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jueves, 12 de mayo de 2016

Volver


Qué lindo sería volver a tener seis años y creer que para llegar al cielo sólo alcanza con "una acera, una piedrita, un zapato y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores". Convertirse de nuevo en la tábula rasa de Freud, volver con el contador a cero. Que todo, absolutamente todo, se esfume en segundos. Una nube, un polvo, un algo tan chiquito que no podamos hacer trampa y guardar nada, ni un recuerdo, en el bolsillo. Volver a cero, volver a creer.

jueves, 25 de febrero de 2016

Tan segunda vuelta


Y yo acá, tan cansada de todo, tan saturada de nada.
Y yo acá, tan flor amarilla, tan marchita.
Y yo acá, tan segunda vuelta, tan poca cosa.
Y yo acá, tan derrotada, tan sobre el piso del ring.
Y yo acá, tan lugar común, tan de manual.
Y yo acá, tan vacía, tan en proceso.
Y yo acá, tan ingenua, tan 20 poemas de amor.
Y yo acá, tan pasatiempo, tan capítulo.
Y yo acá, tan reflejo del pasado, tan en construcción.
Tan demasiado plural.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Piedrita



Agarro la piedrita una vez más. Sin rebeliones, ni misterios. Vuelvo a agacharme, con la ingenuidad que sólo puede proyectar la mirada que aún no ha visto. Regreso al ritual casi perverso de la tiza y el asfalto, al punto de salida: la tierra. El cielo sigue allá, a lo alto y casi curvado por la perspectiva infantil que sólo el comienzo de la rayuela logra restituirnos. Aunque sea sólo por algunos instantes.
Flaquean las rodillas, el cuerpo traiciona, pero envalentonada por la necesidad de dar un gran salto -quién sabe a dónde, quién sabe por qué- suelto la piedrita. La libero de la transpiración y la prisión de mis manos. La incierta trayectoria se convierte pronto en liberación pura, con una pizca de pánico y otra de horror.
Y acá estoy. Una vez más, con los pies en la tierra y una asfixiante necesidad de llegar, aunque sea sólo por algunos instantes, al cielo.

domingo, 11 de octubre de 2015

De laberintos y otras cosas


El laberinto me divierte, no te lo voy a negar. Entrar, salir, dar vueltas. Siempre en el mismo lugar, pero sin tener jamás la certeza de en dónde se está. Pasar cinco veces por la misma esquina desdibujada y no notarlo, pasar inadvertido. De nada sirve esconderse. Esa, corazón, es la magia de los laberintos. No hay inicio, no hay final, no hay presente. La estructura fue armada a la perfección por una mente tan brillante como neúrotica. ¿A quién carajo se le ocurre diseñar semejante entramado de diagonales, cruces y perpendiculares? A nadie, sólo a un neurótico, asentís con una cerveza ya tibia en tus manos. Y ahí, en un intento por mantener el laberinto y no encontrar jamás la salida, saco chapa de los cuatro libros de psicoanálisis que compré en oferta en Parque Rivadavia. Lo llamativo del caso, -escuchá esta genialidad que me regala el whisky barato que recomendó el mozo al que jamás escuchamos- es que la propia definición de neurosis es un laberinto: todos lo somos, ergo: nadie lo es. Si la característica es común, se pierde la unicidad, la definición individual, respaldás, antes de meter toda tu humanidad en el bowl de aperitivos de dudosa procedencia. Y así, entre trago y trago, nos adentramos en otro laberinto semántico, una guerra fría lingüística que sólo toleraría Saussure. Y ni siquiera. Unicidad, resalto con desgano desde la otra punta de la mesa porque, como siempre, te negaste a sentarte al lado mío. La unicidad está sobrevaluada, desafiás, en un intento por cercar mi estructura emocional. Cortito y al pie. Cachetazo inesperado. Whisky raspando mi garganta. El bowl ya sin un puto maní. Y vos ahí, estoico, con el puñal en la mano y las gotas de sangre que caen lentamente sobre la mesa. Si lo que nos define es la unicidad, entonces coincidirás conmigo en que las definiciones están sobrevaluadas, te espeto. Manotazo de ahogado. As de basto sobre la frente. Te canté truco, cariño. Pero me olvidé, como siempre, que tus manos son más generosas que las mías.-

