La locura puede ser tentadora y eficiente. Muchas veces se presenta en el escenario como la respuesta a las preguntas que todos, y cada uno de nosotros, tenemos. Es un gran escudo que se torna invencible con el paso del tiempo. Un arma de doble filo con la que pocos saben jugar sin terminar desangrados.
Lo más curioso de la locura es la sanidad. Creernos sanos en un mundo enfermo es como creer en la paz mundial cuando lo único que vemos son bombas, sangre y cuerpos descuartizados en un desconocido país asiático. Eso sí, en vivo y en directo desde el lugar de los hechos.
¿Qué sería de muchas cabezas si no existieran esas mentes oscuras e ilegibles? Uno de los pocos descubrimientos que le atribuyo a la psicología es la teoría que habla acerca de la definición individual. Uno es, en función de lo que comprende y analiza como diferente. “Yo no sé que soy, pero definitivamente no soy eso”.
¿Les suena familiar?
Muchos perderían su noción personal si aquellas personas, esos locos iluminados según los denomina John Stuart Mill, no estuvieran en el mundo recordándoles quiénes no son. Pero, ¿realmente existe semejante abismo social? ¿Acaso los extremos no se tocan? ¿No guardamos todos una pequeña dosis de locura?
Estar en el límite es complicado. Saberse una persona cuerda con algunas dosis de locura nos convierte en ese personaje amado o detestado, según quién nos analice. Somos para algunos ejemplos a seguir, hacemos y decimos todo lo que ellos quieren y no pueden. Pero también nos convertimos en un chivo expiatorio complicado y difícil de digerir. Son esas personas con poco vuelo las que se apresuran a condenar aquellas acciones por las que se mueren de ganas de vivir.
Algunas personas nos encuentran superados. Me cansé de escuchar esa frasecita armada y seguramente analizada más de una noche por quién la pronunció. ¿Seremos entonces seres superiores que transitan su paso por el mundo de un modo diferente? No me atribuiría semejante mérito. Creo que la misma sociedad nos obligó, una y otra vez, a aprender a discriminar aquello que vale o no la pena. Aunque es evidente que tenemos nuestros altibajos.
Pero, ¿existe entonces la locura? ¿Conviviremos con seres inexplicables a los que es más fácil medicarlos y recluirlos que entenderlos? ¿Serán ellos las verdaderas cabezas sanas?
Lo único que sé es que me generan asco aquellas personas que van por la vida, sintiendo, actuando, diciendo y experimentando en función de las normas socialmente aceptadas. Me generan acidez estomacal esos engendros que destilan armonía mientras libran un exterminio interno. Para colmo, son siempre los primeros en tirar la primera piedra, aunque no estén libres de pecados.
La línea entre el pensar y el actuar es más ínfima de lo que desearían.
Entonces cerrá tus piernas cada vez que tengas el pecaminoso pensamiento de darle rienda suelta a tus fantasías. Mordé tu lengua para contener la ira, cerrá los ojos para eludir tus propios fantasmas y llená de elogios los oídos para no escuchar tu triste realidad.
Descuidá. Siempre voy a estar acá para que me claves el puñal. Lo que no sabés, es que cada vez me duele menos.
Para aquellos que se puedan llegar a preguntar qué es lo que hago un jueves a las siete de la tarde, la respuesta es sencilla y poco glamorosa: teórico de radio.
Aburrido y sin práctica, pasamos las horas escuchando experiencias radiales que inevitablemente están condenadas al eter, porque es lo empírico lo que hace a la esencia sustancial del aprendizaje. O al menos así lo veo yo.
De pronto e inesperadamente, una frase me llamó la atención: “Hace un año que no puedo escribir una línea más”. El autor de semejante declaración fue Mario Benedetti en una entrevista concedida al periodista Eduardo Aliverti. Al principio me reí y le agradecí al viento que este hombre haya colgado la puma. Es que semejante vaticinio me hizo rememorar aquellos años en los que la gente se empecinaba en convencerme de que Benedetti no era meloso sino que hablaba del amor.
