martes, 3 de mayo de 2011

La última cena


No cocinen, llevo comida. Ese fue el mensaje que le mandé a Her, mejor amigo y novio de mi concubina, para apaciguar los ánimos. Con la certeza de que en casa me esperaba un sermón, caminé agotada hacia los chinos del barrio, hice el pedido, me fumé un pucho en la puerta y esperé a la intemperie.

Al llegar y mientras Hippa ponía la mesa, lo miré y le dije: te traje un regalo. Pasó. No indagó en el verdadero motivo que me había obligado no sólo a comprar comida china sino, además, a traerle su Coca Cola de litro y medio.

Cenamos, hablamos de las rutinas y llegó el relato del encuentro con un nuevo él, prohibido por las jerarquías establecidas. Te felicito Mendy, por primera vez en mucho tiempo me parece que estás coqueteando con una persona normal, dijo mientras tomaba la gaseosa del pecado.

Y ahí, no pude evitarlo. Mi cara me vendió. Después de contarle lo mucho que me gustaba la voz del nuevo, tuve que confesar que el otro, al que siempre detestó, me había pasado a buscar por el trabajo con el objetivo de volvernos a su casa y disfrutar de su asfixiante calefacción.

Lo sabía, te mandaste una cagada. Por eso los regalos, dijo con voz firme y mirada penetrante. Papá -así le digo cada vez que se mete en mi vida amorosa-, no hice nada. De hecho y como verás, estoy acá, retruqué y me escudé en el pollo con almendras.

1 comentario:

Anónimo dijo...

jajaja me cague de risa