lunes, 28 de septiembre de 2015

Otra vez será, campeón


Sonó el silbato justo cuando encarabas directo al área. Era una jugada histórica, olías metro a metro la gloria de la coronación futbolera. Te entregaste, aún sabiendo que arrastrabas la lesión de menisco del torneo pasado. No te importó: sentías el aliento de la hinchada, el siempre incómodo festejo de vestuario. Estabas ahí, a metros. Pero el referí, que esa noche sólo pensaba en las puteadas tribuneras, te cortó la inspiración. Justito, con diez segundos más te sobraba. Puteaste en arameo, en griego y en guaraní. Miraste a las gradas, casi como pidiendo perdón o buscando alguna mirada cómplice que te acercara un amistoso: “Sé que lo intentaste”. Pero nada, la nada. Sólo el consuelo del director técnico que, con resignación quirúrgica, te alcanzó una botella de Gatorade ya abierta y te remató con un triste: “Otra vez será, campeón”.  

martes, 14 de mayo de 2013

Mercenario



Dedicame tu última bala. Dale, dispará. Poné el gran ancho de espada sobre la mesa y cantame truco de una buena vez por todas. Levantá tu cabeza, sostené la mirada. Animate, dale. Batime a duelo, enfrentame, crucificame, cercename. Despedazame con detalle quirúrgico. Gajo por gajo, nervio por nervio. Disfrutá del perverso placer de la dominación física. Escupime. Cumplí tu fantasía y dispará. Destrozá mi humanidad en segundos. Reducime a un charco de sangre y materia gris. Pero recordá una sola cosa: mi ausencia no te va a salvar de tu destino de hombre común. Obrero del discurso.  

viernes, 28 de septiembre de 2012

Dos cuerpos



Todavía dormías cuando prendí el cigarrillo. Pensé que el ajetreo de desenvolverme de tus brazos te iba a despertar. Pero seguiste tranquilo. Tu cuerpo cayó con peso muerto sobre las sábanas. Di la primera pitada, miré el techo y te contemplé. Pálido, desnudo. Con la vulnerabilidad y el misterio que sólo concede ver al otro dormir. Miré tus párpados cansados, agarré tu mano y la puse sobre mi vientre. Quizás por costumbre, te atreviste a regalarme dos, tres caricias poco sincronizadas. Sonreí. El cigarrillo se consumía, lo consumía, me consumía. La ceniza usurpaba la función de la aguja del reloj. El tiempo pasaba y vos, inmóvil. Tan puro, tan nada, tan tanto. Suspiré. Tu mano acompañó el movimiento de mi cuerpo. Te miré de nuevo. Vacío mental, hoja en blanco, placer instantáneo. Sólo vos y yo. Despojados de ropa, necesitados de mambos, sedientos de miradas. Dos cuerpos abandonados en su última posición yacen en un dormitorio. Batalla ganada, batalla perdida. Le di otra pitada al cigarrillo y procuré desviar el humo. El tiempo seguía corriendo, se consumía el tabaco y ahí, en ese instante, descubrí el placer de encontrar en tu dormida presencia, una parte de lo que andaba buscando.

knockout



El derechazo pegó de lleno en su cara. Un plano en cámara lenta, repetido una y otra vez por los críticos televisivos, mostró el segundo exacto en el que quedó knockout. Todavía ni había besado el polvo del ring. Ahí, suspendido en el aire, con las pupilas en blanco y la mente en agonía. Toda su debilidad transmitida en vivo y por alta definición. Humano él. Cayó fuerte. Aunque el ruido del peso muerto, cargado con 98 kilos de pura hombría, se diluyó con los tímidos aplausos de la tribuna. Sonó la campana final. Tendido en el suelo, todavía en la misma posición, abrió sus ojos nublados, idos, aturdidos. Lo vio. Vencedor. La mano derecha alzada. Escupió a un costado un poco de sangre. Llevó sus manos al pecho, respiró profundo. Sonrió. Esto ya pasó y volverá a pasar. Se la regaló.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Mea culpa

Crónica de un ping-pong desafortunado.

