viernes, 25 de mayo de 2012
viernes, 9 de diciembre de 2011
Balance de fin de año

Resolver complicaciones médicas: hecho.
Cambiar de trabajo: hecho.
Empezar a cursar de nuevo Historia: hecho.
Abandonar (de nuevo) la cursada de Historia: hecho.
Romper un corazón: hecho.
Mudarme: hecho (por tres).
Llorar con un poema: hecho.
Mejorar la calidad de mis mates: hecho.
Sacar el arpegio de Tears in heaven: hecho.
Que me rompan el corazón: hecho.
Volver al corte carré: hecho.
Darle batalla a lo que siento: hecho.
Volver a llorar después de la muerte de Ale: hecho.
Retomar terapia: hecho.
Evitar darme el alta al mes: hecho.
Terminar de leer La divina comedia: hecho.
Hacerme el tatuaje de Rayuela: hecho.
Empezar clases de canto: hecho.
Abandonar mi fobia al compromiso: hecho.
Difundir la lectura de Boris Vian: hecho (por cinco).
Reencontrarme con personas muy valiosas: hecho.
Romper vínculo con otras: hecho.
Encontrar a la Manu perdida: hecho.
Elaborar el duelo de tres muertes: en proceso.
Darle punto final a mi novela: el pendiente de todos los años.
miércoles, 10 de agosto de 2011
20 cosas que descubrí estando en cama
Cuatro más en una de las mesitas de luz
Puedo hacer que mi pierna izquierda toque mi frente
No puedo hacer lo mismo con la derecha
El tamaño de mi pie es proporcional a la distancia entre mi codo y mi muñeca
El pantalón pijama escocés que me regaló Madre es muy cómodo
Voy a empezar a usar pijama
Tengo objetos de diseño muy copados en todas partes
Una de mis mesitas de luz tiene más onda que la otra
La otra tiene abrochadoras, tarjetas y cosas de oficina
Se pueden ver 4 temporadas de Friends en menos de 48 horas
Pese a ya haber visto la serie completa varias veces
Lo mejor para dejar de fumar es la gastroenteritis aguda.
Me quedé sin cigarrillos y ni contemplé la idea de salir a la calle.
Roberto, el vudú gigante que me regaló Nico, es un toque perturbante
Mi acolchado no es color violeta, es tono uva
Tengo un trol en mi escritorio
Hay un mapa de oriente medio enrollado en mi biblioteca (traten estudiar historia sin él)
Tengo ocho lunares (en la espalda desconozco)
Sí, tengo ganas de fumar. Muchas.
viernes, 20 de mayo de 2011
miércoles, 19 de enero de 2011
El avance del primer noviecito y los celos de padre

“¿Me enseñás a manejar?”, le dije con voz de nena buena mientras él, unos cuantos años mayor, disfrutó de la sensación de ser el primero en algo. “Claro”, respondió y estacionó su auto en una calle amplia y sin demasiado tránsito.
Así aprendí a manejar. A fuerza de muchas cuadras en primera -me daba pánico pasar el cambio-, de un par de apagones y de poner forzosamente el guiño a 50 metros de la esquina, logré tomar confianza y largarme sola.
Semana a semana, me subía a su auto y aprendía cosas nuevas. En el medio, madre se solidarizaba con la causa y me habilitaba su auto cuando él prefería venirse a casa en tren y dejar el suyo en su garage.
Meses más tarde, la familia viajó a la costa. Todavía bajo el techo paterno y con unos escasos 17 años, me trasladé con ellos a disfrutar de la comodidad del caserón y la libertad que me daba contar con una tarjeta de crédito cuyo recibo jamás llegaba a mis manos.
“Pa, te llevo yo”, le dije recién bañada cuando padre anunció que tenía que hacer una parada por el supermercado. “¿Estás loca? No tenés registro todavía”, respondió y me invitó al viaje pero, claro, desde el asiento del acompañante.
Después de dar una lección teórica del funcionamiento del auto y de hacer las compras, padre decide estacionar a un costado de la ruta, bajarse del auto e invitarme al asiento del conductor. “¿Estás loco?”, le respondí con cierto grado de disfrute. “No, si sabés manejar, sabés manejar en ruta”, me respondió.
Y así fue. Lo arranqué, puse primera, segunda, tercera, cuarta y llegué a quinta. ¿El camino? El trecho que une a Villa Gesell -la ciudad en donde se encontraba el supermercado- y Mar de las Pampas.
Llegamos. Subí el auto y lo dejé justo al lado del de madre que miraba desde la ventana de la cocina. Cuando lo apago, padre me mira con una gran sonrisa de satisfacción y sentencia: “Ahora sí, siempre vas a recordar que el primero que te sacó a andar en ruta fui yo”.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Punto medio... a veces

Algunos dicen que el mundo se clasifica en dos grandes grupos: aquellos que deciden escalar la escalera mecánica y quienes la eligieron para poder reposar sus cansados cuerpos hasta que la tecnología los devuelva a la superficie.
Bien. Cada vez que me subo a una escalera mecánica -a saber, todos los días salvo aquellos en donde prefiero demostrarme que pese a mi desorbitado hábito de fumadora puedo subir los peldaños del subte- me enfrento a la misma pregunta: ¿a dónde pertenezco?
Algunos días, me gusta disfrutar de la pasividad de la escalera mecánica. Incluso, suelo aprovechar para chusmear la cartera, verificar qué cosas me olvidé ese día, chequear la cantidad de puchos disponibles y, claro, ver si tengo mis carilinas a mano. Siempre me pareció que el modo en el que se va abriendo el caótico paisaje sería un gran comienzo para un corto de bajo presupuesto y, cuando no estoy distraída con el bolso, me gusta mirar a quienes me acompañan en el ascenso e imaginarlos como posibles protagonistas.
Pero existen otros días en donde me resulta completamente molesto tener que esperar esos treinta segundos. Me enervan los que, como yo algunas veces, deciden estancar sus cuerpos en la baranda y suelo colapsar cuando dos de esos energúmenos obstruyen un escalón entero. El reloj suena en mi cabeza y comienzo a correr hacia arriba hasta que, claro, me encuentro con alguien negado a moverse. Porque eso es lo que pasa: te miran, te escanean y vuelven a su mundo, conscientes de que uno tiene una necesidad imperiosa de llegar a destino y, amparados en el derecho que les dio haber llegado milésimas de segundo antes, se cagan soberanamente en nuestra necesidad.
C'est la vie.
martes, 21 de diciembre de 2010
Y van
Ni laburo, ni independencia ni nada...
Uno se sabe adulto cuando te llaman del banco, te catalogan como “cliente bien considerado” y te ofrecen un seguro de vida.
Amor de texto

Cuando estoy enojada

Mal que me pese, soy tana y vasca. Esas son las dos herencias sanguíneas y temperamentales que la genética supo regalarme. De ahí, mi temperamento apasionado, obstinado y cabeza dura. No me gusta juntarme con la parentela a comer fideos con tuco, pero disfruto apasionadamente de las conversaciones de café, gesticulo por demás y mi puteada preferida es: “Non mi rompere il cazzo”.
Hacerme enojar conlleva una gran tarea. Una de las personas a la cual le pagué para que me analizara afirmó tiempo atrás: “Tu problema es que aguantás y cuando te sacás, no hay vuelta atrás”. Exacto. Exacto. Exacto
Pero, ¿qué pasa cuando il cazzo ya está totalmente roto? Sale lo peor de mí. Ojo: lo peor con límites, porque como buena vasca mi orgullo vale más que todo y nunca haría nada fuera de la regla para jamás tener que bajar la cabeza. Los gritos y las puteadas, claro, son parte de la calentura tana del momento.
Ahora bien. Una vez que estoy enojada, hay detalles que me enervan más que otros. A saber: la cobardía. El hablar por lo bajo. El tercerizar la pelea. Algunos tienen que aprender a decir y putear en la cara, como Dios y la santísima puta que lo parió mandan. Quedarse callados para después vomitar la ira en otros canales es de cobardes.
Cuando me negaba rotundamente a leer mi poesía en público, uno de los mejores profesores de literatura que tuve durante mis bastos años de talleres literarios supo decir: “Nadie escribe para no ser leído”. Yo le agrego: nadie putea para no ser escuchado.
Prefiero un derechazo bien puesto. Un puñal en los riñones. Una escupida en la cara seguida de una buena cachetada verbal. Eso es sanidad mental, eso es demostrar que uno es humano. Hablar por lo bajo, putear con la voz esquiva, fingir adelante de otros y, por sobre todas las cosas, ser incapaz de saber retirarse a tiempo. Eso no es de buen contrincante y, como buena vasca, me gusta pelearme con los mejores.
Touché.
viernes, 15 de octubre de 2010
Amor verdadero y sus derivados en tabaco

