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viernes, 9 de diciembre de 2011

Balance de fin de año


Resolver complicaciones médicas: hecho.

Cambiar de trabajo: hecho.

Empezar a cursar de nuevo Historia: hecho.

Abandonar (de nuevo) la cursada de Historia: hecho.

Romper un corazón: hecho.

Mudarme: hecho (por tres).

Llorar con un poema: hecho.

Mejorar la calidad de mis mates: hecho.

Sacar el arpegio de Tears in heaven: hecho.

Que me rompan el corazón: hecho.

Volver al corte carré: hecho.

Darle batalla a lo que siento: hecho.

Volver a llorar después de la muerte de Ale: hecho.

Retomar terapia: hecho.

Evitar darme el alta al mes: hecho.

Terminar de leer La divina comedia: hecho.

Hacerme el tatuaje de Rayuela: hecho.

Empezar clases de canto: hecho.

Abandonar mi fobia al compromiso: hecho.

Difundir la lectura de Boris Vian: hecho (por cinco).

Reencontrarme con personas muy valiosas: hecho.

Romper vínculo con otras: hecho.

Encontrar a la Manu perdida: hecho.

Elaborar el duelo de tres muertes: en proceso.

Darle punto final a mi novela: el pendiente de todos los años.

miércoles, 10 de agosto de 2011

20 cosas que descubrí estando en cama


Tengo 247 libros en la biblioteca

Cuatro más en una de las mesitas de luz

Puedo hacer que mi pierna izquierda toque mi frente

No puedo hacer lo mismo con la derecha

El tamaño de mi pie es proporcional a la distancia entre mi codo y mi muñeca

El pantalón pijama escocés que me regaló Madre es muy cómodo

Voy a empezar a usar pijama

Tengo objetos de diseño muy copados en todas partes

Una de mis mesitas de luz tiene más onda que la otra

La otra tiene abrochadoras, tarjetas y cosas de oficina

Se pueden ver 4 temporadas de Friends en menos de 48 horas

Pese a ya haber visto la serie completa varias veces

Lo mejor para dejar de fumar es la gastroenteritis aguda.

Me quedé sin cigarrillos y ni contemplé la idea de salir a la calle.

Roberto, el vudú gigante que me regaló Nico, es un toque perturbante

Mi acolchado no es color violeta, es tono uva

Tengo un trol en mi escritorio

Hay un mapa de oriente medio enrollado en mi biblioteca (traten estudiar historia sin él)

Tengo ocho lunares (en la espalda desconozco)

Sí, tengo ganas de fumar. Muchas.

viernes, 20 de mayo de 2011

Dudas

No sé. No. Creo que no. No debería. O sí. ¿Por qué no? Mejor ir por algo más simple. No sé.

miércoles, 19 de enero de 2011

El avance del primer noviecito y los celos de padre

“¿Me enseñás a manejar?”, le dije con voz de nena buena mientras él, unos cuantos años mayor, disfrutó de la sensación de ser el primero en algo. “Claro”, respondió y estacionó su auto en una calle amplia y sin demasiado tránsito.

Así aprendí a manejar. A fuerza de muchas cuadras en primera -me daba pánico pasar el cambio-, de un par de apagones y de poner forzosamente el guiño a 50 metros de la esquina, logré tomar confianza y largarme sola.

Semana a semana, me subía a su auto y aprendía cosas nuevas. En el medio, madre se solidarizaba con la causa y me habilitaba su auto cuando él prefería venirse a casa en tren y dejar el suyo en su garage.

Meses más tarde, la familia viajó a la costa. Todavía bajo el techo paterno y con unos escasos 17 años, me trasladé con ellos a disfrutar de la comodidad del caserón y la libertad que me daba contar con una tarjeta de crédito cuyo recibo jamás llegaba a mis manos.

“Pa, te llevo yo”, le dije recién bañada cuando padre anunció que tenía que hacer una parada por el supermercado. “¿Estás loca? No tenés registro todavía”, respondió y me invitó al viaje pero, claro, desde el asiento del acompañante.

Después de dar una lección teórica del funcionamiento del auto y de hacer las compras, padre decide estacionar a un costado de la ruta, bajarse del auto e invitarme al asiento del conductor. “¿Estás loco?”, le respondí con cierto grado de disfrute. “No, si sabés manejar, sabés manejar en ruta”, me respondió.

