sábado, 21 de agosto de 2010

Confesión no tan culposa: soy una buena anfitriona

Aunque siempre pensé que mi estilo era más dejado y casual, con el correr de las semanas -y de las reuniones en casa- descubrí que conviví durante 22 años con una magistral anfitriona. Lejos de la comodidad que me daba ser la segunda en línea de sucesión, el nuevo nido independiente me obliga a estar en todos los detalles y, para mi sorpresa, descubrí que es algo que me encanta.

Cada vez que vienen visitas, me encargo de pasar por los chinos de la vuelta y comprar aquellos pequeños detalles que son la perdición de quienes ingresan al hogar en busca de un poco de compañía. Cargo el changuito, intento no mirar el ticket y camino, contenta, la cuadra y media que me separa del súper.

Pese a que todavía no puedo ofrecer muchas comodidades -habilitamos el medidor de gas pero los de la obra todavía no se dignan a abrir la llave general- y que el polvillo sigue dando vueltas en el aire, nunca faltan las flores en las esquinas y la buena predisposición para ir lavando lo que se usa y ofrecer algo frío o calentito, según la temperatura.

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