jueves, 22 de julio de 2010

Lunes otra vez

Todos los días es la misma rutina. Suena el despertador, en realidad el celular oficia de gallo mecánico y me despierta con un tema de Talking Heads. Cinco minutos es el tiempo que la rutina me permite invertir para separar todas y cada una de mis vértebras. Una vez cumplido, me desenredo del edredón y salgo de la cama.

Llegó al baño. Prendo la luz –todavía no amaneció-, me lavo la cara con mucho énfasis. Chequeo rastros de imperfecciones cutáneas que, minutos más tarde, serán escondidas bajo siete o diez gramos de corrector. Me lavo los dientes y, antes de hacerlo, mojo un poco el cepillo.

Dejo la luz encendida para poder ver entre tanta oscuridad. Voy a la cocina. En el camino, me congelo –gajes de una casa antigua-. Agarro la jarra con café que Madre hizo pocas horas atrás. Cargo mi jarrito térmico y sirvo una imponente taza. Mientras la vacío de a sorbos para evitar la acidez estomacal, enciendo la tele para averiguar cuál es la temperatura y el clima que me deparará la nueva jornada.

Con la información, vuelvo al cuarto. Prendo la luz y cierro la puerta. Agarro lo primero que encuentro, me lo pongo y vuelvo al baño. Una vez más, me lavo los dientes. Nunca pude comer sin antes hacerlo ni permitirme no hacerlo después de comer. Manías de una neurótica.

Agarro el libro de la mesita de luz, cargo la cartera, busco las llaves y salgo por la puerta de servicio para evitar despertar a quienes todavía no deben comenzar su día. El resto, es más de lo mismo. Cinco o tres minutos de espera en la parada del colectivo musicalizados. Siete minutos de trayecto hasta la boca del subte. Tres de demora –si nadie se suicidó- y encuentro el asiento, al lado de la puerta.

Nota al margen: cuando viajo en transportes públicos necesito estar cerca de la puerta. Me asfixia estar en otro lugar.

En el trayecto leo o escribo. Seis cuarenta y tres de la mañana y yo escribo. La gente suele mirar aunque, como todos están dormidos, pierden rápidamente su mirada en cualquier cartel llamativo. Seis cincuenta y cinco salgo de la boca del subte y camino los menos de treinta metros que tengo hasta la redacción.

Saludo cordial, conversación sobre las bajas temperaturas con el portero y, finalmente, marco el cuarto piso.

No hay comentarios: