jueves, 30 de diciembre de 2010

Punto medio... a veces

Algunos dicen que el mundo se clasifica en dos grandes grupos: aquellos que deciden escalar la escalera mecánica y quienes la eligieron para poder reposar sus cansados cuerpos hasta que la tecnología los devuelva a la superficie.

Bien. Cada vez que me subo a una escalera mecánica -a saber, todos los días salvo aquellos en donde prefiero demostrarme que pese a mi desorbitado hábito de fumadora puedo subir los peldaños del subte- me enfrento a la misma pregunta: ¿a dónde pertenezco?

Algunos días, me gusta disfrutar de la pasividad de la escalera mecánica. Incluso, suelo aprovechar para chusmear la cartera, verificar qué cosas me olvidé ese día, chequear la cantidad de puchos disponibles y, claro, ver si tengo mis carilinas a mano. Siempre me pareció que el modo en el que se va abriendo el caótico paisaje sería un gran comienzo para un corto de bajo presupuesto y, cuando no estoy distraída con el bolso, me gusta mirar a quienes me acompañan en el ascenso e imaginarlos como posibles protagonistas.

Pero existen otros días en donde me resulta completamente molesto tener que esperar esos treinta segundos. Me enervan los que, como yo algunas veces, deciden estancar sus cuerpos en la baranda y suelo colapsar cuando dos de esos energúmenos obstruyen un escalón entero. El reloj suena en mi cabeza y comienzo a correr hacia arriba hasta que, claro, me encuentro con alguien negado a moverse. Porque eso es lo que pasa: te miran, te escanean y vuelven a su mundo, conscientes de que uno tiene una necesidad imperiosa de llegar a destino y, amparados en el derecho que les dio haber llegado milésimas de segundo antes, se cagan soberanamente en nuestra necesidad.

C'est la vie.

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