miércoles, 10 de junio de 2009

Coexist



“No quiero crecer más”, me dijo mi hermano frente a un manual de historia. Su punto: el aumento de exigencia académica conforme pasa el tiempo. “Crecer tiene sus ventajas”, le respondí y lo dejé solo. Retuve esa conversación en mi cabeza durante siete días. No voy a plantear un deseo existencial de volver al primario. Pasó relativamente muy poco tiempo desde que lo abandoné como para extrañarlo. Pero sí me hizo pensar sobre todas aquellas cosas que uno va dejando, va olvidando.

Entonces me paré frente a mi biblioteca, una fiel radiografía de mi evolución personal. A saber, un inmenso mueble minimalista de cinco metros de largo por tres de alto –casa antigua, techos altos-. Según mi último censo (sí, soy así de obsesiva) alberga 472 libros. Todos leídos. Me reí. Pensé que debe ser uno de los pocos recovecos en el mundo en el que pueden coexistir libros de Vargas Llosa y los tres tomos de La Voluntad. Encontré varias flores disecadas entre algunas páginas. Me reencontré con parte de mi pasado, presente y futuro.

Paradójicamente, al lado del lugar en el que acomodo –mes a mes- las publicaciones en las que escribo; encontré un viejo libro de entrevistas que supieron regalarme mis padres cuando, a los doce años, les dije que quería ser periodista. Leí la dedicatoria, me había olvidado de ella. “Porque el reportaje que le hiciste a Lanata podría ser uno de estos. Por todos los reportajes que vas a hacer en tu vida”.

Todavía me acuerdo de ese primer reportaje, de mi primera investigación, de mi primera nota firmada y de la primera vez que pude completar, previo debate interno, el casillero de “profesión”, sin caer en la obviedad de escribir “estudiante”. Me acuerdo de que me enamoré de esta profesión con el objetivo de, al menos, generarle dudas a quienes me leían. Generar algún tipo de reflexión en el otro que lo invite a participar, a modificar un poco el mundo. Eso sigue intacto. Me pregunto, ahora, si lo estoy logrando.

Me acuerdo de la primera vez que leí a Walsh. Recuerdo que le prometí a alguien muy especial nunca corromperme. No lo hice, simplemente viré un poco el rumbo. Deberán entonces coexistir mi presente y mi pasado, sólo con la certeza de que el futuro me reencontrará con aquella persona que a los doce años soñaba con cambiar el mundo.

1 comentario:

Hernán dijo...

El tema es que nuestra profesión por suerte nos permite tener un doble discurso: por un lado, hablar de cosas totalmente vacías que nos habilitan un sueldo a fin de mes, y por otro hacer actividades "con onda", digamos.
La cosa es encontrar el tiempo -y por qué no, la valentía- para hacer ambas a la vez.

PD: En mi biblioteca, Bioy Casares se da la mano con Cortázar y Rodolfo Walsh con Tom Wolfe, Chomsky y Eco se matan, a la vez que Caparrós y Feinmann debaten junto a Portantiero sobre el rol del peronismo. A lo que Marx y Engels responden claramente tirando piedras, que Bourdieu resimboliza para que el Subcomandante Marcos las imagine en un nuevo mundo. Qué te pareció?