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lunes, 1 de junio de 2009

Una más sobre la sensación de inseguridad...

A treinta metros de mi casa, se me acerca una parejita de novios. “Amiga”, me desliza él. “Sí”, le respondí con una ingenuidad de película. Se acercaron. “Mostrale”, dijo ella. “Loca, recatate y no te muevas que te corto toda”, dijo él mientras me enseñaba un flamante cuchillo de esos con los que uno pica cebolla. El sentimiento fue lógico: seis meses atrás me robaron y una de las consecuencias físicas fue una bella bota ortopédica* que abandoné el día que me entregaron el diploma porque me negaba a recibirlo en ese estado. “Dame el celular loca, plata, dale”, repetía. “¿El celular?”, pensé. “Pero si me robaron el celular de puta madre que con años de laburo mal pago había logrado comprarme y ahora ando con una roca por la que no te van a dar ni dos mangos”, agregué en mis pensamientos y miré, quizás con ternura, la puerta de mi casa.

Ahí pensé un plan magistral, de esos de película de acción. Podía correr hacia la puerta de mi casa, encontrar la llave y hacerles burlas desde adentro. Pero no. Sabía que, pese a que debería estar en la puerta, el portero no iba a estar (es así de cumplidor y copado). También recordé que uso carteras grandes (de esas que quedan divinas pero que tardás cuarenta minutos en encontrar algo). Y ahí me di cuenta de que iba a perder un riñón en el intento. Definitivamente no soy Indiana Jones y ellos no eran una bola de piedra desarmada.

“Ni se te ocurra moverte loca, dame la plata, no te hagas la gila”, insistía él. Ella, a todo esto, estaba callada. “Perdoname”, repetí como veintiocho veces mientras él superponía su discurso. La situación siguió así un largo rato y yo intercalaba un “en serio” eventualmente. “¿Qué querés que te perdone? Dame el celular”, insistió él.

Y ahí pasó.

Sí, después de cinco robos semi consecutivos me puse firme. No iba a permitir que una vez más me robaran los pocos centavos que gano. Se me prendió la lucecita. La miré a ella, apelando a su “sensibilidad femenina”, y le dije: “Me acaban de robar, no tengo nada. En serio, perdoname pero no tengo nada”. Saqué la actriz que llevo adentro. Me concentré. Le clavé una mirada de perro mojado, esas que uno pone cuando sabe que está en la cuerda floja. Me faltaron las lágrimas. Fue una excelente interpretación.

Quedaron atónitos y yo volví con mi cassette de perdones. Se miraron. “Dejala mi amor”, le dijo ella con una voz sumamente dulce. Con ese tono que una le pone a su pareja cuando se da cuenta de que el inadaptado está haciendo algo mal. “Dejá de tomar mi amor, que después tenés que manejar”. “Dejá de molestar a tu amigo, estás haciendo el ridículo Roberto”. “Dejá de fumar, te está haciendo mal”. Dejá, dejá, dejá.

Y así se fueron. De la mano, manifestándole su amor a la cuadra que, paradójicamente, está invadida por embajadas y garitas de seguridad. Se fueron casi abrazados. Y yo me quedé mirándolos. No sabía si llorar, reír o festejar que por primera vez le había ganado a la “sensación” de la inseguridad.

m.

* Esa bota me valió dos apodos: “Botita” y “Manu Walker”.

sábado, 18 de abril de 2009

El evento del año




Tiembla la “Chiqui” y su esperado arranque con los eternos almuerzos por América. Después de mucha preparación y ansiedad se casó la pareja más glamorosa que tiene el mundo periodístico. Ella, Julieta. Él, Luciano. Más conocidos como Juli y Lucho –o putito glam, dependiendo del grado de confianza-.

Tiempo atrás, una inexperta periodista pisaba temerosa la redacción. “Estos van a ser tus compañeros”, dijo Leo, el por entonces director periodístico del medio. Saludé al “Juglar”, a “Gabi” y al extraño de pelo largo que, todavía no entiendo el porqué, estaba muy callado esa mañana. Le tuve miedo. Sí, a veces mis sentidos no funcionan. Las horas pasaron y, de pronto, ese chico de anteojos me acercó un mate. “Cualquier cosa que necesites me avisás nena”, dijo con el tonito de rockstar pasado que tiene. Ese fue el comienzo del fin.