Decime qué pensás. Dale, contame. Dejémonos de estos jueguitos perversos que no nos llevan a ningún lado. Planteate qué te sugiere el delirio de la nada misma, la falta de argumentos, el sinsentido de la ridiculez. Vamos. Tomalo como un desafío. Dejá de tirarme siempre la pelota al área y analizá tu defensa. Mové tus fichas y dale vueltas a la ruleta. Despojate de tu ego. Colgá la armadura. Mirate por una vez al espejo y animate a encontrar las respuestas a todas tus preguntas. Después contame qué onda.

martes, 11 de septiembre de 2012

Ilusión voluntariosa



Hoja en blanco. Sí, en este momento soy sólo eso. Una hoja en blanco, repito por dentro mientras transito las cuadras que separan la terminal de Constitución de mi trabajo. Ese momento de reflexión que me regala la rutina. Un suerte de entretenimiento mental que me ayuda a superar los grotescos piropos y evadir la culpa burguesa que me sugiere la temperatura ambiente. Todo, claro, porque ya descubrí que la distancia promedia los 765 pasos y las 843 baldosas. Sigo caminado. Ya más segura, como si me hubiera sacado un gran peso de encima. Piso con convicción. Levanto el mentón y cierro los ojos por milésimas de segundos. Disfruto del viento en la cara y, colapsada de aire fresco, me prendo un cigarrillo para sentirme acompañada en el trayecto. Pero la ilusión voluntariosa me dura sólo unos metros. Una hoja en blanco, insisto con desgano. ¿Y eso qué carajo significa?

viernes, 7 de septiembre de 2012

Sólo una falacia poética



A veces pienso que somos el uno para el otro. No te jodo. Nos imagino relajados, leyendo tranquilos con algún disco de fondo, vino en las copas o mate con facturas. No sé por qué, pero cada vez que nos pienso visualizo un tocadiscos de fondo. Creo que me gusta esa imagen bohemia de libros, quilombo de papeles y, por supuesto, un wincofon 3060 compacto que nos obliga a invertir tardes de domingo en largas caminatas por Parque Rivadavia para encontrar algún tesoro perdido. Nos veo así: completamente despojados. De risas espontáneas, mates eternos y morbosa lectura poética. Vos, yo y una sutil pero constante batalla de egos desmembrados. Nos veo con cajas de fotos, retratos comprados en los grandes galpones Santelmeanos. Te escucho inventar las historias de esas caras desconocidas y tan familiares a la vez. Pura pasión de relato. La familia de inmigrantes, el pescado rabioso del conurbano y la niña bien con picazón amorosa. Nos proyecto en tardes de vagancia extrema: dos cuerpos enroscados en una cama completamente deshecha. Silencios eternos. Pero después de crearnos con detalle quirúrgico caigo en la realidad. Y no me queda más que asumir que siempre fuimos -y sólo seremos- una falacia poética.

sábado, 26 de mayo de 2012

Bienvenidos a Constitución


Constitución tiene ese nosequé. Es un gris condimentado con extrañas fusiones de olores irreconocibles para una chica bien de Belgrano. Primero, el sudor acumulado en la estación central que recibe trenes y subtes. Pasos más tarde, algunos metros que por momentos se hacen interminables, se aproxima una nube de frituras que amalgama desde tortafritas, hasta hamburguesas. Listo y al paso, dirá el hombre detrás del mostrador. De pronto, las puertas de ese mundo de asfalto corroído se abren y, con él, ingresa el olor a la libertad, la primera ráfaga de viento que recibe la cara después de varios minutos. Impagable, inclusive en la época invernal en donde el microclima del transporte público nos regala cinco minutos de goce perverso. Superada la caravana de cabezas caídas y ensimismadas en sus problemas, la garrapiñada se aproxima, se impregna en nuestros sentidos y, pese a que las chicas bien de Belgrano no comemos nada que provenga de un puesto callejero, la tentación nos invade. El deseo de prostituir los valores de clase y traicionar las costumbres se hace intenso. Cada vez más. Caminamos más lento, aprovechando el goce perverso que nos sugiere la rebeldía de la aproximación al fruto prohibido. Cruzamos la vereda y sincronizamos nuestros movimientos con cautela. Cartera en mano, auriculares escondidos. Los tacos esquivan las mentirosas baldosas partidas que, en los días de lluvia, han arruinado más de un atuendo con ese líquido negro que, rogamos, sea sólo tierra y agua. Sólo tierra y agua, te repetís por cuadras, sólo tierra y agua, resignás. El puente de la autopista te recibe. Una garita, siempre vacía, te reconforta por momentos. Que dios (niego la mayúscula) te bendiga, repiten sin cesar mientras el monedero, antes cargado de culpa burguesa, se va vaciando. Dios (mayúscula obligada), repetís por dentro. Dios ha muerto, insistís por lo bajo. O mejor, dios jamás existió, reforzás. Nietzsche, Nietzsche, Nietzsche. Manual, manual, manual. Y es que, en el fondo, sos del ala progre de Belgrano. La que aprendió a sustituir a la religión por valium, prozac, alplax o cualquier pasta de moda que recomienda el psicólogo de turno. Bienvenidos a Kosovo, dirán los adeptos al Tea Party. Bienvenidos al mundo, dirán otros resignados. Bienvenidos, da igual.  

