sábado, 4 de abril de 2009

Y volvió a flamear la roja y blanca…




Me costó escribir sobre el tema. Me costó plasmar en unas cuantas palabras lo que me despertó la muerte del ex presidente argentino Raúl Ricardo Alfonsín y su evidente respuesta social. Me cuesta hablar de partidos muertos y de partidos vivos. En realidad, me cuesta hablar de un sistema de partidos en una nación meramente personalista. Me cuesta deshacerme de toda la historia para volver a creer en aquellos distantes y luminosos bustos que yacen en todas las escuelas estatales. Me cuesta concebir que todavía necesitemos de un recuerdo lúdico y olvidemos. Porque el pueblo argentino olvidó. Quiso olvidar. Quiso volver a tener entre sus huestes históricas a un hombre que pudiera hacerlo sonreír, al menos por unos breves segundos.

De pronto, me encontré haciendo una fila para poder despedirlo. Estaba ahí. Con frío y necesitando café. Pero sobre todas las cosas estaba sorprendida. Porque me sorprendió volver a ver una bandera radical flameando en las cercanías del Congreso de la Nación. Me sorprendió oír por primera vez a una multitud emocionada. “Alfonsín, Alfonsín”, gritaba la masa. Miré a mi amiga y le dije: “¿Cuántas de todas estas personas habrán festejado el paso de mando? ¿Cuántas lo habrán metido en la bolsa de los ‘radicales ineptos’?”. Ella sonrió. En el fondo y como confesó esa noche, su bandera sigue siendo la roja y blanca.

¿Qué tenemos que recordar? ¿Por qué no podemos recordar todo? ¿Por qué no podemos recordar que el mismo hombre que inició el Juicio a las Juntas fue el que dictó las leyes de obediencia debida y punto final? ¿Por qué todos pasan por alto el prólogo de la primera edición del Nunca Más? ¿Alguien puede asociar la teoría de los dos demonios con la actual imagen mesiánica de Alfonsín? ¿Alguien recuerda lo que hizo el peronismo para acelerar el proceso inflacionario? Será entonces que nos cuesta y nos duele recordar.

Recordemos cómo asumió. Recordemos el cajón prendido fuego. Recordemos los levantamientos. Recordemos el sueño de una democracia fuerte que sucumbía ante el caprichoso pedido de un grupo de insurrectos que conseguirían una amnistía generalizada (que beneficiaría, entre tantos, a Alfredo Ignacio Astiz). Recordemos también que los que hoy están sueltos y muertos en vida, veinticinco años atrás estaban vivos y con poder. Recordemos que la democracia renació con el aparato represivo intacto. Recordemos cómo el pueblo le dio la espalda al gobierno. Recordemos y no festejemos. Dejemos de esperar soluciones faraónicas y soñar con próceres inmaculados. Recordemos con lo bueno y con lo mano.

Despidamos, ahora sí, al único ex presidente que muere sin tener una causa penal en su contra.

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