martes, 27 de enero de 2009

puerto madero, madero puerto


Hoy clavé mi mirada al río y me dejé ir. Por esas cosas de la vida, reuniones imprevistas y agendas complicadas, encontré en mi propio enjambre de actividades unos cuarenta minutos de paz completa. El mp4 estaba sin batería, había muerto minutos atrás; en mi cartera no estaba el viejo ejemplar de Madame Bovary y la cámara de fotos yacía en el fondo del cajón de mi escritorio. Ahí estaba. Sola. Sin tecnología ni libros para pasar el tiempo. Sola y en el río.

Sólo cuando uno logra bajar unos siete decibeles de golpe es cuando se da cuenta de que vive en una vorágine acelerada. Relajar cuarenta minutos en verano, mientras que la mayoría de sus amigos están deambulando por algún recóndito lugar del planeta, me resultó un pecado. Inmediatamente me puse a ojear mi agenda. Me dolía ver todas esas actividades -resaltadas con naranja, un color que siempre detesté- que invadían mis momentos libres. Me di cuenta de que hace mucho tiempo que no tengo ese momento, ese ratito del día destinado a pensar en mi, en mis cosas y en la nada misma.

Puse la mente en blanco. Me olvidé de los coquetos -y no tan coquetos- turistas que paseaban por los caminitos que dejaron los diques reciclados de Puerto Madero. Me puse a pensar en cuán paradójico me resultó encontrar una plaza que homenajeaba a la reina de Holanda a pocos metros de la calle que lleva el nombre de Azucena. Por primera vez en mucho tiempo no pensé que me podían llegar a robar. Me acomodé a lo largo de ese banquito de madera barnizada. Pensé que era lindo encontrar un lugar así en la city porteña.

Me prendí un pucho y vi a un nene pasear de la mano de su mamá y en compañía de sus casi quince primos. Me sonrió y le sonreí. Siempre tuve ese tipo de atracción con los chicos. De pronto me acordé de la Fragata Sarmiento. Me acordé del día en el que mi papá nos llevó y de lo morboso que me resultó ver a un perro embalsamado. La vi a lo lejos. Hoy no me resultaba gran cosa. Me olvidé completamente de lo que me había llevado ahí. Por un momento, todas las obligaciones naranjas se desvanecieron mientras disfrutaba de un cigarrillo y un cielo parcialmente nublado.

1 comentario:

Juani dijo...

que gran cronica