miércoles, 15 de abril de 2009

Un día offline, un mundo de puteadas


Después de reiterados arranques en los que me obsesioné por abandonar la conexión total con el mundo, un día logré darme el lujo de salir con el celular totalmente apagado. Todo arrancó, en realidad, la noche anterior. “Dale, nos encontramos tipo diez en el Café”, le respondí a “El Gato” que, antes de que yo abandonase mi conexión diurna a Internet (relacionada inevitablemente con mi jornada laboral) me dijo: “Le digo a Nico”.

Así fue. Llegué puntual –como pocas veces en mi vida- y los resquemores comenzaron. Empecé a dudar. Quizás, por algún extraño motivo, los chicos habrían decidido cancelar la salida y yo no estaba enterada. Ahí pensé: “Necesito el celular urgente”. Pero no lo encendí. Opté por sentarme en una de las mesas de la vereda mientras me fumaba un cigarrillo y leía la última edición de la revista para la que escribo. Los chicos llegaron, tan sólo con quince minutos de demora. Fui feliz: primera meta cumplida.

Al día siguiente, me desperté temprano. Había arreglado para desayunar con una amiga en las cercanías de mi trabajo. Caminé unas cuadras, me tomé el colectivo y nos encontramos. Hasta ahí, mi felicidad era plena. Sólo tuve que pedirle hora un par de veces porque, como saben, no uso reloj. A la una en punto entré a la redacción. “¿Recibiste mi mensajito de texto Manu?”, me pregunta una de las chicas. “No, estoy con el celular sin batería”, le respondí. “Llamaron de España, que adelantaban la entrevista para las 18:30 de allá, así que es ahora en quince minutos”, me comentó. Primer problema. Si por magia divina me encontraba en pleno embotellamiento –de esos que abundan en el centro- perdía, indefectiblemente, una importante entrevista. Eso, en todo caso, iba a ser culpa de mi imprudencia o mal cálculo. Pero el día prosiguió. Abro los mails. Asunto: “Urgente”. “Manu, ¿cómo estás? Te estuve intentando ubicar todo el día y no hay caso con tu celular. Necesito hablar con vos urgente porque tengo que ver si te interesa una nota. ¿Le pasó algo a tu celular?”, arrancaba el interminable mail. La respuesta fue escueta y conseguimos la nota. El día siguió. “Manu, llamó tu papá para ver si tenías su DNI”, me dice la coordinadora de la redacción. Acto siguiente, le pongo un mail a mi padre. “No, no lo tengo, ¿pasó algo?”, escribí. “Ya está, no te hagas drama; ¿qué le pasa a tu celular?”, respondió.

Abrir el msn fue la muerte. Siete personas me hablaron al unísono para preguntarme por mi celular. Con el importante historial de robos que ostento, la mayoría asumió que había sido una nueva víctima de la ola de hurtos que abundan en el centro porteño. “Sólo decidí desconectarme por un día”, les respondí y, como de costumbre, lo único que recibí fueron puteadas. “Manu, te dejé tres mensajes de voz en el celular y te mandé dos mensajes de texto; era para coordinar el encuentro del que hablamos, ¿te acordás?”, arrancó un mail. “Sí mujer, me acuerdo. Mi celular murió, revive mañana. Tenés el número de la redacción”, fue la agotada respuesta.

Para cualquier desentendido: NO. Mi celular no es ese tipo de aparatitos que no paran de sonar durante todo el día. De hecho, suena muy eventualmente y casi no se hace oír. Lejos estoy de ser una de esas personas ejecutivas que reciben dos o tres llamadas al mismo tiempo. Pero, como todos dicen, el día en el que decidís desconectarte del mundo, la gente se quiere conectar contigo.

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