miércoles, 12 de marzo de 2008

¿Vos querías saber qué mierda me pasa?

Son velorios rotos. Velorios que esconden el secreto de una muerte dudosa. El placer morboso de ver rendido a tu enemigo. Ver la vergüenza mezclada con tristeza de los cercanos que lloran a lágrima tendida la inexplicable decisión. Las lágrimas que no salen pero que te envician por dentro.

El sentimiento de abandono y de una tediosa sorpresa predecible. La obligación de mostrarse fuerte cuando no hay nada que te sostiene. Las risas histéricas que buscan una salida de emergencia, pero no hay nada afuera.

Las anécdotas reconfortantes que no llenan el vacío. Desamparados los sensibles y obligados a escudarse los que son aún más sensibles. El orgullo que se tiñe de incertidumbre. Las respuestas que están pero que no llegan. Lo hacen años más tarde cuando se desata la inevitable crisis cuestionadora.

El cuadro vanguardista que con distancia empieza a tomar sentido.Los dedos que señalaron sin piedad. Los dedos que se apuntan por miedo. Los dedos que cuestionan lo incuestionable. Los dedos que hay que obviar. Los dedos que se inclinan a acariciar, pero que son repelidos.

Esa bendita mano que con el paso de los años se vuelve a ellos. Sí, vuelve. Todo en la puta vida vuelve.Y de pronto, me tuve que curtir sola. Y ahora aparecen, buscando algún tipo de beneficio económico o de dádiva perdonadora. Y no hay perdón. No hay bendición. No existe el borrón y cuenta nueva. Pasó el momento de actuar. Pasó el momento de argumentar. Pasaron años de silencio.

Las fortalezas trazaron distintos caminos para todos los "herederos" del bendito imperio. La vergüenza de saber que no pueden sostener una mirada. Porque los carcome la envidia y a mí me da placer su destino de miserables.

No encuentran mi inocencia. Obligada a crecer de pronto me siento encerrada en una edad que no condice con lo que pasa por mi cabeza. Estoy condenada al eterno defasaje social.

Pero vuelven. Siempre que necesitan algo vuelven. Los eternos pedidores de perdón que se enfrentan ahora a una mujer. Que se dan aludidos ante mis dardos ácidos.

Que temen el día en que seamos nosotras, sí las mismas tres nenas que miraban desconcertadas la situación, quienes manejemos las cosas. Se les acabó el vino. Y yo, con el porro a medio fumar, río en el rincón de la misma habitación.

Y ahí se acabó la joda. Se acabaron los muertos vividores. Se acabaron las sonrisas impuestas. Se acabó todo gente.

Y soy fría. Y soy la que no perdona. Y soy la que no entiende que hay gente que no sabe qué hacer de su vida. Pero no lo voy a entender nunca, porque yo lo supe. Lo supe cuando no debería haberlo sabido. Entonces me cago en ellos. Porque yo me curtí sola.