miércoles, 27 de enero de 2010

El motivo de mi odio hacia los perros

Tuve una infancia consentida. Se puede decir que ese fue el origen de mi culpa pequeño-burguesa. Viajé mucho, recibí muchos juguetes, tuve lo que quise aunque siempre bajo una filosofía de aprendizaje del valor del dinero, el trabajo y el esfuerzo muy. Pero hubo algo que nunca tuve y, por el título de la entrada, asumo que ya es obvio: una mascota normal.
Compartí mi infancia con mi hermana mayor hasta que diez años después mis padres tuvieron la maravillosa idea de aumentar la familia de un modo descomunal. Primero llegó Francisco y, pocos meses después, Mateo. Hasta ahí, nada del otro mundo. Clásica necesidad de padres que tuvieron hijos muy jóvenes y que, en sus treintas, decidieron agrandar un poco el klan.
Imagino que se preguntarán, ¿para qué resalto esto? Bueno, básicamente para generarle culpa a mis progenitores quienes, hasta la fecha, no encontraron una explicación lógica al problema que les voy a plantear.

Los primeros años
Retomo mi niñez. Según relata madre, mi hermana y yo tuvimos una gata cuando éramos chicas. Compro la teoría porque tengo algún recuerdo -medio borroso- de un individuo peludo que se desesperaba por un poco de lana. Pocos meses después, la gata voló sin explicación alguna.
Al poco tiempo y tras un insistente pedido, mi padre llegó a casa y nos llamó al grito de: "Vengan, les traje una mascota". No me lo olvido más. Estábamos jugando con mi hermana, nos miramos fijo y nos desplomamos de alegría. Corrimos felices hasta la cocina, lugar en el que mi padre escondía algo detrás de su espalda. "Primero me van a prometer que le van a dar de comer, que lo van a cuidar y que se van a hacer responsables", disparó padre. "Claro", respondimos las dos y nos aventuramos a treparlo para poder descubrir qué escondía. Y lo vimos. Era una pecera. Muy linda y elegante. Belén, siempre más diplomática, lo miró a mi papá con cara de sorprendida y pretendió dibujar una sonrisa. Yo, en cambio, lo miré con cara de decepción y a mis cinco años deslicé: "Ni siquiera tiene peces, esto es una porquería". Me fui enojadísima a mi habitación. Madre me dio un terrible sermón y me explicó: "Esto es lo más animado que vamos a tener en casa".
Y así fue. Después de días de enojo y de pretender que la pecera no existía, me sumé a los viajes semanales al acuario -que quedaba cerca de casa- y comencé a disfrutar de la experiencia de tener peces como mascotas. Años después, padre confesará sus viajes de emergencia al acuario porque tendía a matar a los peces con la cantidad de comida que les daba. "Amanecían boca arriba y con marcas rojas en el cuerpo", retratará madre.
A medida que fuimos creciendo -y conociendo a las normales y animadas mascotas de nuestros amigos- los planteos se fueron incrementando. Una vez más, papá llegó un sábado con una caja y nos llamó para que conociéramos, esta vez, a nuestras nuevas mascotas. Ya sin la esperanza de no uno sino dos perros, Belu y yo decidimos aguardar a que mi padre terminara con su clásico mandato de responsabilidad antes de emocionarnos. Así fue. Abrió la caja y nos mostró dos tortugas. "Gacias Pa", respondió gentilmente Belu. "Dos tortugas", recriminé yo en un acto que bien puede compararse con la conocida expresión "Tres empanadas". Una vez más, me comí el sermón de mi madre por no haber agradecido el noble gesto de mis padres. Nunca tuvieron nombre y pocas veces nos acercamos a los animales. En principio, porque realmente eran muy aburridos. Pero la verdad radica en las siguientes tres frases.

A) "Manu, dejá a las tortugas tranquilas. Para eso tenés muñecas".
B) "Manuela -nótese el cambio- dejá de estirarle el cuello a las tortugas, las vas a decapitar como a María Antonieta"
C) "Manu, tuve que tirar la casita que le hiciste a las tortugas porque se comieron el sillón y estuvieron a punto de asfixiarse".

Después de mis intentos por acercarme a los animales, Madre llegó un día y sentenció ofuscada. "Mañana le regalo esas tortugas a las empleadas. No puede ser que yo sea la que se tiene que hacer cargo de ellas". Tiempo después, Madre jamás logró retrucar mis comentarios por su decisión déspota. "Le dabas una hoja de lechuga a la semana, no eran perros. Te las querías sacar de encima pese a que ocupaban un espacio mínimo y encima nos hiciste sentir mal por no habernos hecho cargo de... DOS TORTUGAS", le recrimino cada vez que puedo.