viernes, 25 de mayo de 2012

Tomala vos


Mentir es para otros y lo sabés. No se me da la sonrisa complaciente ni el comentario educado. Tampoco heredé mayores facilidades para sostener diálogos que me resultan poco atractivos. Admiro a la gente que no siente vergüenza cuando desliza frases como: “¡Pero qué fascinante la historia de tu amiga Pichi!”. Vamos. Ni Pichi, ni Muchi ni Kinchi. No me interesa saber cómo conocieron a sus novios en el bondi porque, desde el vamos, no viajo en Bondi. Y si lo hiciera, dejaría pasar al amor de mi vida con tal de encontrar un asiento disponible. Ventanilla mata novio. Sabés como soy. Me conociste así. No pretendas ahora que me convierta en cura. Soy pecadora, de primera hora. Eso sí: siempre joya, sólo una vez taxi. Pero no cuenta, no estaba en mis cabales.  

jueves, 24 de mayo de 2012

Cama tomada


No todo lo que brilla es oro. Dicen.
No creo en los ovnis, ni un poquito. Tampoco comparto tu obsesión por la forma inexacta del poco empedrado que queda en la ciudad. Me disgusta, de sobremanera, el pescado. No me conmueven los músicos callejeros y tengo una desmedida necesidad de comprar todo, absolutamente todo, lo que me ofrezcan en el tren. Me irritan tus documentales de NatGeo. Me chupan un reverendo huevo las especies que se están extinguiendo en el Amazonas onsale de Lula. Entro en un nivel de detalle quirúrgico cuando relato mi día y detesto, en serio mi amor, que dispongas de mi cama como si fuera tuya.

domingo, 8 de enero de 2012

Touché

Dale, dejate de pelotudeces. Te miré. Te miré fijo. ¿Pelotudeces?, pregunté indignada. Acababa de abrir el baúl de las emociones rotas, de las inseguridades a flor de piel. Te vomité todo, absolutamente todo. Enumeré mis falencias, desnudé toda mi miseria. En el fondo, busqué espantarte. Escudos, excusas y más excusas. Saqué la artillería pesada y ataqué sin piedad. Detallé, una por una, todas las cosas con las que te iba a lastimar. Pero tu reacción no llegaba. Inmóvil, aunque atento, escuchaste la batería de argumentos hasta el final. Ahora: tu turno. Le diste una seca profunda al cigarrillo, rodaste por entre las sábanas todavía tibias y apoyaste mi cabeza en tu hombro. ¿Terminaste?, retrucaste y atacaste mis costillas sin piedad. Cosquillas, touché.

sábado, 7 de enero de 2012

Juntos

Descubrir una nueva mirada. Sus matices y silencios. Descubrir el tenor de nuevas manos que recorren nuestro cuerpo. Un camino hacia el desconocimiento en su estado más puro. Un rescate de morfina a tiempo, justo cuando la nada se nos hacía inevitable. Conquistar nuevos recovecos físicos, lugares en donde apoyar nuestra cabeza en tiempos de poca paz. Certezas inesperadas, pero necesarias. Risas espontáneas que acompañan situaciones. Chistes viejos, renovados, que aplican a nuevas sábanas. El sencillo placer de cerrar los ojos y sentirse acompañado.