Y así fue. Lo arranqué, puse primera, segunda, tercera, cuarta y llegué a quinta. ¿El camino? El trecho que une a Villa Gesell -la ciudad en donde se encontraba el supermercado- y Mar de las Pampas.

Llegamos. Subí el auto y lo dejé justo al lado del de madre que miraba desde la ventana de la cocina. Cuando lo apago, padre me mira con una gran sonrisa de satisfacción y sentencia: “Ahora sí, siempre vas a recordar que el primero que te sacó a andar en ruta fui yo”.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Punto medio... a veces

Algunos dicen que el mundo se clasifica en dos grandes grupos: aquellos que deciden escalar la escalera mecánica y quienes la eligieron para poder reposar sus cansados cuerpos hasta que la tecnología los devuelva a la superficie.

Bien. Cada vez que me subo a una escalera mecánica -a saber, todos los días salvo aquellos en donde prefiero demostrarme que pese a mi desorbitado hábito de fumadora puedo subir los peldaños del subte- me enfrento a la misma pregunta: ¿a dónde pertenezco?

Algunos días, me gusta disfrutar de la pasividad de la escalera mecánica. Incluso, suelo aprovechar para chusmear la cartera, verificar qué cosas me olvidé ese día, chequear la cantidad de puchos disponibles y, claro, ver si tengo mis carilinas a mano. Siempre me pareció que el modo en el que se va abriendo el caótico paisaje sería un gran comienzo para un corto de bajo presupuesto y, cuando no estoy distraída con el bolso, me gusta mirar a quienes me acompañan en el ascenso e imaginarlos como posibles protagonistas.

Pero existen otros días en donde me resulta completamente molesto tener que esperar esos treinta segundos. Me enervan los que, como yo algunas veces, deciden estancar sus cuerpos en la baranda y suelo colapsar cuando dos de esos energúmenos obstruyen un escalón entero. El reloj suena en mi cabeza y comienzo a correr hacia arriba hasta que, claro, me encuentro con alguien negado a moverse. Porque eso es lo que pasa: te miran, te escanean y vuelven a su mundo, conscientes de que uno tiene una necesidad imperiosa de llegar a destino y, amparados en el derecho que les dio haber llegado milésimas de segundo antes, se cagan soberanamente en nuestra necesidad.

C'est la vie.

martes, 21 de diciembre de 2010

Y van

Otra vez me siento mal, no me puedo dormir y tengo la certeza de que me espera una dura mañana. Fuck off: menos mal que por lo menos tengo Internet.

Ni laburo, ni independencia ni nada...

Uno se sabe adulto cuando te llaman del banco, te catalogan como “cliente bien considerado” y te ofrecen un seguro de vida.

Amor de texto


“Mejor te lo leo”. No, no, no. Estimadísima mujer, compañera de género, amiga circunstancial de transporte público, hermana, madre, cuñada, tía, abuela, prima, colega, médica: si vuelvo a leer una secuencia de mensajes de texto entre ustedes y un chongo me va a agarrar un ACV.

*Nota al margen: vale también para chat de Blackberry.

Cuando estoy enojada

Mal que me pese, soy tana y vasca. Esas son las dos herencias sanguíneas y temperamentales que la genética supo regalarme. De ahí, mi temperamento apasionado, obstinado y cabeza dura. No me gusta juntarme con la parentela a comer fideos con tuco, pero disfruto apasionadamente de las conversaciones de café, gesticulo por demás y mi puteada preferida es: “Non mi rompere il cazzo”.

Hacerme enojar conlleva una gran tarea. Una de las personas a la cual le pagué para que me analizara afirmó tiempo atrás: “Tu problema es que aguantás y cuando te sacás, no hay vuelta atrás”. Exacto. Exacto. Exacto

Pero, ¿qué pasa cuando il cazzo ya está totalmente roto? Sale lo peor de mí. Ojo: lo peor con límites, porque como buena vasca mi orgullo vale más que todo y nunca haría nada fuera de la regla para jamás tener que bajar la cabeza. Los gritos y las puteadas, claro, son parte de la calentura tana del momento.

Ahora bien. Una vez que estoy enojada, hay detalles que me enervan más que otros. A saber: la cobardía. El hablar por lo bajo. El tercerizar la pelea. Algunos tienen que aprender a decir y putear en la cara, como Dios y la santísima puta que lo parió mandan. Quedarse callados para después vomitar la ira en otros canales es de cobardes.

