miércoles, 15 de abril de 2009

Decasualidad.com


Una vez más me dispongo a rebatir un supuesto. Muchos dicen que mi camada –aquella que creció durante la década del noventa- es la denominada “generación online”. Los alegatos son simples: se supone que todos tuvimos un acceso más cercano a Internet (abandonando al setenta por ciento de la población que se encuentra por debajo del nivel de pobreza, claro está).

Bien, si excluimos al enorme grupo que no tuvo ni tiene un cercano acceso a la Web, se podría decir que pertenecemos a una de esas privilegiadas generaciones que crecieron al ritmo de las .com.

Pero, ¿qué es lo que pasa en la dinámica diaria?

Un día me llama una amiga. “Necesito que te entres a Facebook porque necesitamos llegar a los cien contactos. Si lo hacés, estás invitada al asado de festejo”, dijo ella totalmente seria. Mi respuesta inmediata fue: “¿Qué carajo es Facebook?”. Vale resaltar que, por ese entonces, trabajaba como redactora en un diario digital por lo que la realidad me obligaba a estar al tanto de esas extrañas redes sociales. Después de una breve respuesta –incomprensible en ese momento-, le retruqué: “No tengo idea, abrime algo y avisame cuándo es el asado”.

A los dos meses, decidí entrar para ver qué era eso a lo que pertenecía y que le estaba quitando el sueño a más de un colega y/o amigo. Me encontré con un extraño portal que bien podía articular todas las situaciones sociales que uno atraviesa en el día a día. Aunque desde la frialdad que da la Web, por supuesto. También me encontré con amigos que habían sucumbido ante la enfermedad de engrosar su número de “amigos” para, quizá, sentirse mejor con ellos mismos.

Tiempo atrás, una amiga me mandó un mail promocionando su flamante blog. Una vez más, mi respuesta inicial fue: “¿Qué carajo es esto?”. Entré, me resultó curioso pero no me tentó demasiado. El tiempo pasó y, como se darán cuenta, sucumbí ante la tentación de encontrar un espacio propio que no respondiera a los intereses de ningún auspiciante. Limitar mis intereses a las vicisitudes planteadas por quienes financian los medios para los que trabajo es una constante en mi vida. Así nació Noseculpe. Un espacio que, por obra del absurdo, encontró a más de un “seguidor” en la Web. Me sigue resultando extraño enterarme que absolutos desconocidos frecuentan este espacio. “El otro día x y m se pelearon por el post que vos escribiste sobre Cumbio”, me dijo una amiga hace unos meses. La respuesta fue: “¿Quiénes son?”. Como en el teatro, uno pierde la noción de que esa cuarta pared no está. Pero eso es pasta para otro posteo.

Hoy, me encuentré de casualidad con un nuevo fenómeno: Twitter

Mensaje de texto de Ale (casado, 30 años y a punto de ser padre): “¿Qué pasa que no estás en Twitter?”. Nuevamente mi respuesta fue: “¿Qué carajo es eso?”. Conciente de que no frecuento demasiado la red, el abogado me adjuntó vía mail un link en el que pude ver un divertido video explicativo. “¿Para qué me sirve si yo ya tengo Facebook?”, le pregunté. “Es otra cosa, probalo”, respondió.

Veremos cómo se desarrolla mi temprano desembarco en Twitter. Mientras tanto seguiré llegando de rebote a todas las innovadoras plataformas de Internet.

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