domingo, 12 de julio de 2009

Por momentos quisiera ser hombre


Llega un momento en la vida de toda mujer en la que la edad deja de ser un número para convertirse en una flamante y desesperante resta. Uno deja de tener 21, para tener 30-21. Claro. Un desprejuiciado podría decir, ¿cuál es el problema de cumplir treinta? Eso pensaba yo hasta hace tan sólo unos días. Solía reírme de aquellas mujeres que viven traumadas por el paso del tiempo. Pero lo cierto es que, poco a poco, una empieza a recibir algunos mensajes subliminales que llegan así, sin aviso. Y, lo más curioso, de las personas menos esperadas.

Por ejemplo. Semanas atrás tuve que ir a cubrir un desayuno en el que se presentaba la campaña digital de una reconocida marca de cosméticos. A la salida, nos regalaron unas cremas. En otro momento, la situación hubiese sido clara y lógica. “Madre, te regalo estas cremas”. Y ella, sin ningún tipo de pudor hubiera dicho: “Gracias”. Pero no. Llegué con la bolsita y su respuesta fue: “No, quedátelas vos”. Claro. Sutil forma de decirme: “Corazón, en unos añitos me agradecerás este gesto”.

Sigamos adelante.

Amiga dice: “Dejá de usar converse, ya no estás en edad”. Un incauto podría preguntar: ¿No era que las podían usar los adolescentes? No. Parece que la extensión de la adolescencia sólo corre para los hombres. Las mujeres, post veinte, tenemos que dejar el calzado cómodo para suplantarlo por botas y zapatitos insulsos. Y ni hablar de los arrebatos emocionales en los que uno teñía su color de pelo, se tatuaba o se perforaba el cuerpo a piaccere.

“Se me dio por hacerme un arito en la nariz”, le dije al pasar a un amigo. “Chequeá primero qué onda en tu laburo. Digo, si te lo podés hacer”, respondió. Ok, ¿en qué momento se pasó el período en el que eran los padres quienes le ponían un freno a los desenfrenados impulsos hormonales? Y ahí lo recordé. Recordé la cara de desaprobación que puso un colega cuando, después de hacerme un rodete, descubrió mi flamante tatuaje en la nuca. “No sabía que tenías un tatuaje”, me dijo y cambió radicalmente la conversación.

Pero todo se pone peor. Después de años de educación liberal en la que se me impulsó a convertirme en una profesional independiente y en una mujer segura, Madre se calzó el personaje de Sarah Pallin y nos dios cátedra –a mi hermana y a mí- sobre la importancia de la institución del matrimonio. Ok, ¿qué le pasó a mi mamá liberal? ¿En qué momento se convirtió en esto? Dios, ¿por qué estoy discutiendo sobre aquel fenómeno tan lejano y extraño?

Tema de la cena familiar: los óvulos. Gran dilema. Según me confirmó madre -y sus amigas-, parece que la calidad genética de aquel molesto huevito diminuto disminuye después de que una pasa la barrera de los treinta. Por eso aconsejan que una se ponga en marcha para traer un borrego al mundo. Pero todo esto cuando tenga 27 años porque, según parece, es la edad ideal para ser madre. Ok, esto quiere decir que tengo seis años para dejar feliz a mi madre y a sus amigas. Además de la obra social que estará más que contenta con los gastos de las neo embarazadas: ecografías 3D, estudios genéticos, etc.

Sigo.

Hasta hace unos meses, los únicos que planificaban cosas “serias” eran el grupo de amigos que tengo que supera la barrera de los treinta. Ellos sí pueden decir, seriamente, que están buscando un hijo o que no pueden cambiar de trabajo porque ahora tienen responsabilidades. Noches y noches vomitando toda esa lapidaria cantidad de mensajes, sin robarme ni una mueca de sorpresa. Pero, ¿qué es lo que pasa cuando esas palabras empiezan a salir de mis amigos en sus veintes? Una se pone loca. De pronto te encontrás viendo fotos de la beba de tu amiga en Facebook en vez de chequear las desconcertantes fotos del sábado por la noche.

Y llega la cerecita del postre. Después de haber dejado satisfecha a la parentela con la presentación formal de un hombre, después de haber hecho malabares para superar los dos años de noviazgo formal, después de tantas cosas, ellas –las viejas jodidas de la familia- te preguntan insistentemente cuándo presentarás al próximo. Y claro, uno las mira desde la comodidad de un incómodo espectador. Sentadas, con las medias que les aprietan las extremidades, comiendo un plato de vayaunoasaberqué y con unos anteojos que podrían generar un incendio forestal si por accidente se los olvidan en el suelo; te atraviesan con la mirada. Todo esto para luego sentenciar: “El tiempo corre. Cuando te des cuenta, vas a tener treinta años”.

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