martes, 21 de diciembre de 2010

Cuando estoy enojada

Mal que me pese, soy tana y vasca. Esas son las dos herencias sanguíneas y temperamentales que la genética supo regalarme. De ahí, mi temperamento apasionado, obstinado y cabeza dura. No me gusta juntarme con la parentela a comer fideos con tuco, pero disfruto apasionadamente de las conversaciones de café, gesticulo por demás y mi puteada preferida es: “Non mi rompere il cazzo”.

Hacerme enojar conlleva una gran tarea. Una de las personas a la cual le pagué para que me analizara afirmó tiempo atrás: “Tu problema es que aguantás y cuando te sacás, no hay vuelta atrás”. Exacto. Exacto. Exacto

Pero, ¿qué pasa cuando il cazzo ya está totalmente roto? Sale lo peor de mí. Ojo: lo peor con límites, porque como buena vasca mi orgullo vale más que todo y nunca haría nada fuera de la regla para jamás tener que bajar la cabeza. Los gritos y las puteadas, claro, son parte de la calentura tana del momento.

Ahora bien. Una vez que estoy enojada, hay detalles que me enervan más que otros. A saber: la cobardía. El hablar por lo bajo. El tercerizar la pelea. Algunos tienen que aprender a decir y putear en la cara, como Dios y la santísima puta que lo parió mandan. Quedarse callados para después vomitar la ira en otros canales es de cobardes.

Cuando me negaba rotundamente a leer mi poesía en público, uno de los mejores profesores de literatura que tuve durante mis bastos años de talleres literarios supo decir: “Nadie escribe para no ser leído”. Yo le agrego: nadie putea para no ser escuchado.

Prefiero un derechazo bien puesto. Un puñal en los riñones. Una escupida en la cara seguida de una buena cachetada verbal. Eso es sanidad mental, eso es demostrar que uno es humano. Hablar por lo bajo, putear con la voz esquiva, fingir adelante de otros y, por sobre todas las cosas, ser incapaz de saber retirarse a tiempo. Eso no es de buen contrincante y, como buena vasca, me gusta pelearme con los mejores.

Touché.

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