El matadero

*Este texto no tiene raíz ni relación con el relato de Esteban Echeverría.

Escaparse de uno mismo, de lo que siente, de lo que cree, de lo que lo define, de lo que le da la garantía de estar vivo. Refugiarse en la nada, en una fantasía ajena a lo concreto, en una vida superficial carente de preguntas cruciales, de dilemas existenciales, de encrucijadas pensantes. Vivir, pasar, patear, mentir, flaquear y sonría que lo estamos vigilando. Mantenerse siempre en el carril derecho, no pasar de sesenta y sonreír cuando otro lo encierra. Seguir, seguir siempre para adelante, sin siquiera preguntarnos un segundo el por qué. Abandonar ese lado del camino, tan melancólico y oscuro. Amigo y enemigo íntimo de los fuertes. Ajeno a la debilidad. Proclive a la tristeza. Prohibirse mirar la ruta, apreciarla y, sobre todo, cuestionarla. Es ir, sencillamente ir, hacia una condena más dolorosa, hacia la nada misma, sin siquiera plantearnos la posibilidad de un volantazo a tiempo. Similar a la vaca cuando, ingenua, transita sus últimos minutos hacia su baño de sangre final: el matadero.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Que lo parió



Andate a la puta que te parió, exclamó y apoyó con violencia el vaso de aguardiente en la mesa. No podía ser cerveza, ni ningún otra bebida. Tenía que caer en el aguardiente, en el cliché más bajo y húmedo de todos. La situación lo ameritaba. La puta que te parió, analizó ya en voz más baja. Casi tenue. Pero con la delicadeza de quien dice una verdad en voz bajita, de esas que uno quiere guardarse. La mirada de los comensales se perdió por un momento. Pronto volvieron a las discusiones de siempre. A si la realidad es real, si el amor existe, si el estilo postmoderno es acaso un quiebre estructural o una simple exacerbación de lo viejo. No hay que perder el estilo, le había repetido incansablemente Martín durante los últimos cinco años. Aquel hombre que primero aprendió a respetar como poeta, con su lluvia púrpura y su mujer quebrada. Luego, con el tiempo, lo respetó como hombre. Pero, ¿qué era acaso el estilo? Su cabeza se debatía entre el límite de la angustia, lo terrenal, y el elixir momentáneo que le sugería la bebida. Decidió, por esa noche, entregarse a lo metafísico del borracho. Al submundo de lo no dicho, del aprendizaje no asimilado. Que lo parió, seguía repitiendo en su cabeza. Mejor, la puta que me parió. Destacó el me, como si con la entonación pudiera clavarse otro puñal, uno más profundo, el más incisivo. Porque en el fondo, en lo bajo de las culpas divididas, existía también un dejo de crítica. Pero lo dejaría para más adelante. No era momento de reciclar reproches.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Condicionales

Y si acaso pudieras sentir el temblor que invade tu humanidad cuando alguien te habla al oído. Si pudieras experimentar la angustia visceral de comprender un adiós. De padecerlo, racionalizarlo, adolecerlo. Si pudieras sentir cómo se acelera tu pulso cuando mis manos tocan tu cuerpo. Desnudo, inválido, despojado de excusas, entregado a lo animal, al impulso. Si tan sólo pudieras fragmentar tu unicidad, tu mundo paralelo. Espejos, espejos y más espejos biselados. Sin tan sólo pudieras despojarte del todo, disfrutar del placer perverso que nos sugiere la nada. Si tan sólo pudieras.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Al sentimiento



Estoy condenado al sentimiento, dijo y apoyó el vaso de whisky tibio sobre la mesada de la cocina. Miró a su alrededor. Ya no quedaba ninguna de sus pertenencias. Algunos olvidos casuales le recordaban su fantasma.


Pero lo que él quería, lo que realmente deseaba, ya se había ido por la puerta principal. Cabeza a gachas se acercó al baño.


Lavó su cara, intentó afeitarse pero no pudo evitar los cortes que evidenciaban, o llevaban a la superficie, el espeso dolor que ella le había dejado.


*Al sentimiento, repitió con omnipotencia.