sábado, 18 de abril de 2009

El evento del año




Tiembla la “Chiqui” y su esperado arranque con los eternos almuerzos por América. Después de mucha preparación y ansiedad se casó la pareja más glamorosa que tiene el mundo periodístico. Ella, Julieta. Él, Luciano. Más conocidos como Juli y Lucho –o putito glam, dependiendo del grado de confianza-.

Tiempo atrás, una inexperta periodista pisaba temerosa la redacción. “Estos van a ser tus compañeros”, dijo Leo, el por entonces director periodístico del medio. Saludé al “Juglar”, a “Gabi” y al extraño de pelo largo que, todavía no entiendo el porqué, estaba muy callado esa mañana. Le tuve miedo. Sí, a veces mis sentidos no funcionan. Las horas pasaron y, de pronto, ese chico de anteojos me acercó un mate. “Cualquier cosa que necesites me avisás nena”, dijo con el tonito de rockstar pasado que tiene. Ese fue el comienzo del fin.

Al final del día, todos nos encontramos cara a cara en las escaleras. Me saludó con un cordial beso e hizo lo mismo con Gabi. Miento. En ese momento se le acercó al oído y deslizó algo que no alcancé a oír. Ella se rió y me miró. Él hizo lo mismo. “Ya te lo voy a decir, dame unos días”, prometió. La caminata hasta mi por entonces facultad fue eterna. No podía dejar de pensar en aquello que se habían susurrado. “¿Será que este chico tiene un plan maquiavélico para asesinar con gas a toda la redacción?”, pensaba mientras me fumaba un cigarrillo. La respuesta no se hizo esperar. A los pocos días, el “chico glam” perdió cualquier tipo de puritos sociales y, de un momento a otro, me susurró al oído: “Putitaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”. Sí, con la voz de los dos canarios que se pelean en YouTube. Las carcajadas no se hicieron esperar y ese fue el comienzo de mis mañanas informales.



Interminables y memorables mañanas a su lado. Compartimos mates, cerealitas, arroz chino, comentarios ácidos e interno. Oh sí, el tedioso teléfono. De un momento a otro, me convertí en su secretaria ejecutiva. Por momentos, abandonaba el clásico saludo “Redacción, buenos días” por el “¿Querés hablar con Lucho?”. Y así, conocí la voz de Juli. Eterno enamorado y señor casado sin papeles, Lucho se presentaba como el novio ideal. Juli, mientras tanto, prometía. Un día llegó alegre. “Me mudo chicas”, deslizó. Ninguna atinó a preguntarle si lo hacía con un amigo, era evidente que habían dado el primer gran salto y que fijaban residencia en el departamento de Juli. Pocos meses después, alegre y ya sin mi en la redacción, el putito me dijo: “¡Me caso Manu!”.

Y así fue. A treinta cuadras de distancia –las mismas que dividen mi actual redacción semanal con la suya- Manu dio un salto acelerado. “¡En buena hora!”, retrucó e inevitablemente comenzó con la disyuntiva femenina: “Voy a tener que ir pensando en qué voy a usar”. El día llegó y, por obra de un festival en Uruguay, sólo pude asistir al civil.

Lucho fue y es uno de los mejores compañeros que tuve. Por momentos sigo extrañando los golpes abruptos, la plantación legal de pasto que yacía entre nuestras computadoras, los eternos llamados al interno, su cara de felicidad cuando llegaba la Playboy –y su clásico comentario: “Sos muy chica para ver esto”-, su ansiedad desmesurada por la hora del almuerzo, el busca porro y sus implacables consejos periodísticos. Pero la vida siguió y sigue tan cerca como cuando compartíamos todas las mañanas.



Llegó tarde el anuncio. Antes llegaron las fotos del civil al Facebook y las felicitaciones personales. Pero Noseculpe no quería quedarse afuera y, desde su humilde redacción, saluda a la flamante pareja.

¡Felicitaciones chicos!
m.

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