sábado, 27 de febrero de 2010

Encuentros fuera de la rutina: la gaita porteña

Todos los días hacemos el mismo recorrido. Bajamos el ascensor, las escaleras de la entrada, nos acercamos a Santa Fe y de ahí no paramos hasta toparnos con la Plaza San Martín. Es un hecho. Podemos hacer alguna parada intermedia, pero siempre tomamos el mismo camino. Nuestra rutina es tal que no podemos explicar cómo es que siempre que nos topamos con la bajada para Libertador no encontramos hablando del mismo tema. O cómo durante muchos meses siempre lográbamos cruzar una calle –sin importar el color del semáforo- sin que ningún auto nos lo impida. En el fondo creo que es un juego psicológico. Vivir sin prestar demasiada atención a los detalles nos hace ciegos frente a una innumerable cantidad de pequeñas anécdotas, dignas de ser debatidas en cualquier charla de café. Lo que mi mentor periodístico supo decirme en su momento: “Las mejores historias están en la calle. Te pasan todos los días pero no las ves”.

Un día las cosas cambiaron desde el ascensor. El grano de arena se retrazó y a partir de ese momento, todo se tiñó de otro color. Sentimos lo mismo. Nos miramos y lo vomitamos sin esperar ningún tipo de perdón divino. Ahí estábamos. Frente a frente, desprendiéndonos de toda la miseria humana que habíamos acumulado durante horas. Salimos del cubo metálico y nos esperaba ella. Mi futura concubina, una de mis mejores amigas y la mujer del amigo con el que comparto mis caminatas semanales. Estaba sentada en el piso, leyendo un libro. Con la paz y ese ritmo desacelerado pero cargado de energía y optimismo que la caracteriza. Definitivamente, dos mundos paralelos.

Comenzamos a caminar los tres. Llegamos a la plaza y decidimos hacer una parada. Lo ameritaba. El tópico se mantuvo hasta que se acercó él.

Fdlg: Disculpá, ¿tenés fuego?

m.: Sí, tomá.

(Instante en el que el FDLG prende su cigarrillo)

Fdlg: Gracias.

m.: Disculpá.

(Silencio y sorpresa por parte de todos)

Fdlg: Sí, decime.

m.: Vos sos el flaco de la gaita.

Fdlg: Sí, el mismo. Mucho gusto aunque ya nos conocemos.

m.: Sí, tenés razón.

Durante dos años nos cruzamos a diario. Se puede decir que ya se había convertido en uno de los personajes históricos de nuestra rutina. Siempre en el mismo lugar, tocando la misma melodía, con la misma gorra, las mismas monedas y un público fluctuante. Finalmente, después de tantas vueltas, escuchamos la voz del flaco de la gaita.

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