miércoles, 21 de julio de 2010

Madre y sus extraños regalos en vistas de mi abandono del nido

Hacer limpieza a conciencia, según mi madre, implica no sólo dejar la habitación en cuestión inmaculada sino también hacer una selección “criteriosa” de lo que uno ya no usa para luego separarlo cuidadosamente y regalarlo a quien lo necesite.

Desde hace un tiempo que las limpiezas a conciencia me despiertan mucho placer, en especial porque siempre me tengo que ir cuando comienzan y, también, porque todos los regalos son para mí: la niña que abandona el nido.

El sábado pasado fue el turno de la cocina. Para los entendidos, el tamaño de ese lugar duplica el metraje de cualquier monoambiente que nosotros, los mortales, sólo podemos aspirar a alquilar y, si es con alguien, mejor.

Para mi desgracia, madre había organizado toda la semana para que el día de la “gran limpieza gran” yo, la más interesada en la venta de garage gratuita, estuviera en casa. Y así fue.

Remera de la “Crisfield” acompañada de leggings fueron el atuendo que me resultó más criterioso luego de que madre, con su energía característica, irrumpiera en lo que todavía es mi dormitorio, abriera al mango la persiana y anunciara: “A limpiar”.

No le importó mi estado de destrucción. Menos aún mis pocas horas de sueño semanales. Era el momento de refregarme en la cara mi total inutilidad en lo que a tareas domésticas refiere.

Todo, claro, gracias a que ella y su troup de empleadas domésticas siempre se encargaron de hacerlo por mí. Pero eso no cuenta, porque “ya estoy grande”, “me voy a vivir sola” y tengo que “aprender a hacer cosas elementales para no morir en un basurero de mugre hippie”.

Llegué a la cocina dormitando porque, claro, madre se despierta bien temprano “para aprovechar la mañana” y poder salir con sus amigas a la tardecita. Mi tía, la chica que trabaja en casa y ella me esperaban en el lugar.

“Desayuná primero”, me dijo en un arranque emocional. Pero, claro, como nunca desayuno decidí suprimir los diez minutos que me había regalado y agarré el primer trapo que encontré.

Me paré en el medio de la cocina y noté su inmensidad. Cientos y cientos de muebles de madera bien lustrada me aguardaban. Todos, claro, sin el más mínimo rastro de polvo porque Madre, como buena madre, no tolera otro aroma que el del prosenex o el blem, si las superficies lo ameritan.

Subir, bajar, sacar, poner, mojar, escurrir. Todo. Absolutamente todo quedó limpio. Pero nadie hace las cosas como Madre. Nadie paga las cuentas como ella. Nadie limpia como ella. Nadie trabaja como ella. Nadie pare cuatro hijos como ella. Nadie hace nada como ella. En parte, eso la hace única y lo sabe.

Su “no lo estás haciendo bien” se convirtió en una constante. Pero no sólo para mí, sino para todos los que estábamos colaborando con la limpieza. Después de que uno pasara mucho tiempo limpiando, llegaba ella, movía todo y lo hacía nuevamente.

“Así queda mejor”, decía mientras sonreía como sólo ella lo puede hacer. “Claro”, le respondía yo mientras me aprovechaba y le fumaba todos y cada uno de sus cigarrillos.

A medida que la limpieza avanzaba, Madre se iba deshaciendo de todas aquellas cosas que en casa sobran y que para mí son lujos o gastos que en algún momento voy a tener que asumir.

Compartir esa mañana con mi madre me hizo acreedora de:

  1. Un juego de pocillos de café muy moderno –regalo de alguien en navidad, asumo- que ofician también de buenos shots de tequila.
  2. Una ensaladera con sus respectivas compoteras. Muy moderna, medio psicodélica. Cero uso. De nuevo: algún regalo.
  3. Una “huevera” –sí, existen- metálica que oficiará de frutera en el PH.
  4. Un juego de tenedores de un “mega diseñador industrial” que son muy simpáticos a la vista y están nuevos, recién sacados de su caja fashion.
  5. Una caja antigua con seis botellitas retro de Coca Cola. “Mirá que no se toman, te morís si abrís eso. Nada de quedarse sin gaseosa a las cinco de la mañana y mezclarlo con Fernet”, aconsejó ella.
  6. Un palo de amazar, un “mortero” –padre sugirió que podía hacer buenas bases de caipiroskas allí-, un portador de queso rayado –muy moderno-, un porta-champagne minimalista, un salero/pimentero de esos que uno ve en el design y se pregunta quién puede gastar tanta plata en eso, cinco floreros, un “portavinos” –a saber, una manga de cuero muy top para no tocar la botella mientras uno sirve-, dos fuentes de vidrio, una cafetera eléctrica nueva, una plancha y seis vasos de plástico “divino” –Madre sugirió que los usemos cuando hagamos asados en la terraza-.

Pero, sin lugar a dudas, el mejor regalo, ese que quedará para la posteridad como la anécdota más bizarra de toda la mudanza fue el que me dio al final. Sentada, me miró a los ojos y me dijo: “Tomá, llevátelo”.

Veo la caja. Todas inscripciones en alemán. Admiro lo que aparenta ser un extraño aparato que contiene cuatro papas muy grandes. Le pregunto qué es. Me responde que no tiene la menor idea. Le advierto que está cerrado. Me da el “ok” para poder abrirlo. Cuando lo abro me desayuno que existen los “microwave potato baker”. Una suerte de “calenta papas de microondas”.

Ahora sí. Me puedo ir a vivir sola.

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