Cuando me negaba rotundamente a leer mi poesía en público, uno de los mejores profesores de literatura que tuve durante mis bastos años de talleres literarios supo decir: “Nadie escribe para no ser leído”. Yo le agrego: nadie putea para no ser escuchado.

Prefiero un derechazo bien puesto. Un puñal en los riñones. Una escupida en la cara seguida de una buena cachetada verbal. Eso es sanidad mental, eso es demostrar que uno es humano. Hablar por lo bajo, putear con la voz esquiva, fingir adelante de otros y, por sobre todas las cosas, ser incapaz de saber retirarse a tiempo. Eso no es de buen contrincante y, como buena vasca, me gusta pelearme con los mejores.

Touché.

viernes, 15 de octubre de 2010

Amor verdadero y sus derivados en tabaco


No soy de hacer estas cosas. De hecho, para lograrlo, suelo tener que abrazarme más de una hora a cualquier bebida alcohólica. Pero ahí estaba. Después de una mañana repleta de doctores, llegaba finalmente a casa. Antes, una última parada para comprar cigarrillos.

Lo vi, me sonrió. Pensé que debía ser algún tipo de respuesta empática frente a mi cara de destrucción. Le respondí la sonrisa con una mueca. Se acercó y empezó un breve chamuyo que duró hasta que el vendedor finalmente se dignó a atendernos. Pedí mis Gitanes, pagué y aguardé a que él hiciera lo suyo.

Abrió su boca y dijo: ¨Te pido unos Lucky convertibles".

No lo toleré.
Hasta ahí llegó mi amor primaveral.

Dije adiós, aceleré el paso y mientras me acercaba a casa me prendí un verdadero cigarrillo para esperar la llegada de un verdadero hombre.

sábado, 28 de agosto de 2010

Todo sobre mi madre

Cuando finalmente tomás la decisión de abandonar el nido, hay una cosa en la que pensás: no quiero convertirme en mi madre.

Ni siquiera terminé de instalarme y ya lo asumo: soy igual, exactamente igual a ella.

domingo, 22 de agosto de 2010

Divorcios adolescentes

"Fue como una división de bienes post divorcio. Después de cortar, yo me quedé con el curso de cine y él con el de idiomas".

El que avisa, no traiciona...

Desde hace tres meses que mi vida se convirtió en una carroza hormonal difícil de frenar. Como buen carruaje va a paso lento y constante aunque, claro, no siempre toma el mejor camino y muchas veces el empedrado puede hacer tambalear hasta al más seguro de los viajantes.

Ser una persona hormonal es algo complicado, en especial cuando uno está constantemente cuidando las formas. No miral mal, reírse siempre moderadamente, no gritar ni gruñirle a nadie. Todas esas notas mentales que nos imponemos porque, bien en el fondo, detestamos que nos tilden de "minitas".

Pero, a veces hay que resignar la dignidad y dejarse llevar por las emociones. Sin recibir nada a cambio, hoy me regalé un día en el que pude finalmente reír desmesuradamente y, cuatro segundos más tarde, contestar de la peor manera posible.

Todo, claro, acompañado de un acting que envidiaría la propia Andrea del Boca. No faltaron muecas, silencios ni abruptas salidas a fumar. Una novela, con todos los condimentos necesarios.

No fue algo intencionado, claro. De hecho, tuve que salir a fumar en reiteradas ocasiones para evitar que mi cerebro disparara una y otra vez: "Esta gente no se lo merece, no se lo merece". Porque, claro, no se lo merecían. Pero, como el que avisa no traiciona, me había encargado de dejar bien en claro que no me iba a responsabilizar por mis contestaciones.

Y así fue cómo de pronto me encontré totalmente enfurecida, fumando afuera como una "loca de mierda" y pensando en todas aquellas cosas que, claro, me hacían enfurecer. Porque la bronca funciona exactamente igual que la angustia.

Cuando uno está clínicamente triste -por clínico no hablo de un cuadro depresivo, sino de aquellos momentos en los que uno efectivamente está angustiado y no simplemente cansado de la vida-, se encarga de agudizar su cuadro escuchando canciones tristes y mirando cuánta película depresiva existe.

Bueno, en mi caso, cuando estoy enojada tiendo a enojarme aún más. Pero, lejos de buscar agudizar el cuadro, la estrategia tiene como objetivo alcanzar un nivel de saturación tal que sólo pueda robarme una carcajada. Y ahí, todo vuelve a la normalidad... Al menos por un rato.