“Hay otras formas de hablar del amor sin recurrir a la repetición continua del término y sin representar la esencia de una novela brasilera”, era mi clásica y dictada respuesta. Lo cierto es que los años pasaron y todavía no lograron hacerme cambiar de opinión. Lo bueno era que este hombre se había cansado de escribir melosidades y nos liberaba de tener que envidiarle su capacidad editorial.
Ahí me cayó la ficha. De golpe me vi totalmente identificada con el repudiado Mario y tal identificación no se debía a su cómoda y general visión del amor, sino a la incapacidad de poder escribir “una línea más”. Todas las frustraciones que me llevaron a consumir café y algunas sustancias en exceso, se condensaron en una sola frase que retumbó durante media hora en mi cabeza.
¿Por qué no soy capaz de ponerle fin a la novela que lleva años encajonada o guardada en mi computadora? ¿Por qué me cuesta unificar los miles de bosquejos que tengo archivados en un cajón? ¿Por qué me niego a concluir el experimento?
No hay acto más frustrante que el de no poder concluir algo. Esa falta de fin le quita identidad y fuerza a lo que nos proponemos, le otorga inexorablemente la prohibición del recuerdo. No hay peor condena que la incertidumbre, y eso se aplica a cualquier campo de la vida. Un libro sin terminar, un acto sexual inconcluso o inclusive una conversación sin punto final nos dejan el poco redituable sabor del no saber.
La vida del condicional me aterra y me lamenta verme encaminada para ese campo. Siempre sentí pena por aquellas personas que se abrazaban al aclamado “qué hubiese pasado si”, y creo que mi tiempo verbal predilecto está cambiando. Sin excepción, mis actos tuvieron un inicio y un final, pero ahora la nebulosa de la incertidumbre circunda cada una de mis iniciativas .
Aristóteles manifestó que uno puede arrojar la piedra pero jamás podrá saber a quién golpeará. Yo, fiel a mi delicada personalidad contrariada, me quedaba firme esperando para ver el alcance de mis palabras u acciones.
No sé si los años empezaron a pegar duro o si me cansé de luchar contra las inexplicables conductas de la gente, pero me cansé de esperar. Comprendí que el sabor agrio de la incertidumbre tiene también su fecha de caducidad y me permití, por primera vez en mucho tiempo, dejarlo todo a la buena del viento.
lunes, 28 de abril de 2008
Vi un remolino de hojas. Frené, me quedé parada al lado hasta que decidió esfumarse y los objetos, con los que luchaba, cayeron súbitamente.
Vi condensada en una sola imagen la perfecta metáfora de mi cabeza.
Un remolino que gira y gira pero que, por sus propias condiciones físicas, no tiene rumbo fijo ni dirección. Un ente efímero que logra materializarse haciéndose de aquellas cosas o personas que encuentra en su camino. Un fuerte viento que puede pasar inadvertido o que puede generar el susto de lo que se podría convertir en un tornado.
Las hojas representaban el peso relativo de las preocupaciones, mientras que el viento hacía malabares para que aquellos obstáculos no modifiquen su camino, su meta. En diez minutos vi todo su esplendor, toda su capacidad desplegada en un solo acto. A veces gentil y a veces violento, el remolino intentaba deshacerse de las hojas.
¿O sería acaso que buscaba desesperadamente mantenerlas consigo?
Hay veces que las cosas más rebuscadas encuentran su manifestación simple en la vida cotidiana. Y nosotros, cegados por esas hojas que se tornan pesadas, intentamos eludirlas en un acto solemne pero ineficaz.
Mientras que mi cabeza sentía el placer casi perverso de despojarse una a una de sus hojas, la gente caminaba molesta y acelerada. Yo, enceguecida por semejante espectáculo, no podía evitar contemplarlo.
De pronto el viento decidió seguir su camino y las hojas, ahora sin peso, yacían en el piso, solitarias y sin poder. Es que sin el viento, sin esa energía catalizadora y vital, las hojas no son más que desprendimientos de algo que tiene vida. Pero hay que tener en claro que es sólo el viento el que les da el poder de volar.