Al final del día, todos nos encontramos cara a cara en las escaleras. Me saludó con un cordial beso e hizo lo mismo con Gabi. Miento. En ese momento se le acercó al oído y deslizó algo que no alcancé a oír. Ella se rió y me miró. Él hizo lo mismo. “Ya te lo voy a decir, dame unos días”, prometió. La caminata hasta mi por entonces facultad fue eterna. No podía dejar de pensar en aquello que se habían susurrado. “¿Será que este chico tiene un plan maquiavélico para asesinar con gas a toda la redacción?”, pensaba mientras me fumaba un cigarrillo. La respuesta no se hizo esperar. A los pocos días, el “chico glam” perdió cualquier tipo de puritos sociales y, de un momento a otro, me susurró al oído: “Putitaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”. Sí, con la voz de los dos canarios que se pelean en YouTube. Las carcajadas no se hicieron esperar y ese fue el comienzo de mis mañanas informales.



Interminables y memorables mañanas a su lado. Compartimos mates, cerealitas, arroz chino, comentarios ácidos e interno. Oh sí, el tedioso teléfono. De un momento a otro, me convertí en su secretaria ejecutiva. Por momentos, abandonaba el clásico saludo “Redacción, buenos días” por el “¿Querés hablar con Lucho?”. Y así, conocí la voz de Juli. Eterno enamorado y señor casado sin papeles, Lucho se presentaba como el novio ideal. Juli, mientras tanto, prometía. Un día llegó alegre. “Me mudo chicas”, deslizó. Ninguna atinó a preguntarle si lo hacía con un amigo, era evidente que habían dado el primer gran salto y que fijaban residencia en el departamento de Juli. Pocos meses después, alegre y ya sin mi en la redacción, el putito me dijo: “¡Me caso Manu!”.

Y así fue. A treinta cuadras de distancia –las mismas que dividen mi actual redacción semanal con la suya- Manu dio un salto acelerado. “¡En buena hora!”, retrucó e inevitablemente comenzó con la disyuntiva femenina: “Voy a tener que ir pensando en qué voy a usar”. El día llegó y, por obra de un festival en Uruguay, sólo pude asistir al civil.

Lucho fue y es uno de los mejores compañeros que tuve. Por momentos sigo extrañando los golpes abruptos, la plantación legal de pasto que yacía entre nuestras computadoras, los eternos llamados al interno, su cara de felicidad cuando llegaba la Playboy –y su clásico comentario: “Sos muy chica para ver esto”-, su ansiedad desmesurada por la hora del almuerzo, el busca porro y sus implacables consejos periodísticos. Pero la vida siguió y sigue tan cerca como cuando compartíamos todas las mañanas.



Llegó tarde el anuncio. Antes llegaron las fotos del civil al Facebook y las felicitaciones personales. Pero Noseculpe no quería quedarse afuera y, desde su humilde redacción, saluda a la flamante pareja.

¡Felicitaciones chicos!
m.

miércoles, 15 de abril de 2009

Un día offline, un mundo de puteadas


Después de reiterados arranques en los que me obsesioné por abandonar la conexión total con el mundo, un día logré darme el lujo de salir con el celular totalmente apagado. Todo arrancó, en realidad, la noche anterior. “Dale, nos encontramos tipo diez en el Café”, le respondí a “El Gato” que, antes de que yo abandonase mi conexión diurna a Internet (relacionada inevitablemente con mi jornada laboral) me dijo: “Le digo a Nico”.

Así fue. Llegué puntual –como pocas veces en mi vida- y los resquemores comenzaron. Empecé a dudar. Quizás, por algún extraño motivo, los chicos habrían decidido cancelar la salida y yo no estaba enterada. Ahí pensé: “Necesito el celular urgente”. Pero no lo encendí. Opté por sentarme en una de las mesas de la vereda mientras me fumaba un cigarrillo y leía la última edición de la revista para la que escribo. Los chicos llegaron, tan sólo con quince minutos de demora. Fui feliz: primera meta cumplida.

Al día siguiente, me desperté temprano. Había arreglado para desayunar con una amiga en las cercanías de mi trabajo. Caminé unas cuadras, me tomé el colectivo y nos encontramos. Hasta ahí, mi felicidad era plena. Sólo tuve que pedirle hora un par de veces porque, como saben, no uso reloj. A la una en punto entré a la redacción. “¿Recibiste mi mensajito de texto Manu?”, me pregunta una de las chicas. “No, estoy con el celular sin batería”, le respondí. “Llamaron de España, que adelantaban la entrevista para las 18:30 de allá, así que es ahora en quince minutos”, me comentó. Primer problema. Si por magia divina me encontraba en pleno embotellamiento –de esos que abundan en el centro- perdía, indefectiblemente, una importante entrevista. Eso, en todo caso, iba a ser culpa de mi imprudencia o mal cálculo. Pero el día prosiguió. Abro los mails. Asunto: “Urgente”. “Manu, ¿cómo estás? Te estuve intentando ubicar todo el día y no hay caso con tu celular. Necesito hablar con vos urgente porque tengo que ver si te interesa una nota. ¿Le pasó algo a tu celular?”, arrancaba el interminable mail. La respuesta fue escueta y conseguimos la nota. El día siguió. “Manu, llamó tu papá para ver si tenías su DNI”, me dice la coordinadora de la redacción. Acto siguiente, le pongo un mail a mi padre. “No, no lo tengo, ¿pasó algo?”, escribí. “Ya está, no te hagas drama; ¿qué le pasa a tu celular?”, respondió.

