miércoles, 30 de mayo de 2012

Animarse al desnudo


Me quedé con las ganas. Corría el año 2004 y, quien les escribe, cursaba un modesto cuarto año del secundario. Era medio hippona, usaba el pelo corto (como Celeste Cid en Resistiré, tales fueron las indicaciones al peluquero) y acababa de superar mi primera gran decepción amorosa; de esas que te dejan más de una semana en cama leyendo a Alejandra Pizarnik. Estaba en plena vorágine sentimental cuando una compañera de un curso del Rojas, fotógrafa ella, me llama para invitarme a participar de una muestra que estaba armando. Me querrá como iluminadora, pensé con modestia. Pero no. Ella andaba con ganas de transgredir un poco las normas paquetas de las chicas bien que se hacen las liberales y me propuso un desnudo. Cuidado, se anticipó. Dejame pensarlo, atiné a responderle, apretando las piernas por si el sexo, como en el poema de Girondo, se me llegaba a caer en la vereda. La dudé, la dudé mucho. La idea de despojarme de todo y de romper con los mandatos me devolvió el pulso. Estaba ahí, latiendo, de nuevo. Intriga de las reacciones. Papelón, bochorno, escándalo en el corazón de Belgrano R. Arte, arte, arte. Justificaciones varias, mentiras piadosas. El concepto del desnudo es erótico en sí: para quien lo ve, para quien lo protagoniza. Pero llevarlo a un terreno tan brutal, era otra historia. No quería ser sólo el mingitorio de Duchamp, aunque el deseo, cual pulsión, sigue ahí, expectante. Después de todo, siempre seré la nena rebeldona de papá.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Rebelate y subí un desnudo

Anónimo dijo...

Me ratonea