Pero ¿qué es una vida sin hojas? ¿Qué es una vida sin algo con lo que luchar ya sea tanto como para retener o como para desechar?
Están las buenas, las que en el fondo nos reflejan aquellas sensaciones puras. Y también las hay malas, las que desprenden sólo inseguridades y pasados oscuros. Pero el equilibrio, el tan mentado y peligroso equilibrio, solo se encuentra con ambas. Y somos nosotros, los que nos embarcamos en la eterna lucha con los objetos sin vida.
Pero las hojas no son más que desprendimientos propios. Y el rumbo definido, es tan sólo una forma de evitar la elección. Porque es el viento, el único que tiene la posibilidad de vivir libre.
Pero lo que alimenta el viento, lo que hace que día a día retome esa velocidad innata, es la eterna búsqueda de su freno. Ese freno que sólo se presenta al encontrar otro remolino, que casi sin pensarlo, emprende el mismo camino.
miércoles, 16 de abril de 2008
Y no tengo el hábito del recuerdo, y lo aprendiste a los golpes. Y quise cuidarte, pero me salió mal. Y me preguntás qué es lo que me pasa y no te puedo responder. Y te acercás pero me alejo, no lo puedo evitar.
Y cuando me pedís que haga memoria, que haga el esfuerzo de recordarte, ya es tarde. Porque ya no hay fuerza en lo que pasó, son sólo momentos vividos. Y te pienso y sonrío, no lo niego.
Y sé de vos, sé de tu vida. Se dice que estás bien, aunque te conozco y no es así. Y me odiaste, y me sufriste pero yo te lo advertí. Creo haberte dicho que yo no era fácil, pero aceptaste el desafío. Y ahora buscás entenderme, pero no hay nada que entender.
Y estás acompañado, pero me decís que no es lo mismo. Y extrañás nuestros hábitos, nuestra rutina. Y yo te digo que te desprendas del pasado, que no vale la pena. Pero no lo entendés, quizás en un tiempo las cosas cambien.
Y me parodíás. Y tenés razón, sabés muy bien que cuando estoy en la rutina caigo en la misma relectura melancólica. Y me preguntás por ellos, y te sorprendés. Y me decís que no pierda el tiempo, que la vida pasa rápido. Y te digo que ya no estoy vertiginosa, que los minutos se me hacen largos.
Y te reís. Y me confesás que me viste por Corrientes. Me describís, era yo. Y me preguntás por el acompañante. Nos ponemos incómodos. Y te volvés a reír y te pregunto qué es lo gracioso. Y me aniquilás en una sola frase. Y me deslizás que me parezco más a Alejandra de lo que desearías.
Y te digo que no, que soy simple. Me mirás fijo y seguís riendo. Y de pronto te vuelve la seriedad y soy yo la que ríe. Y me preguntás por algún él y no me creés que no existe. Y te explico que no tengo ganas, que estoy bien sola. Y me criticás que no soy una persona solitaria. Y te digo que ahora sí, que las cosas cambiaron.
Y me decís que estoy oscura. Y creo que tenés razón. Pero no te lo concedo, sólo tomo mi café cargado. Me recomendás una exposición de fotos y te advierto que no quiero pisar un museo. Y me preguntás por la novela y te respondo que sigue inconclusa.
miércoles, 19 de marzo de 2008
El humo de la habitación convierte la escena en algo más corriente de lo que amerita. Nada está en su lugar, ni siquiera la cabeza de las dos personas que debaten, a gritos, cuál será el destino de la situación. Ella comprende, él no.
Siente el viento del cuadro que acaba de rozar su cara, vuelve la mirada y no lo reconoce. La tormenta continúa una o dos horas más.
Encuentran frondosamente las miradas, ya sin nada por decir. Una corbatura de hombros resume la situación.
domingo, 16 de marzo de 2008
Esa sonrisa mal formada. Esa ausencia silenciosa que repercute en todo lo que se toca. Esa forma de ir por la vida acarreados por un impulso ajeno. Sin vida, sin necesidad ni satisfacción. Son las cabezas menos pensantes, las que no entienden la oscuridad, las que ven con pánico lo rebuscado, lo ilegible y lo abstracto. Las que no conciben belleza fuera de la estructura.
