sábado, 27 de febrero de 2010

Mi primera vez con la plancha: crónicas de una futura “ama de casa”

Después de hacer un inventario de todas aquellas cosas que me iba a llevar de la casa de mis padres (que por supuesto me fueron vetadas), comencé a darme cuenta de que el “irme a vivir sola” traería acompañado un complicado problema: convertirme en una persona normal. Niña mimada, siempre fui una niña mimada. Mi padre suele ironizar de mal modo que su residencia es un hotel. Y en cierto modo lo es. Estoy acostumbrada a que la ropa aparezca mágicamente lavada, planchada y acomodada en mi placard en menos de 12 horas. La comida lista, el cuarto impecable y un inspirante olor a limpio en cada metro cuadrado del domicilio familiar me convirtieron en una inútil.

A semanas de dejar el nido, algunas problemáticas comenzaron a invadir mi mente. La primera: la plancha. De un momento a otro, comencé a analizar la ropa de todas las personas con las que me cruzaba y, para mi sorpresa, sólo un transeúnte aparentaba seguir la filosofía “que lo planche Dios”. Ahí me di cuenta: iba a tener que hacer las paces con ese aparatito que más de una vez quemó mis brazos.

Algunas semanas después, decidí vencer mi pudor y hablar con mi madre. “Me tenés que enseñar”, le supliqué y para mi sorpresa la muy adorable señora me acercó un importante cesto de ropa sin planchar y sentenció: “Tomá”. Ok, asumo que estuvo bien y que mi pensamiento de que con una clase teórica iba a bastar estaba totalmente errado. Hasta entonces, el marcador era categórico: independencia 0, inutilidad 2.

El primer desafío: una remera. “Esto es fácil”, pensé. Pero la frustración me venció.

“No puede ser, arrugo lo que plancho. Esto es imposible”, comenté ofuscada.

“Dale, vos podés”, prosiguió madre aguantándose la risa (lo asumo, la escena es patética).

Después del intento -que quedó medianamente decente-, madre se compadeció y me acercó un repasador. No me importó el hecho de que me había dado el ABC del planchado como desafío. Ahí estaba a instinto puro intentando demostrarme a mí misma que iba a dejar el facilismo de lado. “Bien, quedó perfecto”, dije con una gran sonrisa. Por “hacerme la canchera”, madre me castigó con una camisa. Después de explicarme medianamente el procedimiento, mi señora dadora de vida se sentó plácidamente y me observó. “La voy a quemar”, ironicé apelando al sentido común de mi madre. Para mi sorpresa, no decidió hacerlo ella, supongo que en un intento de demostrarme que puedo haber crecido en muchos aspectos pero que mi “comodidad de chica bien” sigue latiendo. “Ahí va bien”, preguntaba para siempre recibir la misma respuesta: “No”. Veinte minutos después, la camisa estaba planchada y, para sorpresa de todos, me resultó más fácil que la remera. En ese preciso instante, entró Padre.

“No lo puedo creer”, comentó en medio de un ataque de risa muy ofensivo.

“No es lo mío, claramente no es lo mío”, me defendí y agregué: “A mí pedime que te interprete a Nietzche o que te arme un plan de comunicación y lo hago en dos minutos. Pero planchar me supera”. La situación continuó y en una tarde aprendí el arte del planchado de pantalones, sacos, buzos y vestidos.

Ahora sí, en la recta final hacia la independencia.

1 comentario:

Nicolás E. dijo...

jajajja magistral