domingo, 11 de octubre de 2015

De laberintos y otras cosas


El laberinto me divierte, no te lo voy a negar. Entrar, salir, dar vueltas. Siempre en el mismo lugar, pero sin tener jamás la certeza de en dónde se está. Pasar cinco veces por la misma esquina desdibujada y no notarlo, pasar inadvertido. De nada sirve esconderse. Esa, corazón, es la magia de los laberintos. No hay inicio, no hay final, no hay presente. La estructura fue armada a la perfección por una mente tan brillante como neúrotica. ¿A quién carajo se le ocurre diseñar semejante entramado de diagonales, cruces y perpendiculares? A nadie, sólo a un neurótico, asentís con una cerveza ya tibia en tus manos. Y ahí, en un intento por mantener el laberinto y no encontrar jamás la salida, saco chapa de los cuatro libros de psicoanálisis que compré en oferta en Parque Rivadavia. Lo llamativo del caso, -escuchá esta genialidad que me regala el whisky barato que recomendó el mozo al que jamás escuchamos- es que la propia definición de neurosis es un laberinto: todos lo somos, ergo: nadie lo es. Si la característica es común, se pierde la unicidad, la definición individual, respaldás, antes de meter toda tu humanidad en el bowl de aperitivos de dudosa procedencia. Y así, entre trago y trago, nos adentramos en otro laberinto semántico, una guerra fría lingüística que sólo toleraría Saussure. Y ni siquiera. Unicidad, resalto con desgano desde la otra punta de la mesa porque, como siempre, te negaste a sentarte al lado mío. La unicidad está sobrevaluada, desafiás, en un intento por cercar mi estructura emocional. Cortito y al pie. Cachetazo inesperado. Whisky raspando mi garganta. El bowl ya sin un puto maní. Y vos ahí, estoico, con el puñal en la mano y las gotas de sangre que caen lentamente sobre la mesa. Si lo que nos define es la unicidad, entonces coincidirás conmigo en que las definiciones están sobrevaluadas, te espeto. Manotazo de ahogado. As de basto sobre la frente. Te canté truco, cariño. Pero me olvidé, como siempre, que tus manos son más generosas que las mías.-

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