Ir por la vida esquivando, sometiendo, analizando y callando. Medir risas, comentarios, miradas o silencios. Esa desagradable tendencia a pasar lo más inadvertido que se pueda. Esa angustiante asfixia que hace sucumbir hasta al más emprendedor.
Las cuerdas que de a poco van atando al ser. Las que limitan y estructuran su distinción. Las que convierten la libertad de la inocencia en una eterna condena social. Las que cínicamente nos matan en vida.
Ese bendito anhelo de formar parte que nunca llega. Las relaciones que se oxidan en el fondo de un placard. Corroídas más que por el paso del tiempo, por los recuerdos que evidencian su insoluble génesis. La eterna sensación de insatisfacción.
La inevitable evidencia de que jamás lograremos confluir dos seres en uno. Esa puta imposibilidad que encuentra su lucha en todo. Esa realidad que desacredita el verdadero querer y que alimenta la soledad. Esa barrera que no se puede romper pero que, al menos, siempre mantiene una ínfima esperanza de autodestrucción.
Somos lo malo, lo perverso, lo diferente. Somos parte de los que van por la vida acarreando las condenas ajenas. Somos el reflejo de las “mentes acomodadas”. Pesa en nuestros hombros la pegajosa disyuntiva del correcto ser. Somos los que la sociedad busca curar. Somos los que bajamos los brazos y asumimos la enfermedad de lo distinto.
Ir por la vida batallando luchas imposibles, casi destinadas al fracaso constante.
Son velorios rotos. Velorios que esconden el secreto de una muerte dudosa. El placer morboso de ver rendido a tu enemigo. Ver la vergüenza mezclada con tristeza de los cercanos que lloran a lágrima tendida la inexplicable decisión. Las lágrimas que no salen pero que te envician por dentro.
El sentimiento de abandono y de una tediosa sorpresa predecible. La obligación de mostrarse fuerte cuando no hay nada que te sostiene. Las risas histéricas que buscan una salida de emergencia, pero no hay nada afuera.
Las anécdotas reconfortantes que no llenan el vacío. Desamparados los sensibles y obligados a escudarse los que son aún más sensibles. El orgullo que se tiñe de incertidumbre. Las respuestas que están pero que no llegan. Lo hacen años más tarde cuando se desata la inevitable crisis cuestionadora.
El cuadro vanguardista que con distancia empieza a tomar sentido.Los dedos que señalaron sin piedad. Los dedos que se apuntan por miedo. Los dedos que cuestionan lo incuestionable. Los dedos que hay que obviar. Los dedos que se inclinan a acariciar, pero que son repelidos.
Esa bendita mano que con el paso de los años se vuelve a ellos. Sí, vuelve. Todo en la puta vida vuelve.Y de pronto, me tuve que curtir sola. Y ahora aparecen, buscando algún tipo de beneficio económico o de dádiva perdonadora. Y no hay perdón. No hay bendición. No existe el borrón y cuenta nueva. Pasó el momento de actuar. Pasó el momento de argumentar. Pasaron años de silencio.
Las fortalezas trazaron distintos caminos para todos los "herederos" del bendito imperio. La vergüenza de saber que no pueden sostener una mirada. Porque los carcome la envidia y a mí me da placer su destino de miserables.
No encuentran mi inocencia. Obligada a crecer de pronto me siento encerrada en una edad que no condice con lo que pasa por mi cabeza. Estoy condenada al eterno defasaje social.
Pero vuelven. Siempre que necesitan algo vuelven. Los eternos pedidores de perdón que se enfrentan ahora a una mujer. Que se dan aludidos ante mis dardos ácidos.
Que temen el día en que seamos nosotras, sí las mismas tres nenas que miraban desconcertadas la situación, quienes manejemos las cosas. Se les acabó el vino. Y yo, con el porro a medio fumar, río en el rincón de la misma habitación.
Y ahí se acabó la joda. Se acabaron los muertos vividores. Se acabaron las sonrisas impuestas. Se acabó todo gente.
Y soy fría. Y soy la que no perdona. Y soy la que no entiende que hay gente que no sabe qué hacer de su vida. Pero no lo voy a entender nunca, porque yo lo supe. Lo supe cuando no debería haberlo sabido. Entonces me cago en ellos. Porque yo me curtí sola.
Todas las mañanas me levanto, lavo mis dientes, peino el poco pelo que me queda, elijo siempre la misma camisa y el mismo pantalón, tomo un café con leche, en realidad nunca pude tomar café, quizás si mi mamá me hubiese dado café en vez de café con leche antes de ir al colegio, mi organismo hoy en día lo soportaría. Siempre es la misma rutina, llego cuando todavía es de noche, solo la panadería comienza a abrir, e inevitablemente paso y compro una medialuna, es que por más que jure que no lo voy a hacer más, cada vez que paso y sale el típico olor a panadería, no lo puedo evitar, especialmente en invierno. Así que llego a la verdulería, levanto la cortina de hierro oxidada que cada vez está más pesada, acomodo las frutas que es increíble, pero no hay mujer que pase que no las toque, me miro al espejo para ver si todo está en orden y luego sí, en ese instante comienza mi día. Hoy, como pasa habitualmente un solo día al mes, me traen la nueva mercadería. Pero como quien diría, hoy no es como cualquier día; por primera vez en ocho años no va a venir Ernestito, continuando la tradición familiar de su padre Ernesto. Hoy el encargado en traerla será un desconocido, pero igual está bien porque será solo por hoy. Es un día de lluvia, como le gustan desde muy pequeña a mi hija, siempre fue medio rara; un poco retraída. La verdad es que nos ayudaría mucho irnos a Buenos Aires, y por primera vez en mi vida tengo ganas de hacerlo, la rutina del pueblo me está matando, siempre es lo mismo, las mismas charlas triviales ... ¿Cómo está? Muy bien ¿usted? Bien gracias. Me cansé de que todo sea siempre igual, que la lluvia sea la gran protagonista del cambio, aunque pese a que nos visite todos los días de lluvia tienen también su fastidiosa rutina. Sería un cambio positivo para todos, Catarina podría seguir su carrera en la UBA, Robertito comenzar a trabajar, pero sobre todas las cosas Aurora podría comenzar a estudiar psicología. Aunque no lo demuestre demasiado, siempre quise que ella estudie, pero la suerte no nos sonrió dirían. Sí, definitivamente hoy le voy a dar la sorpresa, en cuanto podamos nos vamos a Buenos Aires. Ahí viene la camioneta ¡Hey, por acá! ¡Cuidado! Acto siguiente, Aurora no sale como de costumbre de la casa por el grito de su marido. ¡Quien lo hubiese dicho! La gente comienza a levantarse, se prende la luz, se abren las cortinas y sale a ver la temperatura. ¡Qué frío hace hoy! Mejor entro. Me encanta levantarme y escuchar el sonido de la lluvia, es hermoso saber que uno va a tener que mojarse todo el día, caminar debajo de la lluvia, los paraguas se acomodarán en los rincones de todos los negocios, ¡Qué linda que es la lluvia! Esto no es más que una señal, un buen augurio, es que hoy tengo que dar mi último examen en la universidad, si todo sale bien para el almuerzo soy médica, como quería el viejo. Qué curioso, yo no dejé mis libros preparados, seguro que fue mamá... pobre desde que murió el viejo que no se dedica tiempo a ella. Ahh, hola... en realidad no me di cuenta de que estaba acá, me llamo Catarina, y como abrán escuchado en el pueblo sí, soy soltera, en realidad no es que no quiera, estoy estudiando mucho. Medicina es una carrera bastante larga y que requiere de una paciencia terrible, pero me apasiona; ya desde chiquita quería ser médica. Mamá siempre cuenta la anécdota de mi cumpleaños de siete, cuando me regalaron un bebé, esos de plástico para que las nenas jueguen a ser susanitas y