domingo, 22 de agosto de 2010

El que avisa, no traiciona...

Desde hace tres meses que mi vida se convirtió en una carroza hormonal difícil de frenar. Como buen carruaje va a paso lento y constante aunque, claro, no siempre toma el mejor camino y muchas veces el empedrado puede hacer tambalear hasta al más seguro de los viajantes.

Ser una persona hormonal es algo complicado, en especial cuando uno está constantemente cuidando las formas. No miral mal, reírse siempre moderadamente, no gritar ni gruñirle a nadie. Todas esas notas mentales que nos imponemos porque, bien en el fondo, detestamos que nos tilden de "minitas".

Pero, a veces hay que resignar la dignidad y dejarse llevar por las emociones. Sin recibir nada a cambio, hoy me regalé un día en el que pude finalmente reír desmesuradamente y, cuatro segundos más tarde, contestar de la peor manera posible.

Todo, claro, acompañado de un acting que envidiaría la propia Andrea del Boca. No faltaron muecas, silencios ni abruptas salidas a fumar. Una novela, con todos los condimentos necesarios.

No fue algo intencionado, claro. De hecho, tuve que salir a fumar en reiteradas ocasiones para evitar que mi cerebro disparara una y otra vez: "Esta gente no se lo merece, no se lo merece". Porque, claro, no se lo merecían. Pero, como el que avisa no traiciona, me había encargado de dejar bien en claro que no me iba a responsabilizar por mis contestaciones.

Y así fue cómo de pronto me encontré totalmente enfurecida, fumando afuera como una "loca de mierda" y pensando en todas aquellas cosas que, claro, me hacían enfurecer. Porque la bronca funciona exactamente igual que la angustia.

Cuando uno está clínicamente triste -por clínico no hablo de un cuadro depresivo, sino de aquellos momentos en los que uno efectivamente está angustiado y no simplemente cansado de la vida-, se encarga de agudizar su cuadro escuchando canciones tristes y mirando cuánta película depresiva existe.

Bueno, en mi caso, cuando estoy enojada tiendo a enojarme aún más. Pero, lejos de buscar agudizar el cuadro, la estrategia tiene como objetivo alcanzar un nivel de saturación tal que sólo pueda robarme una carcajada. Y ahí, todo vuelve a la normalidad... Al menos por un rato.

Lo bueno del caso es que nadie se inmutó. Jefe notó mi estado desde el teléfono -pese a que, claro, intenté que no lo hiciera- y la reacción de mis compañeros de trabajo osciló entre indiferencia y acidez.

¿Cómo terminó la jornada? Simple, dije "chau" y lo único que recibí fue un: "(risa mediante) Chau Manu".

No hay comentarios: