miércoles, 17 de marzo de 2010

Sueño extraño

Ocho de la mañana.
Me despierto totalmente acelerada, convencida de que el despertador no sonó y de que estoy llegando tardísimo al trabajo.
Volteo la mirada. El reloj anuncia que todavía me quedaban algunas horas extras de tiempo libre antes de entrar a la redacción.
Me apresuro al baño y comienzo a inspeccionar mi cara. No contenta con lo que reflejaba el espejo de dos metros de largo, decido apelar al pequeño que tiene un aumento que suele permitir interactuar de igual a igual con cualquier imperfección cutánea.
Nada. Absolutamente nada. La cara estaba perfecta.
Horas más tarde, mientras esperábamos por nuestro almuerzo y compartíamos un cigarrillo, mi dupla profesional se aventuró en un durísimo análisis sobre mi sueño.

m.: No sabés lo que soñé.
Dupla: No, claramente no.
m.: Tenía un grano en el medio de la frente.
Dupla: Mendy, volviste a la adolescencia.
m.: No, es más complicado.
Dupla: Qué hiciste? Te lo explotaste?
m.: Sí, ahí el sueño se convirtió en algo bien bizarro.
Dupla: Contame.
m.: El tema es así. Nunca me exploté un grano, tengo esa política desde la adolescencia. El tema es que en el sueño sí lo hice.
Dupla: Ajá
m.: Y no sabés lo que salió de ahí
Dupla: Un enano?
m.: No, una barra de metal
Dupla: Qué?
m.: Sí, una barra de metal.
Dupla: Ya lo entendí.
m.: Qué significa?
Dupla: Clarísima metáfora de que tenés una daga en la cabeza.

Conclusión: mi dupla supera a Freud.

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