viernes, 15 de mayo de 2009

Yo quiero ver en mi país el amanecer


Néstor se desdecía públicamente. “Gobernaremos hasta el 2011”, anunciaba desde la portada de un diario que se dice opositor. Una magistral crónica sobre la presentación de las candidaturas oficialistas en La Plata. Una persona que captó todo el color de la jornada. Una excelente pluma que no pudo firmar su producción. Paradojas de esta profesión. Mientras que apresuraba la lectura, conciente de que en pocos minutos llegaría a la estación final de Retiro, dos hombres subieron al vagón para deleitarnos con un poco de “folklore autóctono”, según anunciaron. Sus tonadas evidenciaban que provenían de lejanos pagos y se acercaban al frío porteño desde la empatía. “Es una mañana dura por eso les vamos a alegrar el viaje”, confió el guitarrista. Cumplieron. Casi sin pedirlo, la dupla comenzó a tocar Fuego de Animaná, una de mis composiciones predilectas. Me recordó a aquellos tiempos en los que vivía cobijada bajo el ala de mis padres. Me recordó a los viajes a Centroamérica y a los músicos que se acercaban a las mesas de los turistas ofreciendo su arte por algunas monedas extranjeras.

Pese a la mirada desinteresada de mis compañeros de viaje, los músicos no titubearon a la hora de estirar sus gargantas para alcanzar los tonos más agudos. “Hombre que va, buscándose en la eternidad”, deslizaba su boca. Y yo ahí. Estática. Disfrazada de mujer arreglada. Sentada en mi privilegiado asiento con el diario entre las manos. Miré de reojo al paisaje. Pude ver, como todos los días, cómo la ciudad parece perderse por unos momentos (es sólo una ilusión óptica) para luego emerger más gris e impactante. El sol pegaba por lástima. Ese sol de invierno que acaricia la piel y que sin generar ningún aumento de temperatura, nos alimenta el día. Con los catorce grados centígrados que hacían esa mañana -confirmados luego por el servicio meteorológico nacional que irrumpió en mi habitual programa de radio- cuatro hombres se disponían a arreglar las vías aledañas. Hombres curtidos, de esos que tienen rajada la piel de tanto sol. Y de pronto abandoné mi cuerpo y seleccioné otra visión. Me vi sentada, contemplando el paisaje y escuchando a los músicos que, por esas cosas que los escritores suelen llamar elipsis, seguían cantando la misma canción. Me abandoné y logré contemplarme. Sentí pena. Sabía que en pocos minutos abandonaría mi espacio para sumergirme en el entramado ficticio del mundo del advertising.

2 comentarios:

Lucho dijo...

que buena cronica manu, me encanta la capacidad de situarme en esos lugares.

m. dijo...

Muchas gracias Luchito... bien sabés que sos una pluma que envidio.