jueves, 19 de agosto de 2010

Un viaje al fondo del corazón

En vistas del problemita de salud que ando atravesando, médico de cabecera decidió pasearme por todos los consultorios de sus amigos especialistas antes de asignarme una fecha para la operación y, así, fui descubriendo pequeños rincones de mi cuerpo que, por una lógica física, nunca había conocido.

Pocos días atrás me tocó visitar al cardiólogo familiar. Después de destacar que soy un calco de mi padre, motivo que me incomodó teniendo en cuenta sus antecedentes en materia cardíaca, procedimos a dialogar de la vida mientras me hacía un electro cardiograma.

- Vos sos periodista, ¿no?

- Sí, ¿te lo contó mi papá?

- No, desde que entraste no paraste de hacerme preguntas

- Ah, es una mala costumbre

- No tanto, ¿en dónde trabajás?

- Te lo cuento si prometés no hacerme un electroshock

Después de pedirme que no me moviera tanto, sentenció que el estudio había dado “perfecto” aunque aclaró: “Sólo porque soy un maniático, te voy a pedir que te hagas un estudio más para estar cien por ciento tranquilos. Te lo aclaro, porque sos la paciente más hipocondríaca que tengo aunque, claro, la más carismática”.

Me fui retribuyendo los elogios –a saber, creo que destronó a mi dentista del podio de los médicos a los que me gusta visitar- y volví, pocos días después, para el estudio que, para los que como yo no entienden de términos médicos, era algo así como una ecografía del corazón.

Después de cuarenta minutos de demora en los que me entretuve con el timeline de mi cuenta en Twitter, un segundo médico –ya no el que me había atendido pocos días atrás- me llama al grito de “Mendy Fernández”. Para su sorpresa, mi verdadero nombre era otro y lo que le había resaltado como un nombre curioso y original no era más que uno de mis apellidos.

Al recostarme en la camilla, comenzó con las preguntas de rutina. Qué es lo que uno estudia, si trabaja, si está o no en pareja, para qué se hace los chequeos y, si todo eso no basta, se puede recurrir al clima o al tema mediático de la semana.

- Bueno, eso que ves ahí es tu corazón

- Me impresiona aunque no lo entiendo mucho. Es como cuando voy a la ginecóloga y me muestra con pasión mis ovarios mientras que yo sólo veo manchas

- Bueno, claro pero acá hay un latido

- Sí, tenés razón. Si veo un latido cuando voy a visitar a mi ginecóloga, eso sería un problema

- Claro y si acá no lo vieras, estarías muerta

Después de pedirme que no me riera tanto, procedió a explicarme cada recoveco del corazón y, gracias a mi insistencia, me repetía incesantemente: “Está todo bien”.

Como el estudio se dilataba, comenzamos a hablar de la vida. Y ahí, deslizó una de las frases más lisérgicas que escuché en mi vida. A continuación, el motivo que me mantuvo en vilo durante toda la tarde.

- Lo que me pasa es que como cardiólogo uno ve siempre el corazón antes que a la persona

- Es un razonamiento muy romántico

- Claro, sino fuera porque mi corazón tiene ventrículos

- Bueno, pero desde el punto de vista poético es muy lindo

- Sí, sería el ideal de las relaciones humanas, ¿no?

- Algo así

Después de despedirme y de prometerle que iba a volver a saludarlo, me subí al taxi más caro de mi vida –pagué con cincuenta y me bajé sin darme cuenta de que no me habían dado el vuelto- y me quedé pensando en lo extraño que había sido haber visto a mi corazón en funcionamiento.

Ahí estaba. Ese motorcito que, en definitiva, es el que nos mantiene vivos. Chiquito, constante y complejo. Pero también, cuna simbólica de todas nuestras angustias. Un doble análisis, una doble cara de un conjunto de moléculas finamente sincronizadas.

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