Lo vi, me sonrió. Pensé que debía ser algún tipo de respuesta empática frente a mi cara de destrucción. Le respondí la sonrisa con una mueca. Se acercó y empezó un breve chamuyo que duró hasta que el vendedor finalmente se dignó a atendernos. Pedí mis Gitanes, pagué y aguardé a que él hiciera lo suyo.
Abrió su boca y dijo: ¨Te pido unos Lucky convertibles".
No lo toleré.
sábado, 28 de agosto de 2010
Todo sobre mi madre
domingo, 22 de agosto de 2010
Divorcios adolescentes
El que avisa, no traiciona...
sábado, 21 de agosto de 2010
Cuatro años atrás...
Cuando empecé este blog era una chica tan prolija. Cursaba dos carreras. Ambas las manejaba con una facilidad asombrosa. Llevaba dos años de noviazgo estable. Mi familia lo había adoptado como uno más y la suya me resultaba amorosa. No tenía conflictos con mis suegros, ni con mi cuñado.jueves, 19 de agosto de 2010
En el medio
viernes, 6 de agosto de 2010
Fragmentos estrella
viernes, 30 de julio de 2010
Retroceso
jueves, 1 de julio de 2010
Paren el mundo que me quiero bajar*
Necesito tomar perspectiva. Necesito frenar el reloj por un momento, disfrutar de una bocanada de paz y seguir viaje. Necesito salir con veinte minutos de anticipación para que la ciudad camine a mi ritmo y no mimetizarme en sus estructuras. Necesito que me partan la cabeza, la junten y me digan: “Acá está”.
Romper. Fracturar. Desgarrar. Eso es. Necesito chocar para volver. Necesito salir de mi eje, atravesar mis propios temores. Ubicarlos. Ir de lleno. Atravesar el muro y juntar mis restos. Necesito aprender a necesitar.
No sé si estoy. No tengo certezas. Decidí no manejar verdades. Vivo, voy, camino y eso es lo que me importa. Tambaleo entre lo que esperan de mí y lo que yo realmente quiero. Sigo buscando una respuesta a preguntas abiertas: ¿en dónde termina el ellos y arranca el yo? ¿En dónde termina el yo y arranca el nosotros?
Descarrilé, salí de la zona de confort y necesito volver a encontrarme en un nuevo espacio, con otras reglas y nuevos desafíos. ¿Quiero desafíos? No lo sé, pero sé que quiero algo.
Años atrás, él me escribió un perfil (aquí el link del texto completo). Dentro de sus líneas, planteó algo que, quizás, es el eje sustancial de mi inestabilidad. “Manu, sencillamente alguien que quiere gritar algo y cuando abre la boca para hacerlo descubre que no sabe qué es”.
Tengo que aprender a equivocarme. Esas fueron las palabras que le vomité a una amiga después de advertirle que estaba a pocos segundos de quebrar en llanto. Al final no lo hice. La sensación de ahogo se calmó con un cigarrillo y la promesa de poner en palabras lo que siento. Después de una semana de euforia, de llevarme el mundo y las normas por delante. Acá estoy. Vuelvo al refugio. Vuelvo a la escritura. Me encuentro pero con la intención de buscar despojos de lo que supe ser.
No tengo miedo. No me importan las consecuencias. Me aterra el pensar que todo es nada y pienso, deduzco, si la nada es un todo, ¿para qué perder el tiempo en formalidades? Cae el hombre muerto, pero se mantiene en pie el vivo.
No quiero un mármol que guarde mi memoria.
Cerré un ciclo. Lo logré. Conseguí todas y cada una de mis metas. Ahora es tiempo de buscar nuevos objetivos, nuevas personas, nuevos poemas, nuevas canciones, nuevos recuerdos, nuevos deseos, nuevos medios. Necesito volver a aprender.
jueves, 24 de junio de 2010
El eclipse no fue parcial y selló nuestras miradas


