viernes, 7 de mayo de 2010

Lecciones para reconocer al arquetipo del periodista gráfico

Lo asumo. Me convertí en especialista publicitaria. No huyan despavoridos, sigo sin entender cómo es que un buen chistecito puede reflotar las ventas de unas galletitas feas. El punto es el siguiente: después de una vida acompañanda por ellos y de una sobredosis maratónica que duró casi dos años, me volví una profesional a la hora de caminar por la calle y detectar creativos. “Son todos iguales”, humorizo crónicamente cada vez que mi acompañante de turno se sorprende al escuchar: “Sí, trabajo en ‘x’ agencia, ¿cómo sabías?”.

Gracias al texto de Levi, que yace en este blog, aquellos ajenos al mundillo del advertising podrán darse cuenta de que lo mío no es un gran don. Ni siquiera es algo innato. Basta con verlos moverse para saber, inclusive, si son redactores o directores de arte. Pero el texto de este desopilante copy me llevó a preguntarme, ¿cómo será el arquetipo del periodista?

Esta tarde, mientras viajaba en el auto de mi señor padre, le tiré una frase desgarradora y emotiva. “Creo que en el fondo nuestras profesiones no son tan distintas”, disparé. Su respuesta fue una sutil carcajada que se vio interrumpida por una pregunta de tinte serio: “Explicate”.

Después de responderle por decimoctava vez que no tenía interés de ingresar en el mundillo del marketing, pasé a elaborarle una suerte de premisa que sirvió como esqueleto para el posteo que –rompiendo con el concepto de la pirámide invertida- comenzará en el próximo y quinto párrafo. “Es simple, los opuestos se tocan. La única diferencia es que el periodista es un pesimista expreso mientras que el publicista lo es sólo por culpa y en casos en donde el susodicho tiene una mínima noción sobre lo que sucede a su alrededor”, retruqué.

Estimado lector, ¿cómo reconocer a un periodista gráfico?

Pista uno: su forma de vestir

El periodista suele demostrarle al mundo sus desdichas. El no tener “un mango” para comprarse ropa, lo lleva a exacerbar un look desaliñado y desprolijo que suele despertar la intención de regalarle algunas monedas u ofrecerle un baño para que pueda asearse.

Los jeans, las camisas de leñador acompañadas por una remera preferiblemente gris o nega, son elementos distintivos del hombre que va por la vida con un morral que le regalaron en algún evento que tuvo que cubrir. Aquí, una nueva señal: podrán ver en casi todos sus elementos la firma de una marca. Lapiceras, remeras, agendas e inclusive encendedores. Pero no se confunda, el periodista gráfico no tiene plata para ser marquero: una vez más, capitaliza los regalos de las empresas.

Pista dos: su forma de expresarse

Cualquier palabra será antecedida por un adjetivo negativo. A saber. “Mi dolorosa mañana”, “mi paupérrima nota”, “mi deficitario capital bancario”, así ad infinitum. El periodista gráfico la pasa mal. No cobra bien, sus jornadas son eternas y pocas veces puede safar de las jornadas laborales cuando otros leen sus notas desde la comodidad del hogar sin preguntarse, por ejemplo, quién es el pobre imbécil que trabaja un día feriado.

Sin embargo y aquí una dualidad característica, el periodista no lo padece tanto como lo expresa. Carga con una posición extrema aunque sabe en el fondo que la única forma que tiene de soportar su trabajo es apasionarse por él. Eso hace, por ejemplo, que sienta pena por aquellos que quintuplican su sueldo pero que trabajan como telemarketers o en cualquier otra profesión.

Pista tres: sus adicciones

El cigarrillo y el café son elementales en la dieta de cualquier periodista. La presión de la primicia inmediata –agilizada aún más con la aparición de nuevas tecnologías-, el saber que tiene que conseguir EL dato del evento para no llegar a la redacción y comerse las puteadas del director por haber “dejado pasar” semejante información, el cargar con la dualidad de ser el cuarto poder pero cobrar menos que cualquier “mano de obra no calificada” y, finalmente, el vivir a contramano de cualquier horario convencional, lo llevan a encontrar en la cafeína y el pucho dos grandes aliados.

Pista cuatro: la increíble capacidad de hacerse el importante

Todos lo sienten. No pasa un asado con amigos en el que no termine contando sus increíbles aventuras periodísticas. Desde la vez que descubrió que un grupo de senadores había aceptado coimas para aprobar ‘x’ proyecto hasta el día que vio a un importante empresario salir de un telo con una vedetonga del montón.

Para sobrellevar el mal trago que implica escuchar las escapaditas a Uruguay de sus parejas amigas, el periodista se ve en la obligación de enaltecer su ego con sus pocas veces creíbles relatos que, por supuesto, jamás llegaron a publicarse por la bendita pauta publicitaria.

Pista cinco: el sentimiento de superioridad

Estar 24/7 en contacto con las noticias, analizar línea a línea los discursos de todos los medios y saber con exactitud quiénes están detrás de cada bajada editorial, le da al periodista el sentimiento de estar por encima de la media.

Cree incapaz al lector de poder comprender, por su propia cuenta, qué se esconde detrás de la presentación de una determinada noticia, el motivo por el cual cada medio impone su propia agenda y, por sobre todas las cosas, hasta dónde puede condicionar la pauta –memorizada siempre- de cada medio.

Es por eso que uno puede escuchar frases tales como: “Nosotros lo entendemos, pero la gente común no lo ve”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Trabajo en marketing y soy mujer. Me desquicia comprobar como los creativos hombres meten minas en bolas en los comerciales para mujeres. Notese la diferencia: mina no es lo mismo que mujer, sobre todo para las mujeres. La experiencia que sublima mi concepto sobre la capacidad pajera de los creativos es la siguiente: Hace un tiempo un creativo me trajo una propuesta para promocionar gel para el cabello, resumiendo su cerebro ideo una luncha entre mujeres embadurnadas en gel (para el cabello) Sres. todo está dicho.

Manu dijo...

Tenés razón, está todo dicho.