jueves, 21 de enero de 2010

¿Cómo aprender sociología en el tren?

"Al acatar las normas sociales -representación
de los intereses de una minoría-, el hombre
transforma su acción en conducta. Pierde su
unicidad y se convierte en ganado".
John Stuart Mill.

Terminal de Retiro. Ocho de la noche. Hileras de viajeros esperan el arribo del próximo tren. Un niño, entre la multitud, da vueltas por los dos metros cuadrados que su madre le permitió al grito de: "No te alejes que te roban". Con cara de ofuscado y luego de deslizar en voz baja: "No roban a los chicos", el infante prosiguió con su exaltada caminata y emulaba, a ratos, a algún personaje de ficción. "Bang, bang, bang", gritaba. Su madre, en tanto, lo corregía: "Martín, vení ya para acá que el señor se va a enojar y te va a llegar a la Policía".

Paréntesis mental: ¿por qué los padres insisten en generarle pavor y odio a los infantes? Prosigo.

Después de ganarse varios gritos y muchas malas miradas, el niño vio con felicidad la llegada de la máquina. "Mirá Ma, ahí viene", gritó emocionado.

Para sorpresa y odio de unos cuantos, el niño esperó -como todos- al descenso de los pasajeros y, sin respetar el orden establecido por las filas, se apresuró a subir a la unidad. Desde allí -y con más de una mirada de desaprobación por parte de la mayoría de los adultos- Martín le gritó a su mamá: "Dale, vení. Se van a acabar los asientos".

"Ah, bueno", recriminó un oficinista. "Martín, vení para acá, comportate. Tenemos que esperar a que los que están adelante nuestro suban, por favor", le respondió la madre controlando su ira. "Pero, pero, pero", se atragantó de palabras. "No entendés Ma, nos quedamos sin asientos".

Finalmente Martín volvió a la fila. Su madre le apretó la mano con mucha fuerza y él no lo dejó pasar. Con simpatía e ingenuidad, Martín disparó: "Me estás lastimando mamá, no me aprietes tanto que duele". Su madre, ya sin palabras, se aseguró de que el niño no volviera a romper el orden establecido y se aferró a él hasta que finalmente consiguió ingresar al tren.

"Viste, nos quedamos sin asientos. Yo te dije que vinieras", le cuestionó el nene. "Ya vas a ver cuando lleguemos a casa, no te podés comportar así. Hay reglas Martín", sentenció la madre.

Durante las cuatro estaciones restantes, el niño se quedó en silencio y se apresuró a desplomarse en uno de los asientos que se desocuparon tras la estación Carranza. "Yo me siento, vos quedate con tus reglas", le vomitó a la avergonzada madre antes de sacarle la lengua.

3 comentarios:

Ale dijo...

Como siempre, brillantes tus reflexiones.

Laura dijo...

Como madre debo decirte que es muy tedioso educar a un chico en público

eliàn soleá dijo...

cabe destacar que la madre intenta apelar a una autoridad que no tiene ningún tipo de peso, tal es el caso del anónimo "señor". jajajajaj. así nos enseñan que la otredad es una cosa terrible, para mí que la señora leía a Sartre, che, no hay que ser tan duros.

A ver cuándo nos vemos, Mano. Tengo que devolverte tus libros todavía.