces por semana. “Y no somos los únicos. Muchas veces tenemos que esperar porque las 20 habitaciones están ocupadas. La gente no se mira para no pasar vergüenza, pero ahí estamos todos”, apunta él.
No en vano, el número de estos establecimientos que ofrecen habitaciones por horas junto a centros de estudio se ha multiplicado por cuatro en el último lustro. Y es que en torno al 75% de la población urbana de China acepta el sexo prematrimonial, mientras que en 1989 el porcentaje era de sólo un 15%. Por su parte, la exigencia de que la novia sea virgen en el matrimonio, que no el novio, ha descendido del 67% al 21%.
Y el sexo ya no es sólo cosa del misionero. Xinjing reconoce sonrojada que, desde que descubrió los juguetes eróticos, el placer se ha intensificado. Fue la curiosidad la que les llevó a visitar uno de los mil sex shops de Shanghai (en Pekín hay unos 5.000, más que en Nueva York), que en China operan bajo el epígrafe de “establecimientos de ayuda sexual y planificación familiar”, aunque los productos estrella son los mismos que en el resto del mundo. Salvo por la pornografía, que está prohibida, y algún producto exótico. “Lo que más se vende son recetas de medicina tradicional que prometen efectos como los de la Viagra. Luego vienen los juguetes y la lencería provocativa, pero donde se ve mayor crecimiento de ventas es en los látigos y en los productos de rollo sadomaso”, explica el dependiente del local al que suele ir la pareja.
A Zhao le gusta utilizar un vibrador con todos los extras para poner a Xinjing a tono. No son únicos. El año pasado, las ventas del sector del juguete erótico, que produce el 70% de la mercancía en China, crecieron un 40% en el país, y las ferias celebradas en Guangzhou y Shanghai han reventado todas sus expectativas de asistencia. Eso sí, todavía es necesario leer bien las instrucciones de uso. “Hemos tenido que aprender con la experiencia, sacudiéndonos la vergüenza que se asocia al sexo, porque la educación al respecto en China es nula”, reconoce ella.
Todos los estudios realizados sobre el tema le dan la razón. “Aunque se admite la necesidad de introducir a los jóvenes en el arte del sexo, la mayoría de profesores no tiene las nociones necesarias para hacerlo, y resulta un desastre”, declaró al diario oficial China Daily Li Yinhe, una de las pocas sociólogas especializadas en sexología y considerada por Asian Weekly una de las 50 mujeres con mayor influencia del país. “Ese déficit es el que está provocando el aumento de abortos y la expansión de enfermedades de transmisión sexual”.
Xu Zhi es el nombre ficticio del responsable del área de ginecología de una importante clínica de Shanghai a la que EP3 ha acudido para contrastar los datos de un informe del investigador Yan Fengting, que asegura que el 65% de las mujeres que abortan en la capital económica de China son solteras, frente al 25% de 1999. Zhi confirma el dato y apunta otros puntos negros de la revolución sexual en China. “El número de abortos de adolescentes se ha triplicado en 10 años, y ahora nos llegan niñas, incluso de 12 años, que quieren experimentar y no saben cómo hacerlo de forma segura. Durante las vacaciones escolares, alrededor del 80% de intervenciones (cuyo precio ronda los 100 euros, o 50 sin anestesia) se practican en jóvenes de menos de 18 años”. También es este sector de la población el que hace mayor uso de la himenoplastia, un proceso quirúrgico para reconstruir el himen y recuperar la virginidad. “Pero en su mayoría son chicas de zonas rurales, donde los valores tradicionales son más estrictos”, apunta Zhi.
Para Zhao, la solución a este problema puede encontrarse en el quiosco de la esquina. La aparición de revistas urbanas destinadas al público joven, encabezadas por Cosmopolitan o FHM, que, curiosamente, está publicada por una agencia gubernamental, ha mejorado el conocimiento de sus lectores sobre las relaciones sexuales. Zhao es lector de la segunda, y reconoce que pasa de las chicas de portada, “que nunca enseñan nada”. Lo que le interesa son “los reportajes sobre sexo en los que se muestran las últimas tendencias y se dan consejos”. Xinjing se decanta por la publicación femenina y suele compartir con él los consejos de las chicas Cosmo para elegir pareja. “La prensa está cambiando. Han encontrado un mercado nuevo y a nosotros nos han hecho un regalo. Ya era hora”.
