jueves, 4 de junio de 2009

Hombre


A Vani

Después de ese día no tuve noticias tuyas. Nos encontramos en un evento, de esos a los que los dos tenemos que acudir por obligación. Intercambiamos algunas apreciaciones sobre la muestra de arte abstracto. “Es muy elevado para mí”, ironizaste y te escondiste detrás de tu copa de champagne caro. Sí, ese que nos ofrecían las esculturales promotoras para pasar el momento. De repente te fuiste. No volví a encontrarte entre la multitud y no quise preguntar por vos. A veces me gana la convención y juego a ser una mujer como la sociedad dicta.

Días más tarde apareciste. “Che, ¿seguís interpretando el cuadro amarillo?”, escribiste desde tu celular último modelo. Me robaste una carcajada en medio de la vorágine de un complicado miércoles laboral. Sabías que no era necesario firmar el mensaje. Los dos fuimos concientes de lo que había pasado esa noche. “Pensé que no me ibas a escribir”, te respondí y me arrepentí. Patalié, aniquilé mi teclado con grandes impulsos de ira que canalizaba a través de mis dedos. “¿Podés creerlo?”, le escribí a una amiga. “Ahora va a pensar que soy una posesiva”, agregué. Me había olvidado de todas las ingeniosas frases que había pensado escribirte, porque bien en el fondo sabía que me ibas a escribir.

El tiempo pasaba y yo seguía sin recibir noticias tuyas. En el medio el mundo se caía. La bolsa colapsaba. Mi editor me pedía que diera un poco más de mí, pero no podía. Mi cabeza sólo respondía a tu estímulo que tardaba demasiado en llegar. Me fui a fumar un cigarrillo. Fueron dos. La ansiedad hizo que el primero se consumiera muy rápido y el segundo murió a medio fumar, no podía soportar tanto tabaco junto.

Volví a la redacción, convencida de que era una mujer fuerte y que me importaba poco y nada tu mensaje. Pasé por la cocina, me hice un café –de esos instantáneos- y me senté frente al monitor. Dejé el celular en la otra punta del escritorio y me dispuse a escribir una aburrida nota sobre la relación entre la lucha de las subculturas y el colapso en la crisis educativa. Se hicieron las seis. Debo haber actualizado noventa veces el Outlook esperando alguna noticia tuya. Bien en el fondo, recordaba que no te había dado mi mail. Era una forma de pasar el tiempo, porque del celular ni noticias. Había muerto.

“Mejor andá”, me dijo ofuscado mi editor. Le hice caso, no luché ni le demostré que, pese a mi condición alterada, también podía ejercer mi profesionalismo. Agarré mis cosas, apagué la computadora, saludé y me fui. Me sentía vencida. Habías logrado modificar mi eje por completo. Y todo con un mísero mensaje de texto que seguramente mandaste equivocado. “¿Desde cuándo sos así?”, me preguntó una amiga. “No lo sé, no sé lo que me pasa. Este tipo me atravesó por completo y lo mejor de todo es que no sé quién es”, le respondí. Pero mentí. Esa noche, después del coqueto cocktail en el Malba, me senté frente al monitor y te googlié. Sí, mis veinte años de intachable conducta murieron esa noche.

Encontré cosas poco relevantes. Supe que trabajabas en el lugar en el que me habías dicho. Te encontré en Facebook y, después de mucha búsqueda, leí un viejo mensaje que escribiste en un foro cuando todavía no te habías recibido. Pedías información sobre un disco importado, o algo así. “Soy patética”, me dije a mí misma antes de apagar el monitor y castigarme con una terrible película romántica que pasaban por el cable.

Pero volvamos a la situación. Yo estaba ahí, esperando tu mensaje. Me había pasado todo el bendito día pensando en cómo habrías interpretado el mío. Me enojé conmigo misma. Después de todo, mi mente nunca me había jugado una mala pasada. Y ahí estaba. Por primera vez titubeando frente a un hombre desconocido. Pensando en una persona a la que me costaba reconstruirle la cara. Sólo me acordaba de tu voz y de tus comentarios ingeniosos.

Pasó la noche. Llegué tarde al trabajo y mi editor, bastante disconforme por mi rendimiento del día anterior, decidió castigarme y me dio los refritos de parrilla. Esas notas para principiantes. “Espero que puedas con esto”, ironizó y se fue. Vencida y humillada. Así me dejaste. Y todo por un bendito mensaje de texto que jamás debería haberte mandado. Porque toda la magia de aquella noche murió en el momento en el que no te dignaste a responderme. Y sí, había caído en la clásica lectura de una mujer digna de la Cosmopolitan.

“¿Respondió?”, me preguntaba un amigo sin saber que su mensaje era como un cuchillo que atravesaba mi estómago. Nunca me gustó que la gente esté pendiente de mi vida, en especial cuando la escena era tan patética. “No”, le respondí y me aboqué al trabajo que me habían asignado. Quince minutos después, mi editor volvió y me dijo, ya desde su costado afectuoso, que si necesitaba el día me lo podía tomar. “No, definitivamente esto no me puede estar pasando a mí”, pensé. Todos actuaban como si se hubiera muerto algún familiar y eso, lejos de reconfortarme, me hacía sentir cada vez peor.

Y finalmente sonó. Después de tantas llamadas que me desilusionaron, la pantallita marcaba tu número por encima de un sobrecito que titilaba. Lo abrí. Me sorprendiste. Después de todo, no había sido tan dramático como pensaba.

5 comentarios:

Fer dijo...

Me gusto, me cuesta mucho imaginarte tan pendiente de un hombre,,, ¿es real?

Ale dijo...

Que lindo relato amiga
es tal cual lo que nos pasa
a hombres y a mujeres

Natt dijo...

Seguimos con la tematica amor
groso cambio
¿estas enamorada?

Luciana B dijo...

Estas rompiendo el mito de que Manu es una mujer moderna, ¿alguna vez te pasó esto?

QUEREMOS LA VERDAD

Jose dijo...

manumanu
que onda? volviste a estar mas literaria, bien por el cambio de carrera.