Lo bueno del caso es que nadie se inmutó. Jefe notó mi estado desde el teléfono -pese a que, claro, intenté que no lo hiciera- y la reacción de mis compañeros de trabajo osciló entre indiferencia y acidez.

¿Cómo terminó la jornada? Simple, dije "chau" y lo único que recibí fue un: "(risa mediante) Chau Manu".

sábado, 21 de agosto de 2010

Cuatro años atrás...

Cuando empecé este blog era una chica tan prolija. Cursaba dos carreras. Ambas las manejaba con una facilidad asombrosa. Llevaba dos años de noviazgo estable. Mi familia lo había adoptado como uno más y la suya me resultaba amorosa. No tenía conflictos con mis suegros, ni con mi cuñado.

Lo tenía todo planificado. Después de recibirme en TEA iba a cursar cuarenta y cinco materias por cuatrimestre para alcanzar la licenciatura en letras en tiempo récord. Hasta entonces, cumpliría con un máximo de tres por período -el promedio avanzado-. Después, para dolor de cabeza de mi compañero de ese entonces, me embarcaría en un viaje a Estados Unidos para completar mi formación en Yale o Columbia.

Cuando comencé este blog, creía en el periodismo y soñaba con la posibilidad de ver mis palabras publicadas en algún lugar que no fuera este espacio. Me ilusionaba la idea de trabajar en un diario de papel -denostaba todo lo que tuviera que ver con lo digital- y mi hobbie era deambular por las librerías del centro para encontrar nuevos títulos de Boris Vian.

En esa época, recordaba el calendario académico porque lo llevaba grabado en la frente. Sabía muy bien cuántas semanas faltaban para que comenzara el período de parciales y cuántos textos me quedaban por leer. Compraba todos los apuntes sugeridos, no por estudiosa, sino porque disfrutaba de las tardes de lectura y mate.

Cuando comencé a escribir este blog, era una chica estable. Disfrutaba de mi acomodada agenda, me hacía un tiempito para poder ver a todos mis amigos y, por las noches, disfrutaba de la compañía de mi novio.

En aquel período mis preocupaciones se limitaban a saber si entraba tal o cual texto en un parcial, si había conseguido o no la fuente para la nota de TEA y si mi novio iba a estar disponible esa noche. El resto, me resbalaba.

Pensaba que la incursión laboral iba a ser algo que llegaría más adelante, en mis entrados veintes, y disfrutaba de la contención del nido familiar. Recibía una determinada cantidad de plata en calidad de mesada y, lejos de preocuparme, gastaba con la medida tranquilidad que me daba saber que Madre me iba a ayudar en caso de que se me complicase llegar a fin de mes.

Cuatro años atrás, me regalaba tardes enteras para caminar por Buenos Aires y retratar cuanto paisaje me llamara la atención. Mi agenda era ajustada pero me las ingeniaba para sentir que contaba con una libertad que el secundario, con sus estrictos horarios, no me había dado.

El Rojas era mi segundo hogar. Cursaba cuanto taller me resultaba agradable y sumaba, sin temor a no llegar, pilas y pilas de textos que engordaban mis carteras, en su mayoría hipponas, por si esa tarde conseguía un hueco en el itinerario y disfrutaba del sol de alguna plaza porteña.

Cuando comencé este blog, mi ideología estaba a flor de piel. Bastaba hablar dos segundos conmigo para que quedase bien en claro qué pensaba y por qué lo hacía. Cualquier adulto sin ningún tipo de preocupación social se convertía en el perfecto estereotipo de oficinista gris que merecía mi total e indiscutido repudio.

No fumaba tanto, estaba considerablemente más delgada y mi cutis era impecable. El máximo de abstinencia sexual era de tres días y, ese, era un grave problema que le relataba a mis amigas cada vez que las veía.

Planificaba mi vida de a dos y todos hacían lo mismo. Las invitaciones para casamientos o fiestas de quince llevaban dos nombres, las reuniones masivas incluían a mi compañero y en casa siempre había un plato más por si decidíamos quedarnos y no salir.

Mi bisabuela no me torturaba con mi vida amorosa, era el máximo ejemplo de la hija prodigio, en casa no sabían que fumaba -en realidad se lo imaginaban- y mi reproductor de música colapsaba con canciones de protesta.