Al papel cuché se han unido las editoriales, que han encontrado un filón en los adolescentes que plasman en libros su caótica iniciación sexual. Wei Hui rompió la veda con Shanghai baby, y ya se le ha unido una miríada de nombres que venden millones de ejemplares a pesar de que sus obras son para muchos paradigma de la decadencia de la cultura china. En Beijing doll, por ejemplo, Chun Sue, abanderada de la generación X china, relata sus experiencias a partir de los 14 años con hombres mucho mayores, un caso cada vez más habitual entre las adolescentes.
Internet también pone su grano de arena en la transformación de la vida sexual de la población china. La censura es incapaz de interferir en la constelación de páginas web y blogs que describen relaciones sexuales. El Messenger y los foros sirven también como páginas de contactos en las que se concertan citas a ciegas, y hay empresas que, ante la falta de tiempo impuesta por la vida de las megaciudades, han puesto en marcha hasta páginas en las que se organizan citas exprés en paradas de metro. Tiempo máximo del ligue: 20 minutos.
Pero en el ciberespacio China tiene su reina particular: Li Li tiene 28 años y se ha acostado con más de cien hombres. De uno en uno, o varios a la vez. Sus experiencias sexuales, recogidas en un blog, han supuesto una explosión en la Red china y harían palidecer a la mismísima Melissa P. Su nombre, y su seudónimo, Muzi Mei, se han convertido en los dos elementos más buscados del país. Tanto, que el servidor del blog ha tenido que aumentar su capacidad para hacer frente a la demanda, más de diez millones de visitas diarias. Los intentos del Gobierno por acallarla han sido en vano. Aunque el formato en libro no ha visto la luz salvo en edición pirata, Li Li es ya el símbolo de la revolución sexual china. Pero Xu Anqi, sociólogo de la Universidad de Fudan, puntualiza: “No lo es porque cunda su ejemplo, sino porque muchos jóvenes se identifican con los sentimientos que ella expresa, y porque consigue que vean el sexo con otros ojos”.
En una entrevista concedida a la revista Time, Li asegura que lo único que hace es expresar su libertad a través del sexo. “Es mi vida, es mi cuerpo, y puedo hacer lo que me dé la gana con ellos”. Es esa libertad, más aún en una mujer, lo que ha llamado la atención de la juventud china. Ting Hong, de 24 años, no está de acuerdo con la promiscuidad de la que hace gala Li, pero sí con el fondo de su mensaje. “Durante mucho tiempo, la familia y el Gobierno han dictado lo que cada uno tenía que hacer con su cuerpo, e incluso con quién. Ahora serán los individuos quienes decidan. El sexo quizá sólo sea el primero de los muchos aspectos en los que se irán materializando las libertades individuales”.
Tang y Xiaomei tienen 19 años y residen en la antigua colonia británica de Hong Kong. Se las puede ver besándose frente a la bahía de Causeway los viernes y sábados por la noche, cuando el neón crea un telón de fondo incomparable. Están hartas del qué dirán, y hace tiempo que dejaron atrás el armario, un mueble en el que todavía se esconden muchos chinos. “La sociedad no está preparada, pero nunca lo estará si no le damos un par de bofetadas. Nosotras las soltamos en la familia, y después de la tormenta todo ha vuelto a su cauce”, resalta Xiaomei. Li Yinhe está de acuerdo. “La mayoría de homosexuales varones decide casarse con una mujer que preste poca atención al sexo y se contente con dinero. Es necesario que China entienda que no hay nada negativo en la homosexualidad. Afortunadamente, aquí no arrastramos la moralina de la religión, y sólo el valor de la familia tradicional impide la aceptación de las relaciones entre miembros del mismo sexo”.
