martes, 12 de agosto de 2014

Del "pelotudo de Fantino" a Noam Chomsky: un extraño viaje sin escalas



Fantino es un pelotudo”, sentenció ayer con precisión bélica el tachero que me llevaba del Obelisco a la redacción. Pe lo tu do -resaltaría sin tapujos el querido Fontanarrosa-. “Que hable de fútbol y se deje de hacer el serio”, reforzó segundos antes de cambiar a otra AM. El comentario que lo alienó tuvo lugar después de que el conductor de Uno de los nuestros reconociera, durante el pase radial con Luis Majul, su incapacidad de culminar la lectura de la novela Ulises de James Joyce. “Minas en pelotas y fútbol. ¡Qué hace hablando de libros este...!”, sentenció y fortificó así su postura. No hubo más diálogo. Un breve intercambio de miradas, de corte seco y tajante, dejó en evidencia que estábamos en lados opuestos del ring.
La batalla, que como tantas veces libré en silencio, me acompañó durante el resto del día. Ya en el diario y con decisiones editoriales sobre la mesa, no podía dejar de pensar en la vara de medición de aquel hombre. Me aplastó la contundencia de su afirmación. Golpe, cara y cemento. Un knockout de frustración. Aunque el derechazo no me había sido dirigido, tomé toda la violencia del golpe. Porque todos fuimos, somos y seremos el pelotudo de Fantino.
Ocho años atrás, cuando llegó la oferta de comenzar mi camino periodístico junto a Chiche Gelblung, un peso pesado del academicismo periodístico se encargó de ponerme en mi lugar. A mí y a todos mis prejuicios. “No importa si escribís sobre la separación de Susana Giménez o si descubrís un watergate. Tu ética y tus códigos dependen de vos, no de la temática que te asignen. Que sea o no periodismo depende ya de tu rigurosidad”, disparó café mediante. Minutos más tarde, claro, firmé mi primer contrato.
Escribir sobre espectáculos es ingresar, para muchos, en una temática asumida frívola por la sociedad. Aunque los clicks de las webs y las ventas de las revistas evidencien lo contrario, los percances de la vida de Diego Maradona no le interesan a nadie que asuma un mínimo nivel intelectual. El Diez sólo existe dentro de la cancha y, como el abolengo futbolero dicta: la pelota no se mancha. Nadie sabe quién es Wanda Nara y, de más está decir, las únicas conversaciones válidas son aquellas que se debaten entre el existencialismo de Kierkegaard o el de Heidegger.
No conozco a Alejandro Fantino y lo único que me ata a él es el eventual contrato oyente-conductor que nos encuentra cada tanto en algún viaje de taxi o por la noche, ya en la caja boba. Si es un pelotudo o no, eso tendrán que decirlo sus íntimos y, espero, lo hagan a puertas cerradas. Pero, ¿por qué aceptar su descalificación gratuita? ¿Por qué negarle a un periodista la posibilidad de mostrarse en toda la cancha? ¿Por qué el especializarnos en fútbol o espectáculos nos convierte en entes incapaces de analizar otro tipo de realidades? Pocos periodistas, de los considerados serios, sortearon con total naturalidad entrevistas con difíciles personajes como Aníbal Fernández y Luis D'Elía. Pero, para la tribuna, aquel santafesino de trajes arriesgados siempre será el que tiene que hablar de fútbol. Fútbol y minas en pelotas.
“La gente paga por su propia subordinación”, sentencia el gran Noam Chomsky en su libro Lucha de clases. Y a veces, casi sin darnos cuenta, nos adentramos en una peligrosa línea de pensamiento que nos convierte en nuestros peores verdugos. Arriba o abajo del taxi.

No hay comentarios: