Ahí pensé un plan magistral, de esos de película de acción. Podía correr hacia la puerta de mi casa, encontrar la llave y hacerles burlas desde adentro. Pero no. Sabía que, pese a que debería estar en la puerta, el portero no iba a estar (es así de cumplidor y copado). También recordé que uso carteras grandes (de esas que quedan divinas pero que tardás cuarenta minutos en encontrar algo). Y ahí me di cuenta de que iba a perder un riñón en el intento. Definitivamente no soy Indiana Jones y ellos no eran una bola de piedra desarmada.
“Ni se te ocurra moverte loca, dame la plata, no te hagas la gila”, insistía él. Ella, a todo esto, estaba callada. “Perdoname”, repetí como veintiocho veces mientras él superponía su discurso. La situación siguió así un largo rato y yo intercalaba un “en serio” eventualmente. “¿Qué querés que te perdone? Dame el celular”, insistió él.
Y ahí pasó.
Sí, después de cinco robos semi consecutivos me puse firme. No iba a permitir que una vez más me robaran los pocos centavos que gano. Se me prendió la lucecita. La miré a ella, apelando a su “sensibilidad femenina”, y le dije: “Me acaban de robar, no tengo nada. En serio, perdoname pero no tengo nada”. Saqué la actriz que llevo adentro. Me concentré. Le clavé una mirada de perro mojado, esas que uno pone cuando sabe que está en la cuerda floja. Me faltaron las lágrimas. Fue una excelente interpretación.
Quedaron atónitos y yo volví con mi cassette de perdones. Se miraron. “Dejala mi amor”, le dijo ella con una voz sumamente dulce. Con ese tono que una le pone a su pareja cuando se da cuenta de que el inadaptado está haciendo algo mal. “Dejá de tomar mi amor, que después tenés que manejar”. “Dejá de molestar a tu amigo, estás haciendo el ridículo Roberto”. “Dejá de fumar, te está haciendo mal”. Dejá, dejá, dejá.
Y así se fueron. De la mano, manifestándole su amor a la cuadra que, paradójicamente, está invadida por embajadas y garitas de seguridad. Se fueron casi abrazados. Y yo me quedé mirándolos. No sabía si llorar, reír o festejar que por primera vez le había ganado a la “sensación” de la inseguridad.
m.
* Esa bota me valió dos apodos: “Botita” y “Manu Walker”.