Cuando comencé a escribir este blog, me enamoraba la idea del futuro. Qué paradoja.

jueves, 19 de agosto de 2010

En el medio

Estar en el medio de algo implica, por definición, alejarse de los extremos y tambalear pendularmente entre dos ideales. Dos proyecto de algo cuyo antagonismo los encuentra en algún espacio en donde las paralelas finalmente se bifurcan, pierden su fuerza de hierro y, claro, se encuentran.

viernes, 6 de agosto de 2010

Fragmentos estrella

La ocurrencia de un docente y sus propuestas introspectivas me llevaron a recordar. Mientras sigo cerrando cajas, encuentro recuerdos y, de paso, me encuentro. Hoy: mis apuntes del secundario.

Llegó a mis manos la carpeta de Filosofía. En ella, todos los trabajos propuestos por el profesor que nos invitaba a reflexionar semana a semana sobre la vida, el arte, la sociedad y, claro, nosotros mismos. Sus devoluciones, siempre minuciosas, incluían párrafos destacados; pequeños conceptos iluminados, los famosos "fragmentos estrella".

Los leí, todos. Decenas de páginas con una minuciosa letra desnudaban lo que fui y, por qué no, lo que soy.

A continuación, un FG de quien les escribe cuando tenía 16 años.

"Hay un algo, una esencia, una verdad, un perfume individual, que no se puede transmitir con palabras. Está en uno, encontrar a aquellas personas cuya esencia es perceptible con la mirada".

viernes, 30 de julio de 2010

Retroceso

Mientras viajaba en el auto de Padre y manteníamos una conversación adulta sobre un conocido, la niña que sigo llevando adentro salió a la luz y sentenció: "Pa, ¿está mal que no me caiga bien?".

jueves, 1 de julio de 2010

Paren el mundo que me quiero bajar*

Lo ha alcanzado una bala en la ribera
de una clara corriente cuyo nombre
ignora. Cae de boca. (Es verdadera
la historia y más de un hombre fue aquel hombre).

El aire de oro mueve las ociosas
hojas de los pinares. La paciente
hormiga escala el rostro indiferente.
Sube el sol. Ya han cambiado muchas cosas

y cambiarán sin término hasta cierto
día del porvenir en que te canto
a ti que, sin la dádiva del llanto,

caíste como cae un hombre muerto.
No hay un mármol que guarde tu memoria;
seis pies de tierra son tu oscura gloria.

Necesito tomar perspectiva. Necesito frenar el reloj por un momento, disfrutar de una bocanada de paz y seguir viaje. Necesito salir con veinte minutos de anticipación para que la ciudad camine a mi ritmo y no mimetizarme en sus estructuras. Necesito que me partan la cabeza, la junten y me digan: “Acá está”.

Romper. Fracturar. Desgarrar. Eso es. Necesito chocar para volver. Necesito salir de mi eje, atravesar mis propios temores. Ubicarlos. Ir de lleno. Atravesar el muro y juntar mis restos. Necesito aprender a necesitar.

No sé si estoy. No tengo certezas. Decidí no manejar verdades. Vivo, voy, camino y eso es lo que me importa. Tambaleo entre lo que esperan de mí y lo que yo realmente quiero. Sigo buscando una respuesta a preguntas abiertas: ¿en dónde termina el ellos y arranca el yo? ¿En dónde termina el yo y arranca el nosotros?

Descarrilé, salí de la zona de confort y necesito volver a encontrarme en un nuevo espacio, con otras reglas y nuevos desafíos. ¿Quiero desafíos? No lo sé, pero sé que quiero algo.

Años atrás, él me escribió un perfil (aquí el link del texto completo). Dentro de sus líneas, planteó algo que, quizás, es el eje sustancial de mi inestabilidad. “Manu, sencillamente alguien que quiere gritar algo y cuando abre la boca para hacerlo descubre que no sabe qué es”.

Tengo que aprender a equivocarme. Esas fueron las palabras que le vomité a una amiga después de advertirle que estaba a pocos segundos de quebrar en llanto. Al final no lo hice. La sensación de ahogo se calmó con un cigarrillo y la promesa de poner en palabras lo que siento. Después de una semana de euforia, de llevarme el mundo y las normas por delante. Acá estoy. Vuelvo al refugio. Vuelvo a la escritura. Me encuentro pero con la intención de buscar despojos de lo que supe ser.

No tengo miedo. No me importan las consecuencias. Me aterra el pensar que todo es nada y pienso, deduzco, si la nada es un todo, ¿para qué perder el tiempo en formalidades? Cae el hombre muerto, pero se mantiene en pie el vivo.

No quiero un mármol que guarde mi memoria.