Y ese pilar de la sociedad está en crisis. Según un estudio de la Academia de Ciencias Sociales de China, que publica datos oficiales, y, por tanto, generalmente conservadores, más de un tercio de la población acepta ya las relaciones extramatrimoniales. Shenzhen, rebautizada como “la ciudad de las concubinas”, es buen ejemplo de ello. Aquí residen miles de amantes de los nuevos ricos que han propiciado el boom industrial. Chicas jóvenes de la generación “del hijo único” que se ven atraídas por los bienes materiales que les ofrecen sus patrones, y que, a cambio, hacen realidad sus fantasías sexuales. “Es la reinvención del concubinato, una arraigada costumbre en las sociedades asiáticas que no conlleva el estigma de la prostitución”, explica Anqi.
Y es que en la China hipercapitalista del siglo XXI es más vergonzoso ser pobre que prostituta. Y no hay más que dar una vuelta por los suburbios de cualquier ciudad china para darse cuenta de que el negocio disfruta de buena salud, a pesar de que se trata de una actividad ilegal.
Pequeñas columnas rotatorias iluminadas anuncian la existencia de una peluquería, pero la ropa interior colgada en la puerta sugiere que dentro nadie se corta un pelo. Por si hay alguna duda, las peluqueras visten minifaldas que revelan más que cubren. “Hay que tener en cuenta que China tiene unos treinta millones de hombres más que de mujeres, y que éstos tienen sus necesidades sexuales. La prostitución cumple una función social, y en muchos casos ayuda a que las familias no se rompan”, sugiere el sociólogo de Fudan. Diferentes estimaciones calculan el número de meretrices chinas entre 5 y 10 millones.
Zhang y Xinjing no tienen nada en contra de la prostitución. E incluso le están dando vueltas a la idea de formar un trío con una. “O con uno”, matiza ella. A pesar de su atrevimiento, la pareja no se considera especial. Xinjing no se muerde la lengua: “No hay nada de malo en el sexo, siempre que sea consentido. Ya no somos camaradas, sino personas con necesidad de disfrutar de nuestro cuerpo. China está cambiando, y eso es positivo”.

Eso sí: ellos no tienen ninguna intención de hacerse un book desnudos el día de su boda, una tendencia en auge que se filtra luego en miles de blogs.
Tampoco esperan copiar la curiosa noche de bodas que se está popularizando entre los jóvenes de clases media y alta: todo comienza con un corro de amigos grabando en vídeo y tomando fotografías de los primeros momentos de los recién casados en la cama. A ser posible, desnudos y aparentando (todavía parece que no va más allá) mantener relaciones sexuales. Para darle más gracia al tema, hay quien coloca globos debajo del colchón, para que exploten al comienzo de la función. Es sólo la escenificación humorística y sin complejos de que el sexo ha dejado de ser tabú para estar en boca de todos.
Otras pequeñas revoluciones
Desde que Deng Xiaoping abrió las puertas, el capital no ha dejado de fluir. La clase media china ya roza los 300 millones de personas, cuyo consumo desaforado ha provocado otros pequeños milagros.
Internet. El ciberespacio ya no es un desconocido en China. Un total de 253 millones de habitantes están conectados, y su número crece un 20% anual. Internet es la ventana al exterior, aunque sus cristales no son transparentes. La censura impide ver fotografías de la masacre de Tiananmen o informarse sobre Tíbet, Taiwan o los derechos humanos. De momento, no les importa en exceso. Los videojuegos en la Red y el Messenger son suficientes.
Gastronomía. De pelear por un bol de arroz a hacerle sombra a Ferran Adrià. La revolución económica no sólo ha sacado a 350 millones de chinos de la miseria absoluta. También ha provocado la entrada en tromba de las cadenas de comida rápida estadounidenses, y ha propiciado el nacimiento de una nueva generación de reputados chefs de nombres impronunciables. Los ojos rasgados ya miran de frente la cocina de autor.
Nuevos ricos. Zapatillas Nike, pantalones Calvin Klein, camisa ralph lauren, bolso Louis Vuitton, frapuccino de Starbucks y el logo de BmW, Audi o Cadillac en el volante. Es el ideal de las clases pudientes de China, cuya renta se duplica cada década mientras su ahorro se reduce un 30%. Y es que la hoz y el martillo son ya sólo reflejo del sistema político de un país sumergido en el consumismo más brutal.
*Por Zigor Aldama, para El País de España
También disponible en Ahora Educación