a cuidar a sus hijos, y sorprendí a mi tía cuando comencé a abrirlo para jugar a que lo operaba, después obviamente me puse a llorar y me arruinaron el cumpleaños ¡A quien se le ocurre regalarme un bebé de plástico hueco! Lo peor es que es el día de hoy que piensan que me angustié porque me había quedado sin bebé. Mi sueño es especializarme en neonatología, Freud comenzaría a analizar el porqué de mi elección, pero para eso tendría que ir a estudiar a Buenos Aires y no quiero dejar a la vieja sola, ya Robertito se fue y a ella se le derrumbó la vida, ¿viste? En realidad estaría bueno que me la lleve a Buenos Aires, así cambia de aires, y estudie Psicología, ella siempre soñó con tener un consultorio y atender a pacientes; pero no pudo. Mis viejos se conocieron de pendejos, y a los pocos años ella ya estaba embarazada. Se vinieron a vivir aca porque no les daba la plata para bancarse un depto en Buenos Aires, el viejo se puso la verdulería y la vieja se quedó en la casa. A los tres años nací yo, así que nuevamente mi mamá tenía que quedarse a cuidar a los chicos, algo me dice que mi papá nunca quiso que ella estudie, quizás tenía miedo de que lo deje, o que no tenga tanto tiempo para él. Mi viejo en sí, no decía mucho; no terminó el secundario, y siempre laburó en el almacén de mis abuelos, cuando conoció a mi mamá toda la familia pensó que se había ganado la lotería, ella no era de una buena posición económica, pero siempre fue una chica prometedora, era la futura abogada, la futura médica, la futura ingeniera, y mire donde terminó, acomodándome los libros a mi. No creo que sea casualidad que tanto mi hermano como yo, le hayamos dado prioridad al estudio antes que al amor, o a otras cosas, mi mamá nos transmitió secretamente esa angustia de no poder hacer nada de su vida, y yo no quiero terminar como ella. Pero bueno, volviendo al viejo, en realidad nunca tuve demasiado apego a él, siempre fue un tipo muy liberal y si bien en la adolescencia me encantaba pedirle autorizaciones a él porque nunca me iba a decir que no, nunca me transmitió nada como padre; nunca tuvimos esas charlas padre e hija, ni siquiera las tuvo con mi hermano. El viejo era demasiado conformista, nunca nos faltó la comida en casa, pero nunca quiso ir más allá de una verdulería de pueblo, nunca le interesó nada de eso. Y mamá sigue acá, cuando murió el viejo yo pensé que nos íbamos a ir a Buenos Aires, pero no sé, hay algo que la ata a este pueblo, hay algo que no la deja liberarse. Disculpe ¿tiene hora? Uh, se me hace tarde; bueno, este... disculpe que lo deje, yo me voy a rendir un examen, así que no sé, cualquier cosa mi mamá está en la cocina. ¡Mamá! Llegaste justo, el señor es nuevo en el pueblo, tómense una mateada y charlen un rato ¿sí? Hasta luego, un gusto; chau vieja me voy a dar el examen, no me esperes. ¿Pero cómo? No podés rendir un examen sin desayunar, dale hace frío tomá algo. Bueno está bien anda, y no te pongás nerviosa. Hola disculpe, me llamo Aurora Ramos, Ramos es mi apellido de casada, en realidad soy viuda. ¿Un Mate? Pero joven, no es ninguna intromisión, mi marido murió en un accidente de auto en donde murieron él y el panadero, el trabajaba acá en frente, claro la verdulería. Él tenía que salir a buscar una mercadería que le iban a mandar desde Buenos Aires, era un día de lluvia, como hoy. Ahora la verdulería está cerrada, nunca la quise re abrir, quedó todo como el quería; la fruta siempre ordenada. Y ahora me quedo sola, porque Robertito se fue a Buenos Aires a trabajar, él es abogado, se casó y tiene dos hijos; pero en realidad no vienen desde hace mucho. Así que me quedé con Catarina, mi hija, la que acaba de conocer; ella es muy buena, pero no quiero que