Cerré un ciclo. Lo logré. Conseguí todas y cada una de mis metas. Ahora es tiempo de buscar nuevos objetivos, nuevas personas, nuevos poemas, nuevas canciones, nuevos recuerdos, nuevos deseos, nuevos medios. Necesito volver a aprender.

jueves, 24 de junio de 2010

El eclipse no fue parcial y selló nuestras miradas

Era domingo. Estaba en la redacción prácticamente sola. De golpe, veo un cable que alertaba sobre el estado de salud de Gustavo Cerati. La placa roja de crónica no se hizo esperar: "Internan de urgencia al ex Soda Stéreo". Lo leí y sin inmutarme escribí la primera nota de una seguidilla que, hasta hoy, sigue en portada.

Pirámide invertida. Data dura. Fusión de lo que publicaba la prensa venezolana y los mensajes que su banda publicaba desde la página oficial. Nada del otro mundo. Redacción periodística I de TEA. Con el placer del deber cumplido, abandoné la redacción y seguí en mi mundo.

Lo que pasó después fue lógico. Conforme el inicial "desmayo" del músico se convertía en un complicado cuadro de salud, Cerati comenzaba a posicionarse como una suerte de tópico obligado en las conversaciones más impensadas.

Y así fue como empecé a verme envuelta en complicadas discusiones. En esos diálogos de café o cerveza, fanáticos y no tan fanáticos de Cerati me criticaban por "detestar" a un músico sin haber escuchado su carrera solista. Cabe aclarar que Soda no es ni por lejos una banda que me sentaría a escuchar, salvo por honrosas excepciones de dos o tres temas como mucho.

Uno de ellos, Té para tres. Una canción que, desde la crudeza de una letra con pocas pero cuidadas palabras, me parte la cabeza por su parte instrumental. A continuación, una increíble versión que tocó con el Flaco en vivo.



Cuando me quedé sin demasiados argumentos para explicar el motivo de mi rechazo hacia el ex Soda, decidí descargarme gran parte de su discografía. Lo asumo: lo hice simplemente para incorporar nuevos elementos a las discusiones. Pero sorprendió gratamente. Tema a tema, fui deshilando a un artista al que paradójicamente ya había visto en vivo en algunos festivales.

"No entiendo por qué te gusta ahora si ya lo vimos en vivo", me escribió un ex cuando vio que había escrito algo sobre el tema en Facebook. Era cierto. Entre abrazos y acumacos, ya lo había visto en vivo, ya lo había escuchado pero, evidentemente, no era el momento.

De a poco, descubrí algunas perlitas que engrosaron un playlist del iPod. Hoy, quizás, el más abultado del aparatito que me acompaña en las caminatas por la ciudad de la furia (detalle obvio y común, pero lo tenía que poner). Y el buen momento se plasmó en la compra, cuasi atraconezca, de cuatro de sus cd's.

Hacía mucho tiempo que no pisaba un "local de discos". La sensación fue rara. Creo que la última vez que literalmente me compré uno fue cuando Los Beatles lanzaron una remasterización de Let it Be, que dieron a llamar Naked.

Busqué la C. Tardé un poco pero lo encontré. "Quedan pocos", me dijo el chico que acomodaba, a centímetros mío, el nuevo disco de Miley Cyrus. "Veo", le respondo. "Llevate varios, en unos meses van a costar oro", me dijo apelando a un humor negro que tanto me caracteriza. Un trago de mi propia medicina, supongo.

Cuando me acerqué a la caja, la chica que atendía me preguntó, después de despejar la duda si abonaba en efectivo o con tarjeta, si lo acababa de descubrir. "Sí", le respondí a secas esperando que el trámite terminase lo más rápido posible. "Es una pena lo que le está pasando", acotó. "Lamentable", le respondí mientras agarraba mi bolsita y chequeaba algunas fuentes para saber cómo evolucionaba el cuadro desde el Fleni.

Me fui con Amor amarillo, Ahí vamos, 11 episodios sinfónicos y Bocanada. Quedarán para el próximo sueldo algunos más.



Y así fue como cada vez que tenía que escribir una nota sobre su estado de salud, la información empezó a impactarme de un modo muy diferente al punto de generarme una suerte de angustia e impotencia impensada.

Perdí la facilidad que tuve en su momento para vomitar, sin pensar ni reaccionar, las palabras de aquella primera nota que acompañó al cierre del "último tramo".

Me vi que lloraba, me vi que lloraba por él.

Nobleza obliga. Fuerza Gustavo.