miércoles, 19 de enero de 2011

Placeres culposos, placeres divinos

Viernes a la noche y una dura disyuntiva: paso la próxima hora de mi vida vistiéndome y maquillándome para él o lo llamo, a último momento, para cancelar la cita y reprogramarla algún otro día.

No dormís con pijama pero esa noche tenés ganas de ponértelo, pedir helado y clavarte una maratón de cinco o seis películas pochocleras. Si estás en el medio de una serie retrazada, seguramente adelantarás una temporada.

Pero no. Mirás el espejo y te decís a vos misma: “Salgo”. Entonces te asomás al placard, buscás el vestido que siempre te hace sentir cómoda, te pegás una ducha, chequeás que todo esté bajo control y arrancás con la pintura.

Llama él. Sale del trabajo, se pega una ducha y te pasa a buscar. Vos, claro, estás hace media hora intentando ponerte medianamente decente y te vuelve a tener la idea de la noche de mujer sola. Porque en el fondo, no te jode tanto la soledad.

Lo llamás. Empezás a hablar y cuando estás por cancelar él te dice que de camino a tu casa pasa por algún lugarcito de comida china, compra helado y te regala elección de la película. “Nada de acción, nada de comedias románticas, ese es el trato”, dice mientras vos volvés a mirarte al espejo.

“Mejor dejémoslo para otro fin de semana”, le disparás mientras te bajás de los tacos de 8 centímetros que ya te habían comenzado a molestar, desabrochás botón a botón el vestido mientras él, desde el otro lado, se pregunta qué fue lo que te hizo cambiar de opinión.

Mientras sigue convenciéndote, te ponés el pantalón pijama, agarrás la remera de alguno de tus ex -cuyos sentimientos fueron enterrados pero el pedazo de tela no dejó de ser cómodo-, te sentás en tu cama y prendés la tele. Eso sí, sin volumen.

Cortás, pedís tu helado y le agradecés a la vida tener el departamento vacío y el cable pago.

Touché.

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