martes, 29 de octubre de 2013

Inspiraciones cotidianas, para Julio Cortázar


Cortázar junto al pintor Eduardo Janquieres.
Hace tiempo, leyendo Clases de literatura, Berkeley 1980, descubrí que la década del cincuenta encontró a Julio Cortázar en un momento que calificó como “lúdico”. Con su desembarco parisino aparecieron, casi por arte de magia, los Cronopios, las Famas. El inicio de su era “fantástica” se vio potenciado con la publicación de Axolotl y Bestiario. Esta tarde, en algún trayecto del recorrido de la línea D, llegó a mí una explicación un tanto menos académica -y quizás, por ese motivo, más cercana- desde Cartas 1937-1954, compilación epistolar a cargo de Aurora Bernárdez, primera mujer del escritor. Descuento la recomendación de ambos libros y les acerco el momento en el que surgió la inspiración para una de las piezas literarias más simples y complejas que leí.

Aunque su publicación llegaría ocho años más tarde, el proceso creativo tuvo lugar en Roma, durante la primavera de 1954 en la que, para hacerle frente a sus gastos europeos, Cortázar trabajó en la traducción de la obra completa de Edgar Allan Poe para una editorial de Puerto Rico. Sin mayor preámbulo, les dejo un fragmento de la carta que le escribió a su amigo Eduardo Jonquières, pintor argentino.

Scala Santa, Roma, 2010.


A Eduardo Jonquières
Roma, 15/1/54

“El otro día se me ocurrió que si tengo tiempo y ganas, voy a escribir un Manual de instrucciones. Esto nació de Aurora (su primera esposa) y yo habíamos ido a San Giovanni in Laterano para seguir explorando el museo (que es fenomenal, incluso la parte etnográfica tan divertida, pero sobre todo los sarcófagos cristianos y lso mosaicos de las termas de Carcalla). Como faltaba un rato para que abrieran, libamos un timballo de lasagna en una tavola calda y nos metimos en el palacio de la Scala Santa. Tú sabrás que por dicha Scala se sube de rodillas, pues Santa Helena la importó a Roma después de sacarla de casa de Pilatos. Noté entre varias cosas notables, que vendían unos libritos con “instrucciones para subir la Scala Santa” y me pareció muy bien. Tan bien me pareció que me di cuenta hasta qué punto estamos huérfanos de buenas instrucciones para beber una tacita de café, por ejemplo, o para sentarse en una silla. Son cosas elementales -es decir profundas, o sea malentendidas. ¿Cómo se enciende un fósforo? ¿Tú sabes? No, tú lo enciendes. Pero, ¿y si del fósforo, por tu torpeza, te brota una enorme cebolla de verdeo? Etc, etc. Reconoce, con todo, que el Manual se impone. Alguien tendría que escribirlo. (Un inglés, probablemente)”.

No hay comentarios: