viernes, 16 de diciembre de 2011

Que lo parió



Andate a la puta que te parió, exclamó y apoyó con violencia el vaso de aguardiente en la mesa. No podía ser cerveza, ni ningún otra bebida. Tenía que caer en el aguardiente, en el cliché más bajo y húmedo de todos. La situación lo ameritaba. La puta que te parió, analizó ya en voz más baja. Casi tenue. Pero con la delicadeza de quien dice una verdad en voz bajita, de esas que uno quiere guardarse. La mirada de los comensales se perdió por un momento. Pronto volvieron a las discusiones de siempre. A si la realidad es real, si el amor existe, si el estilo postmoderno es acaso un quiebre estructural o una simple exacerbación de lo viejo. No hay que perder el estilo, le había repetido incansablemente Martín durante los últimos cinco años. Aquel hombre que primero aprendió a respetar como poeta, con su lluvia púrpura y su mujer quebrada. Luego, con el tiempo, lo respetó como hombre. Pero, ¿qué era acaso el estilo? Su cabeza se debatía entre el límite de la angustia, lo terrenal, y el elixir momentáneo que le sugería la bebida. Decidió, por esa noche, entregarse a lo metafísico del borracho. Al submundo de lo no dicho, del aprendizaje no asimilado. Que lo parió, seguía repitiendo en su cabeza. Mejor, la puta que me parió. Destacó el me, como si con la entonación pudiera clavarse otro puñal, uno más profundo, el más incisivo. Porque en el fondo, en lo bajo de las culpas divididas, existía también un dejo de crítica. Pero lo dejaría para más adelante. No era momento de reciclar reproches.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

good

Anónimo dijo...

y, como te dije en su momento, algún día será. Y algún día fue.

Anónimo dijo...

Ose que si laburas en muy SOS responsable de la tapa nefasta con lo de spinetta