jueves, 12 de mayo de 2016
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jueves, 25 de febrero de 2016
Tan segunda vuelta
jueves, 3 de diciembre de 2015
Piedrita
domingo, 11 de octubre de 2015
De laberintos y otras cosas
El laberinto me divierte, no te lo voy a negar. Entrar, salir, dar vueltas. Siempre en el mismo lugar, pero sin tener jamás la certeza de en dónde se está. Pasar cinco veces por la misma esquina desdibujada y no notarlo, pasar inadvertido. De nada sirve esconderse. Esa, corazón, es la magia de los laberintos. No hay inicio, no hay final, no hay presente. La estructura fue armada a la perfección por una mente tan brillante como neúrotica. ¿A quién carajo se le ocurre diseñar semejante entramado de diagonales, cruces y perpendiculares? A nadie, sólo a un neurótico, asentís con una cerveza ya tibia en tus manos. Y ahí, en un intento por mantener el laberinto y no encontrar jamás la salida, saco chapa de los cuatro libros de psicoanálisis que compré en oferta en Parque Rivadavia. Lo llamativo del caso, -escuchá esta genialidad que me regala el whisky barato que recomendó el mozo al que jamás escuchamos- es que la propia definición de neurosis es un laberinto: todos lo somos, ergo: nadie lo es. Si la característica es común, se pierde la unicidad, la definición individual, respaldás, antes de meter toda tu humanidad en el bowl de aperitivos de dudosa procedencia. Y así, entre trago y trago, nos adentramos en otro laberinto semántico, una guerra fría lingüística que sólo toleraría Saussure. Y ni siquiera. Unicidad, resalto con desgano desde la otra punta de la mesa porque, como siempre, te negaste a sentarte al lado mío. La unicidad está sobrevaluada, desafiás, en un intento por cercar mi estructura emocional. Cortito y al pie. Cachetazo inesperado. Whisky raspando mi garganta. El bowl ya sin un puto maní. Y vos ahí, estoico, con el puñal en la mano y las gotas de sangre que caen lentamente sobre la mesa. Si lo que nos define es la unicidad, entonces coincidirás conmigo en que las definiciones están sobrevaluadas, te espeto. Manotazo de ahogado. As de basto sobre la frente. Te canté truco, cariño. Pero me olvidé, como siempre, que tus manos son más generosas que las mías.-
lunes, 28 de septiembre de 2015
Otra vez será, campeón
martes, 14 de mayo de 2013
Mercenario
viernes, 28 de septiembre de 2012
Dos cuerpos
knockout
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Mea culpa
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| Crónica de un ping-pong desafortunado. |
martes, 11 de septiembre de 2012
Ilusión voluntariosa
viernes, 7 de septiembre de 2012
Sólo una falacia poética
sábado, 26 de mayo de 2012
Bienvenidos a Constitución
viernes, 25 de mayo de 2012
Tomala vos
jueves, 24 de mayo de 2012
Cama tomada
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| No todo lo que brilla es oro. Dicen. |
domingo, 8 de enero de 2012
Touché

sábado, 7 de enero de 2012
Juntos

Descubrir una nueva mirada. Sus matices y silencios. Descubrir el tenor de nuevas manos que recorren nuestro cuerpo. Un camino hacia el desconocimiento en su estado más puro. Un rescate de morfina a tiempo, justo cuando la nada se nos hacía inevitable. Conquistar nuevos recovecos físicos, lugares en donde apoyar nuestra cabeza en tiempos de poca paz. Certezas inesperadas, pero necesarias. Risas espontáneas que acompañan situaciones. Chistes viejos, renovados, que aplican a nuevas sábanas. El sencillo placer de cerrar los ojos y sentirse acompañado.
El matadero

*Este texto no tiene raíz ni relación con el relato de Esteban Echeverría.
Escaparse de uno mismo, de lo que siente, de lo que cree, de lo que lo define, de lo que le da la garantía de estar vivo. Refugiarse en la nada, en una fantasía ajena a lo concreto, en una vida superficial carente de preguntas cruciales, de dilemas existenciales, de encrucijadas pensantes. Vivir, pasar, patear, mentir, flaquear y sonría que lo estamos vigilando. Mantenerse siempre en el carril derecho, no pasar de sesenta y sonreír cuando otro lo encierra. Seguir, seguir siempre para adelante, sin siquiera preguntarnos un segundo el por qué. Abandonar ese lado del camino, tan melancólico y oscuro. Amigo y enemigo íntimo de los fuertes. Ajeno a la debilidad. Proclive a la tristeza. Prohibirse mirar la ruta, apreciarla y, sobre todo, cuestionarla. Es ir, sencillamente ir, hacia una condena más dolorosa, hacia la nada misma, sin siquiera plantearnos la posibilidad de un volantazo a tiempo. Similar a la vaca cuando, ingenua, transita sus últimos minutos hacia su baño de sangre final: el matadero.
viernes, 16 de diciembre de 2011
Que lo parió

Andate a la puta que te parió, exclamó y apoyó con violencia el vaso de aguardiente en la mesa. No podía ser cerveza, ni ningún otra bebida. Tenía que caer en el aguardiente, en el cliché más bajo y húmedo de todos. La situación lo ameritaba. La puta que te parió, analizó ya en voz más baja. Casi tenue. Pero con la delicadeza de quien dice una verdad en voz bajita, de esas que uno quiere guardarse. La mirada de los comensales se perdió por un momento. Pronto volvieron a las discusiones de siempre. A si la realidad es real, si el amor existe, si el estilo postmoderno es acaso un quiebre estructural o una simple exacerbación de lo viejo. No hay que perder el estilo, le había repetido incansablemente Martín durante los últimos cinco años. Aquel hombre que primero aprendió a respetar como poeta, con su lluvia púrpura y su mujer quebrada. Luego, con el tiempo, lo respetó como hombre. Pero, ¿qué era acaso el estilo? Su cabeza se debatía entre el límite de la angustia, lo terrenal, y el elixir momentáneo que le sugería la bebida. Decidió, por esa noche, entregarse a lo metafísico del borracho. Al submundo de lo no dicho, del aprendizaje no asimilado. Que lo parió, seguía repitiendo en su cabeza. Mejor, la puta que me parió. Destacó el me, como si con la entonación pudiera clavarse otro puñal, uno más profundo, el más incisivo. Porque en el fondo, en lo bajo de las culpas divididas, existía también un dejo de crítica. Pero lo dejaría para más adelante. No era momento de reciclar reproches.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Condicionales

Y si acaso pudieras sentir el temblor que invade tu humanidad cuando alguien te habla al oído. Si pudieras experimentar la angustia visceral de comprender un adiós. De padecerlo, racionalizarlo, adolecerlo. Si pudieras sentir cómo se acelera tu pulso cuando mis manos tocan tu cuerpo. Desnudo, inválido, despojado de excusas, entregado a lo animal, al impulso. Si tan sólo pudieras fragmentar tu unicidad, tu mundo paralelo. Espejos, espejos y más espejos biselados. Sin tan sólo pudieras despojarte del todo, disfrutar del placer perverso que nos sugiere la nada. Si tan sólo pudieras.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Al sentimiento
