Abrir el msn fue la muerte. Siete personas me hablaron al unísono para preguntarme por mi celular. Con el importante historial de robos que ostento, la mayoría asumió que había sido una nueva víctima de la ola de hurtos que abundan en el centro porteño. “Sólo decidí desconectarme por un día”, les respondí y, como de costumbre, lo único que recibí fueron puteadas. “Manu, te dejé tres mensajes de voz en el celular y te mandé dos mensajes de texto; era para coordinar el encuentro del que hablamos, ¿te acordás?”, arrancó un mail. “Sí mujer, me acuerdo. Mi celular murió, revive mañana. Tenés el número de la redacción”, fue la agotada respuesta.

Para cualquier desentendido: NO. Mi celular no es ese tipo de aparatitos que no paran de sonar durante todo el día. De hecho, suena muy eventualmente y casi no se hace oír. Lejos estoy de ser una de esas personas ejecutivas que reciben dos o tres llamadas al mismo tiempo. Pero, como todos dicen, el día en el que decidís desconectarte del mundo, la gente se quiere conectar contigo.

Decasualidad.com


Una vez más me dispongo a rebatir un supuesto. Muchos dicen que mi camada –aquella que creció durante la década del noventa- es la denominada “generación online”. Los alegatos son simples: se supone que todos tuvimos un acceso más cercano a Internet (abandonando al setenta por ciento de la población que se encuentra por debajo del nivel de pobreza, claro está).

Bien, si excluimos al enorme grupo que no tuvo ni tiene un cercano acceso a la Web, se podría decir que pertenecemos a una de esas privilegiadas generaciones que crecieron al ritmo de las .com.

Pero, ¿qué es lo que pasa en la dinámica diaria?

Un día me llama una amiga. “Necesito que te entres a Facebook porque necesitamos llegar a los cien contactos. Si lo hacés, estás invitada al asado de festejo”, dijo ella totalmente seria. Mi respuesta inmediata fue: “¿Qué carajo es Facebook?”. Vale resaltar que, por ese entonces, trabajaba como redactora en un diario digital por lo que la realidad me obligaba a estar al tanto de esas extrañas redes sociales. Después de una breve respuesta –incomprensible en ese momento-, le retruqué: “No tengo idea, abrime algo y avisame cuándo es el asado”.

A los dos meses, decidí entrar para ver qué era eso a lo que pertenecía y que le estaba quitando el sueño a más de un colega y/o amigo. Me encontré con un extraño portal que bien podía articular todas las situaciones sociales que uno atraviesa en el día a día. Aunque desde la frialdad que da la Web, por supuesto. También me encontré con amigos que habían sucumbido ante la enfermedad de engrosar su número de “amigos” para, quizá, sentirse mejor con ellos mismos.

Tiempo atrás, una amiga me mandó un mail promocionando su flamante blog. Una vez más, mi respuesta inicial fue: “¿Qué carajo es esto?”. Entré, me resultó curioso pero no me tentó demasiado. El tiempo pasó y, como se darán cuenta, sucumbí ante la tentación de encontrar un espacio propio que no respondiera a los intereses de ningún auspiciante. Limitar mis intereses a las vicisitudes planteadas por quienes financian los medios para los que trabajo es una constante en mi vida. Así nació Noseculpe. Un espacio que, por obra del absurdo, encontró a más de un “seguidor” en la Web. Me sigue resultando extraño enterarme que absolutos desconocidos frecuentan este espacio. “El otro día x y m se pelearon por el post que vos escribiste sobre Cumbio”, me dijo una amiga hace unos meses. La respuesta fue: “¿Quiénes son?”. Como en el teatro, uno pierde la noción de que esa cuarta pared no está. Pero eso es pasta para otro posteo.

Hoy, me encuentré de casualidad con un nuevo fenómeno: Twitter

Mensaje de texto de Ale (casado, 30 años y a punto de ser padre): “¿Qué pasa que no estás en Twitter?”. Nuevamente mi respuesta fue: “¿Qué carajo es eso?”. Conciente de que no frecuento demasiado la red, el abogado me adjuntó vía mail un link en el que pude ver un divertido video explicativo. “¿Para qué me sirve si yo ya tengo Facebook?”, le pregunté. “Es otra cosa, probalo”, respondió.

Veremos cómo se desarrolla mi temprano desembarco en Twitter. Mientras tanto seguiré llegando de rebote a todas las innovadoras plataformas de Internet.

martes, 14 de abril de 2009

Lo que uno dice, lo que uno hace y lo que uno desea



Un año atrás este blog publicaba un listado con los objetivos para el pasado 2008. Balance: luces y sombras de los últimos doce meses.