La llegada de la primera mascota normal
Ese fue el fin. Después del Tortugate, jamás volvimos a tener una mascota hasta el nacimiento del primogénito. Con la llegada de Fran, arribó Bali, una Beagle divina que duró poco tiempo porque sufría de una incontrolable personalidad que la llevaba a destruir todo lo que encontraba, inclusive si se trataba de un ente con pañales. Así fue como madre y padre nos sentaron a todos los hermanos y nos explicaron -qué inocente que fui- que Bali iba a volver con su mamá a un campo en donde los perros corren libres y son felices. Tiempo después, madre confesará que en realidad se la regalaron a un chico que por una disfunción motriz se movilizaba en silla de ruedas y que durante uno de sus paseos la perra fue atropellada.
Pero la idea de haber regalado la mascota no le cerró mucho a mis hermanos menores y a los pocos días mi madre les compró un gato, al que llamaron Mark -en honor a uno de sus dibujitos animados preferidos-. Una vez más, la imagen es imborrable. Llegué de la escuela y me encontré con un animal en casa. Como mis interacciones con cualquier tipo de cosa animada que no fuera humana siempre fueron muy reducidas, desarrollé una especie de fobia en especial hacia los gatos. "No seas así, jugá con el gato", me dijo Madre quien, como imaginarán, sufrió uno de mis sermones. "Esto es culpa tuya", le dije. Con el paso del tiempo, me fui amigando con el cariñoso felino hasta que, de un momento a otro, se murió.

La llegada de García y su hermana fea
Madre, con culpa por haber matado accidentalmente al gato, decidió reponer al animal. Y así llegó García -que hasta el día de hoy sigue con vida-. Su llegada fue muy esperada por dos enanos en pañales que seguían -por fotos- la evolución del recién nacido. Pero su arribo generó polémica. Fran -tres años- y Teté -uno y medio- comenzaron a pelearse por el gato, situación que llevó a mi madre -más grande, ergo menos tendiente a mantener la disciplina con la que nos educó a mi hermana y a mí- a comprar a Lulú -nombre elegido por hermano menor-, la hermana biológica de García que nadie había comprado porque es, realmente, fea.
De pronto tuve: dos hermanos y dos gatos. La nueva casa tenía un ritmo muy acelerado que logró tranquilizarse cuando los cuatro animalitos comenzaron a crecer un poco. Pero un día mi padre volvió del supermercado -en el que había una veterinaria- encaprichado con la idea de que uno de los gatos enjaulados lo había mirado y que lo tenía que traer a casa. Madre apeló a la razón y le dijo que la terminara, alegando que ya tenía dos gatos -animales que, dicho sea de paso, mi padre siempre detestó-. Después de muchas peleas, Madre y Padre fueron hasta la veterinaria y llegaron con "El Che", el tercer gato que hoy habita en la casa familiar.

Simón

Tiempo después, la familia decidió mudarse nuevamente. El plan inicial: una casa. Madre, enamorada con la idea de tener un perro, se apresuró y compró a Simón, un Schnauzer mini que se caracteriza por responder a cualquier nombre. Pero los temores de mi padre por la inseguridad del país los llevó a comprar otro departamento, lugar en el que el pobre animal no tendría el planeado jardín para poder correr y disfrutar de su vida. "Siempre me dijeron que les parecía muy cruel tener un perro en un departamento y ahora compran uno, me están cargando?", pregunté indignada el mismo día de la mudanza. "Tu madre y sus ideas", respondió mi padre lavándose las manos.
Hasta la fecha, mis hermanos menores tuvieron las siguientes mascotas -gracias a que Mateo se convirtió en una suerte de Elmyra-:

  • Cuatro gatos siameses
  • Dos perros
  • Dos Hamsters (el primero llamado Karina Olga, en honor a la gran Karina Olga)
  • Una tortuga (RIP)

En tanto, yo sigo sin poder acercarme a un perro a menos que esté dignamente entrenado y huela a perfume.

8 comentarios:

Antonia Cossio dijo...

Los gatos no me enloquecen, son lindos y listo. Pero Simón es adorable! :D
Y el resto... qepd!

Luciana B dijo...

tu cara cuando te acercas a un perro es irreproducible y siempre pones esa sonrisa malformada y respondes: "no, si los perros me encantan" mientras te salta y te chupetea toda, hasta que en un momento decis "ok todo muy lindo pero sacame a esta cosa de encima"

Lunch at Luke's dijo...

Nah, pobre Lulú, cero personalidad, no es por nada pero García, El che... Karina Olga... ¡Ese es un nombre de gato!
Igual, ya te dije que si te vas a vivir con Sil y tienen un perro... (que probablemente se llame Lenin) ¡Ojo! Porque va a ser tan zurdo que cuando entre con mi Starbucks Coffee me va a sacar un pedazo...

m. dijo...

Tons: Simón es adorable cuando vuelve de bañado
Lu: totalmente, cuando lo blanqueaba de entrada, la gente solía tildarme de desalmada. Está todo bien, pero el chupeteo no me va y menos si estamos por comer.

Lunch at Luke's dijo...

"...La mayoría de las teorías a cerca del origen de esta raza lo ubican alrededor del siglo XV, en Alemania..." ¡Viste! yo sabía que tu perro con nombre judío era alemán...

martin. dijo...

yo te vi interactuar con el pedro de Caro y rescato que no sos de las histericas que cuando entran a un lugar piden que encierren a los animales, asi que podemos decir que tenes como una especie de rechazo pero no sos tan categorica. quizas cuando tengas hijos les cumplas el sueño, no?

Lunch at Luke's dijo...

A todo esto, yo cuando digo que quiero reventar palomas me dicen que es porque no vi Bambi... ¿vos que te saleaste m.? ¿Fluck?

Nico dijo...

tu perro tiene una pelota nike? sos muy top mendy