martes, 25 de octubre de 2011

Desconectados

Mail, Twitter, Facebook, Google Plus, MSN, Blackberry Chat, What's app, Gtalk, correos electrónicos, mensajes de texto, mensajes de voz, tarjetas digitales, comentarios en los blogs, videollamadas. Todo. Tenemos absolutamente todas las herramientas para estar conectados y, pese a eso, no puedo dejar de preguntarme, ¿estamos realmente en contacto?

Zygmunt Bauman sugirió en La modernidad líquida, que el comienzo de la misma tuvo como corte inicial la declaración de una periodista que, en pleno programa, le confió a sus espectadores que nunca había alcanzado un orgasmo debido a la eyaculación precoz de su marido. Listo, cortito y al pie. Un hecho que pertenece a la esfera privada (retomo, quizás, a Hannah Arendt) se trasladó a la esfera pública sin ningún objetivo más que hacer una catarsis emocional.

El límite se desvirtuó, las plataformas explotaron y hoy nos preguntamos, ¿somos quienes mostramos? ¿Decimos lo que escribimos? ¿En qué momento perdimos el interés por los hechos y abrazamos una vida de estados cibernéticos y abrazos emoticonizados?

Por más que tengamos todas las herramientas a nuestra disposición y que vivamos el estallido de tener que contar y mostrar todo lo que nos pasa en todo momento, hay algo que perdimos. Nos privamos del placer de las acciones reales, de la ansiedad, del silencio sano y del deleite del desconocimiento. Pasamos de ser personas a personajes indescifrables. Pero detrás de tanta exposición y GPS emocional la pregunta es, ¿queremos que nos encuentren o hacemos todo lo posible para no ser encontrados?

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