jueves, 12 de marzo de 2009

La burocracia, la vieja, el porro y yo


Mientras esperaba que un empleado público se dignase a atenderme para después derivarme con un nuevo número a una nueva sala con nuevas personas esperando para ser nuevamente atendidas; una mujer clavó la mirada en mi lectura.

Sólo escuché gemidos de resignación. De pronto, la mujer atraviesa con su dedo mi campo visual para señalarme un titular y desliza: “¡Eso es triste!”.

El titular, de la revista THC, era el siguiente: “Papá, mamá, el porro y yo”.

Frente a mi cara de frustración por su intromisión, mi desaprobación hacia su pensamiento y la eterna espera para que un empleado público me atendiese para luego encontrarme con un nuevo e impensado trámite burocrático, la mujer comenzó a hablarme de su vida, de su exilio de Grecia (allá por la segunda guerra mundial), de su hija médica y su hijo abogado; de sus siete nietos que “no andan en nada raro, gracias a Dios”, sobre cuán al carajo se fue el país por recibir inmigrantes (¿Ella qué es?) y de cuanta cosa se le cruzó por la cabeza en ese momento.

Tuve que soportar dos horas de charla unidireccional por haberme plegado a mi convicción de que no tengo por qué evangelizar la cabeza de nadie y haberle resumido en una mirada de desinterés: “Vieja de miérda, ¿qué carajo me importa lo que pienses sobre el consumo de marihuana? ¿Sabés por dónde me paso los sermones que me estás dando? ¿No te das cuenta de que no vas a recibir un comentario anti despenalización si me conociste leyendo una revista sobre la cultura cannábica? ¡No me molesta que la sala esté llena de extranjeros y menos que sean latinoamericanos o chinos! Me importa lo mismo que el color de esmalte que usa Susana Giménez si tu hijo es abogado, fletero o porrero”.

En fin, para la próxima sabré defender mi intimidad.
A vos, ¿se te ocurre una buena forma de sepultar una conversación?

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