Cumplidos:
Aceptaré que el arte plástico no es lo mío.
Intentaré disminuir el nivel de acidez de mis comentarios.
Tomaré una decisión concreta en lo laboral: tiempo máximo de espera (un mes).
Le voy a sacar el polvo a mi guitarra.
Voy a disminuir la cantidad de cigarrillos que consumo por día.
Tengo que bajar los niveles de cafeína en sangre, con urgencia.
Voy a seguir menos mis impulsos.
Voy a seguir en pie con la política de “el pasado, pisado”.
Seré más tolerante con la gente que viaja en los transportes públicos conmigo.
Sepultaré, al menos por un tiempo, los libros de Dostoievski.
Asumiré que me gusta lo complicado y dejaré de preguntarme el porqué.
Intentaré, al menos, cumplir cinco de estos ítems.


No cumplidos:
Juntaré fuerzas para terminar la novela a la que, por demasiado apego, no quiero ponerle el punto final.
Eliminaré Radiohead de mi lista de reproducción musical.
Aceleraré los trámites para irme a vivir sola.
Abandonaré mis planes de hacer la nota en Córdoba.
Me tomaré ese tiempo para irme al carajo y descansar de todo.
No aceptaré más reproches por mis ausencias.
Voy a retomar las clases de ruso o, en su defecto, fotografía.
Le daré comienzo a las clases de canto.
Arreglaré, con carácter inminente, una “cita” para ver a mi competidor eterno.
Me pondré como objetivo no detestar tanto a TEA este año.
Voy a abandonar el vicio cinéfilo de estas semanas.
Voy a asumir que mis habilidades en la cocina son paupérrimas y haré algo al respecto.

sábado, 4 de abril de 2009

Y volvió a flamear la roja y blanca…




Me costó escribir sobre el tema. Me costó plasmar en unas cuantas palabras lo que me despertó la muerte del ex presidente argentino Raúl Ricardo Alfonsín y su evidente respuesta social. Me cuesta hablar de partidos muertos y de partidos vivos. En realidad, me cuesta hablar de un sistema de partidos en una nación meramente personalista. Me cuesta deshacerme de toda la historia para volver a creer en aquellos distantes y luminosos bustos que yacen en todas las escuelas estatales. Me cuesta concebir que todavía necesitemos de un recuerdo lúdico y olvidemos. Porque el pueblo argentino olvidó. Quiso olvidar. Quiso volver a tener entre sus huestes históricas a un hombre que pudiera hacerlo sonreír, al menos por unos breves segundos.

De pronto, me encontré haciendo una fila para poder despedirlo. Estaba ahí. Con frío y necesitando café. Pero sobre todas las cosas estaba sorprendida. Porque me sorprendió volver a ver una bandera radical flameando en las cercanías del Congreso de la Nación. Me sorprendió oír por primera vez a una multitud emocionada. “Alfonsín, Alfonsín”, gritaba la masa. Miré a mi amiga y le dije: “¿Cuántas de todas estas personas habrán festejado el paso de mando? ¿Cuántas lo habrán metido en la bolsa de los ‘radicales ineptos’?”. Ella sonrió. En el fondo y como confesó esa noche, su bandera sigue siendo la roja y blanca.

¿Qué tenemos que recordar? ¿Por qué no podemos recordar todo? ¿Por qué no podemos recordar que el mismo hombre que inició el Juicio a las Juntas fue el que dictó las leyes de obediencia debida y punto final? ¿Por qué todos pasan por alto el prólogo de la primera edición del Nunca Más? ¿Alguien puede asociar la teoría de los dos demonios con la actual imagen mesiánica de Alfonsín? ¿Alguien recuerda lo que hizo el peronismo para acelerar el proceso inflacionario? Será entonces que nos cuesta y nos duele recordar.

Recordemos cómo asumió. Recordemos el cajón prendido fuego. Recordemos los levantamientos. Recordemos el sueño de una democracia fuerte que sucumbía ante el caprichoso pedido de un grupo de insurrectos que conseguirían una amnistía generalizada (que beneficiaría, entre tantos, a Alfredo Ignacio Astiz). Recordemos también que los que hoy están sueltos y muertos en vida, veinticinco años atrás estaban vivos y con poder. Recordemos que la democracia renació con el aparato represivo intacto. Recordemos cómo el pueblo le dio la espalda al gobierno. Recordemos y no festejemos. Dejemos de esperar soluciones faraónicas y soñar con próceres inmaculados. Recordemos con lo bueno y con lo mano.

Despidamos, ahora sí, al único ex presidente que muere sin tener una causa penal en su contra.