ate su vida a mi. No querido como me voy a ir del pueblo, no puedo, ya estoy vieja para irme a Buenos Aires, además allí sería nuevamente un estorbo, lo mejor que puedo hacer es quedarme acá, que con la pensión del viejo me alcanza. En realidad lo que decís es un sueño para mi, yo te cuento, siempre quise estudiar psicología, era uno de mis mayores sueños, siempre me ilusionó poder estudiar los fenómenos de la mente, el inconsciente, saber el porqué de nuestras acciones. ¡Pero cuántos años más voy a vivir!, no creo que me quede mucho, y si me queda prefiero pasarlo con mis nietos, ya es demasiado tarde, además mi esposo tenía razón, uno no puede ir en contra de su destino, si yo quedé embarazada tan joven y me casé con él, es por algo; y por más que lo quiera cambiar ya es demasiado tarde, va a parecer un chiste que a los 63 años empiece la universidad. No, nunca le recriminé nada a mi marido; siempre tuve la esperanza de que él viniese solo y me proponga irnos a Buenos Aires, hasta el día de su muerte tenía la esperanza de que lo iba a hacer. Aunque en realidad, bueno no sé, es soñar demasiado quizás. Solo por curiosidad, ¿qué es lo que está haciendo en el pueblo? Ah, sí es común en la zona, los caminos suelen dañar los autos, mire lamentablemente no hay un mecánico en la zona, pero puede ir por la peatonal y allí seguro alguien lo va a poder ayudar más que yo, porque la verdad es que no sé nada de autos. La peatonal es aquella, ¿la ve? Claro, es la calle principal del pueblo, y ahí sí va a encontrar a alguien que sepa del tema, pero descuide joven que para mi fue un placer, hacía mucho que no hablaba con alguien. ¡Que tenga mucha suerte! No de nada, hasta luego. Que lindo chico, tenía cara conocida. Sí, dígame ¿La peatonal? Discúlpeme, pero usted no es de por acá ¿no? Ah, entonces me presento, yo me llamo Silvio. La peatonal es aquella calle que está por allí, claro ahí están todos los locales del pueblo, pero disculpe la intromisión ¿Para qué necesita ir a la peatonal? Quizás yo le puedo servir de ayuda. Ah, no entonces no le voy a poder ayudar, yo no sé nada de autos, ni siquiera manejarlos mire lo que le digo. ¡No hombre despreocúpese un rato! Venga y pruebe las facturas que son caseras y si tiene suerte puede probar las recién hechas. Siéntese, ¿Qué es lo que hace por aquí? Sí, los caminos están cada vez en peor estado, pero no, no hay ningún mecánico en el pueblo, lo que puede hacer es ir a lo de Don Diego que tiene un furgón y puede aproximarlo a Serrano que queda a tan solo unos kilómetros de acá. No, por favor es invitación de la casa. Hasta luego, ah discúlpeme sí, es acá a dos cuadras, siga derecho por Jorge L. Que lo va a encontrar, salúdelo de mi parte. Espere, que lo acompaño hasta la puerta porque tengo que ir a comprar unas frutas para el almuerzo. ¡Uff! Qué pesada está la puerta, bueno ahí está, ve esta es Jorge L. Sigue dos cuadras y pregunte por Don Diego, no por nada. Adiós. ¿Qué tal? Sí, ese soy yo. No, no vendo repuestos de nada, soy ganadero. Pero tranquilo, ¿en qué lo puedo ayudar? Ah, no la verdad es que no me doy mucha manía con los autos. Sí, no la verdad es que los caminos cada vez están peor, y encima hoy que llueve, no, no tiene mala suerte es normal, aquí pasa todo el tiempo. Disculpe la intromisión, usted no es del pueblo ¿no? Ya me parecía, y ¿qué es lo que hace por aquí? Ah trabaja en un campo y viene a entregar una mercadería, bueno mire yo en realidad podría ayudarlo pero mi furgoneta no está andando muy bien, tendría que cambiarle las llantas porque ya están en muy mal estado. ¿Decís que sí? ¿Sí, no? Total son muy pocas cuadras, bueno dale te alcanzo. No, no es ninguna molestia ¿Qué si sé dónde queda la verdulería?
