jueves, 24 de junio de 2010

El eclipse no fue parcial y selló nuestras miradas

Era domingo. Estaba en la redacción prácticamente sola. De golpe, veo un cable que alertaba sobre el estado de salud de Gustavo Cerati. La placa roja de crónica no se hizo esperar: "Internan de urgencia al ex Soda Stéreo". Lo leí y sin inmutarme escribí la primera nota de una seguidilla que, hasta hoy, sigue en portada.

Pirámide invertida. Data dura. Fusión de lo que publicaba la prensa venezolana y los mensajes que su banda publicaba desde la página oficial. Nada del otro mundo. Redacción periodística I de TEA. Con el placer del deber cumplido, abandoné la redacción y seguí en mi mundo.

Lo que pasó después fue lógico. Conforme el inicial "desmayo" del músico se convertía en un complicado cuadro de salud, Cerati comenzaba a posicionarse como una suerte de tópico obligado en las conversaciones más impensadas.

Y así fue como empecé a verme envuelta en complicadas discusiones. En esos diálogos de café o cerveza, fanáticos y no tan fanáticos de Cerati me criticaban por "detestar" a un músico sin haber escuchado su carrera solista. Cabe aclarar que Soda no es ni por lejos una banda que me sentaría a escuchar, salvo por honrosas excepciones de dos o tres temas como mucho.

Uno de ellos, Té para tres. Una canción que, desde la crudeza de una letra con pocas pero cuidadas palabras, me parte la cabeza por su parte instrumental. A continuación, una increíble versión que tocó con el Flaco en vivo.



Cuando me quedé sin demasiados argumentos para explicar el motivo de mi rechazo hacia el ex Soda, decidí descargarme gran parte de su discografía. Lo asumo: lo hice simplemente para incorporar nuevos elementos a las discusiones. Pero sorprendió gratamente. Tema a tema, fui deshilando a un artista al que paradójicamente ya había visto en vivo en algunos festivales.

"No entiendo por qué te gusta ahora si ya lo vimos en vivo", me escribió un ex cuando vio que había escrito algo sobre el tema en Facebook. Era cierto. Entre abrazos y acumacos, ya lo había visto en vivo, ya lo había escuchado pero, evidentemente, no era el momento.

De a poco, descubrí algunas perlitas que engrosaron un playlist del iPod. Hoy, quizás, el más abultado del aparatito que me acompaña en las caminatas por la ciudad de la furia (detalle obvio y común, pero lo tenía que poner). Y el buen momento se plasmó en la compra, cuasi atraconezca, de cuatro de sus cd's.

Hacía mucho tiempo que no pisaba un "local de discos". La sensación fue rara. Creo que la última vez que literalmente me compré uno fue cuando Los Beatles lanzaron una remasterización de Let it Be, que dieron a llamar Naked.

Busqué la C. Tardé un poco pero lo encontré. "Quedan pocos", me dijo el chico que acomodaba, a centímetros mío, el nuevo disco de Miley Cyrus. "Veo", le respondo. "Llevate varios, en unos meses van a costar oro", me dijo apelando a un humor negro que tanto me caracteriza. Un trago de mi propia medicina, supongo.

Cuando me acerqué a la caja, la chica que atendía me preguntó, después de despejar la duda si abonaba en efectivo o con tarjeta, si lo acababa de descubrir. "Sí", le respondí a secas esperando que el trámite terminase lo más rápido posible. "Es una pena lo que le está pasando", acotó. "Lamentable", le respondí mientras agarraba mi bolsita y chequeaba algunas fuentes para saber cómo evolucionaba el cuadro desde el Fleni.

Me fui con Amor amarillo, Ahí vamos, 11 episodios sinfónicos y Bocanada. Quedarán para el próximo sueldo algunos más.



Y así fue como cada vez que tenía que escribir una nota sobre su estado de salud, la información empezó a impactarme de un modo muy diferente al punto de generarme una suerte de angustia e impotencia impensada.

Perdí la facilidad que tuve en su momento para vomitar, sin pensar ni reaccionar, las palabras de aquella primera nota que acompañó al cierre del "último tramo".

Me vi que lloraba, me vi que lloraba por él.

Nobleza obliga. Fuerza Gustavo.

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