sábado, 3 de julio de 2010

Las calles son nuestras

“Para vagar hay que estar por completo despojado de prejuicios y luego ser un poquitín escéptico”, Roberto Arlt.


Caminar no es lo mismo que transitar. Transitar no es lo mismo que vagar. Vagar no es lo mismo que vivir. Vivir no es lo mismo que sentir. Hacía mucho tiempo que no aprovechaba un día libre para caminar, sin complicaciones horarias ni citas complicadas, por las calles porteñas.

Celular en mano –hoy son tanto más buenos que las propias cámaras, ¿quién lo hubiera pensado?- me despojé de las estructuras y me sumergí por completo en las calles céntricas para revivir la impune sensación que tenía cuando el fotoperiodismo era un hobbie y cuando mis horarios eran tanto más flexibles.

El gris de la ciudad no me conmovió ni me sorprendió. Comprendí que tenía que salir de mí, salir de mis preconceptos –de ahí la cita de Arlt al comienzo del posteo- para volver a observar los detalles que nos ofrece una ciudad colapsada por contradicciones y el bullicio de tantas voces.

Abrí los ojos. Ahí estaban. Decenas, cientos y me animo a asegurar que miles de mensajes se escondían en el más accesible de los lugares. La rutina, los años y el acelere se convirtieron en grandes filtros.

“Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida”, Julio Cortázar, Graffiti.

Los susurros se chocan en las paredes. La violencia deja su huella cada uno, dos, tres o cuatro pasos. Están ahí. Son parte del paisaje. Expresiones sociales que responden a una vieja y siempre presente batalla.

La adrenalina de lo prohibido, de alzar la voz ante un sistema, de las madrugadas de aerosol y energía. Ahí estaba. Parte de mí. Voces, mensajes, repudios, memoria. Pero, al mismo tiempo, contradicciones. Sutiles diálogos con códigos propios plasmados en las paredes, las veredas, el asfalto y los bancos.

Intervenciones sobre intervenciones, despojo total de la estructura.

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