No temo afirmar que la vida está constituída por instantes, o al menos la mía sí lo está. Un instante no es tan sólo un instante, es un olor, una sensación, un contacto, en fin; un instante no se limita a la definición de la Real Academia. Quizás, quien haya osado describirla merecería la horca, pero dejemos eso para más adelante. Como les decía anteriormente, mi vida está completamente constituída por instantes, lo comprobé aquel día en el que me encontraba solo en el bar.
Aquella tarde salí del entierro y me dirigí a una plaza que divisaba a lo lejos, mientras el maldito cura decía sus malditas palabras. Qué morbosa puede llegar a ser la ceremonia, pareciera como que esta sociedad se empeña en sufir, meros inmortales. Sentí una patética felicidad al enterarme de mi condición, quizás yo podría ahora aprovechar aquellos instantes irrepetibles, un simple café, un amigo. Serían realmente únicos e irrepetibles. Fastidiosamente, ustedes se empeñan en buscar una felicidad inalcanzable, ¡qué demonios! Desde que Luck murió, todo cobró un nuevo sentido para mí.
¡Malditos sean los que predican el cielo! Imbéciles inmortales que huyen de su condición.
Aquella noche, me encontraba en un bar, ahogando mis pensamientos en alcohol, intentando callar esa fastidiosa voz que no paraba de cuestionarme todo. Nadie a mi alrededor parecía notar mi presencia, ¡arrogantes! Pero él no, quizás estaba igual o más borracho que yo; simplemente me escuchó. Si mal no recuerdo, debió verme algún interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de una mesa en un rincón, donde se podía beber y hablar. Era en un bristó de la rue Cambronne; y sí, me encontraba muy borracho. Esa noche le conté mi historia a un hombre, que según tengo entendido terminó publicándola en alguna recóndita zona de América del Sur, pero no le doy importancia. Lejos estoy de poder comparar este maldito hospital con aquella pocilga de bar, o de marcar similitudes entre las bellas coquetees, que allí se encontraban, y el enfermero homosexual que, de vez en cuando, aprovecha que estoy aquí postrado.
Cuando supe mi condición de mortal, comencé entonces a replantearme la vida. ¿Cómo era posible que la gente viviesa una y otra vez sin cansarse? Repitiendo situaciones, comentarios, hasta paisajes. Yo sería el único que realmente contemplaría el cielo y no dudaría ni un segundo, si alguna vez habría conocido tal o cual lugar. Sería el único ser humano que no sufriría de la paranoía tras un deja vu. Pobres imbéciles, vida tras vida sin darse cuenta de todo lo que podrían disfrutar.
Entonces, comprendí que mis conversaciones eran únicas -o al menos mis palabras-, que el aroma de un jazmin era un nuevo y excitante desafío, que un poema era una hoja en blanco esperando por ser escrita y que el aroma a un libro viejo era aquello que marcaba mi condición de mortal. Nadie podría respirar aquel aroma sin tener la certeza de que jamás había habierto aquel libro. Pobres inmortales, se empeñan en vivir cada una de sus vidas con un objetivo inalcanzable, y no se dan cuenta que lo único que les queda, de cada una de ellas, es una sensación, un instante.
Una vez, me encontraba en una feria en París cuando encontré un libro de un escritor latinoamericano -cuyo nombre ignoro- que decía: "Cuando uno es chico espera la gran felicidad, alguna felicidad enorme y absoluta. Y a la espera de ese fenómeno se dejan pasar o no se aprecian las pequeñas felicidades, las únicas que existen". De este modo, parte de su esencia es dejar pasar aquellos instantes, debido a que si realmente los vivieran perderían su condición, y así, el mar no continuaría con su oleaje.
El hombre se levantó y muy cordialmente pagó la deuda. Lo seguí con la mirada hasta que mis ojos se toparon con un muro y luego, con una puerta cerrada. Las ventanas del bar me advirtieron que caminaba hacia la avenida. Me levanté, dejé aquel rincón y comencé a caminar, posiblemente hacia la costa; mi única certeza era que llevaba una flor amarilla en mi solapa.