sábado, 3 de julio de 2010

La nada, the nada...


Miro. Nada. Me atrevo a mirar de nuevo. Nada. Insisto. La misma respuesta. Desde la esquina de un bar vomito todas las cosas que tengo para decirle pero con un nivel poético magistral. Bollo. No lo vale.

Leo el sobre de azúcar. Me recomienda un cambio de hábitos. Vuelve el mozo. Le pido otro café doble. “¿Con leche?”, pregunta. “No, negro”, respondo y vuelvo al papel. Recuerdo un poema de Alejandra Pizarnik. Lo repito. Lo desgarro. “Ahí está”, pensé. De nuevo, no lo vale.

El mozo comenta con su colega algo. Me miran. Ponen cara de ofuscados. “¿Mi café?”, pregunto sin ánimos de evitar que escupan la infusión. Me hacen una seña rara. La ventana, en tanto, ofrece un mejor paisaje.

“Disculpá la intromisión”, dice el mozo. “No la disculpo”, le respondo. Agarro el jarrito doble, le pido edulcorante y vuelvo a mi misión. Tengo que lograr aniquilarte en pocas palabras. Una muerte dolorosa pero poética. Oh, la literatura.

Nótese el cambio. Ya te hablo a vos.

Se hacen las siete y el bar se convierte en una suerte de restaurante medio pelo con personajes que roban mi atención. Es todo muy trash. Pienso en escribirte para contártelo. Me reprimo. Siento que abusé de ese canal.

Vuelvo al papel. Me acuerdo de un cuento de Cortázar. “Basta de robar literatura”, pienso mientras acomodo un nuevo bollo a la mesa.

“¿Vas a pedir algo más?”, insiste el mozo. Lo miro con desdén, me escondo en la ventana y logro ahuyentarlo. “Un extraño ser que se agobia en su propia mente”, escribo. Es muy barato. Podría adosárselo a Benedetti y nadie me lo refutaría.

Recuerdo. Cómo detesto a ese escritor. Vuelvo a Puán mentalmente. Visualizo el puestito de libros usados, muy usados, casi desangrados por tanta lectura.

El nuevo me hace feliz. Vos no. O sí. Quién sabe. Quizás entre la nada misma que me ofrecés encuentro algún espacio reconfortable. Pienso en el nuevo. Me roba una sonrisa.

Suena el celular. Pienso que sos vos. No. Es el nuevo. Le respondo sin pensar. Con él todo fluye, con vos cada movimiento sufre un estadio de planificación angustiante.

Regalar palabras, ese es mi don. Pero me cuesta. Me cuesta escribirte algo. En el fondo no sé el porqué. O sí. Quizás el problema es la nada. No encuentro posición para escribirte porque no sé si sos o si alguna vez fuiste.

Sigo intentando. Después de todo, son las ocho y todavía estoy en el bar. Volver a casa ya no hace la diferencia.

Vuelve el mozo. Me regala un vaso de agua. Lo miro. “Tanto café te va a hacer mal”, desliza. Le agradezco el gesto. Miro la mesa. Ya se había convertido en un basural. “¿Te lo retiro?”, me pregunta. “No, me los llevo a casa. Entre tanta palabra voy a poder unificar un concepto”, le respondo.

Mierda. Ahora le voy a tener que dejar más propina. Busco la billetera para cerciorarme de que estuviera en la cartera. Está todo bien. Suena de nuevo el celular. Nueva sonrisa. Vuelvo a pensar en vos. En tu fascinante forma de no estar, estar o sentir que estás.

Igual le respondo. Él me ofrece realidad. Desde hace tiempo que siento que con vos soy protagonista de mi propia ficción.
Quizás todo radica ahí. En mi inexplicable forma de hacerte presente desde la nada.

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