
“¿Me enseñás a manejar?”, le dije con voz de nena buena mientras él, unos cuantos años mayor, disfrutó de la sensación de ser el primero en algo. “Claro”, respondió y estacionó su auto en una calle amplia y sin demasiado tránsito.
Así aprendí a manejar. A fuerza de muchas cuadras en primera -me daba pánico pasar el cambio-, de un par de apagones y de poner forzosamente el guiño a 50 metros de la esquina, logré tomar confianza y largarme sola.
Semana a semana, me subía a su auto y aprendía cosas nuevas. En el medio, madre se solidarizaba con la causa y me habilitaba su auto cuando él prefería venirse a casa en tren y dejar el suyo en su garage.
Meses más tarde, la familia viajó a la costa. Todavía bajo el techo paterno y con unos escasos 17 años, me trasladé con ellos a disfrutar de la comodidad del caserón y la libertad que me daba contar con una tarjeta de crédito cuyo recibo jamás llegaba a mis manos.
“Pa, te llevo yo”, le dije recién bañada cuando padre anunció que tenía que hacer una parada por el supermercado. “¿Estás loca? No tenés registro todavía”, respondió y me invitó al viaje pero, claro, desde el asiento del acompañante.
Después de dar una lección teórica del funcionamiento del auto y de hacer las compras, padre decide estacionar a un costado de la ruta, bajarse del auto e invitarme al asiento del conductor. “¿Estás loco?”, le respondí con cierto grado de disfrute. “No, si sabés manejar, sabés manejar en ruta”, me respondió.
Y así fue. Lo arranqué, puse primera, segunda, tercera, cuarta y llegué a quinta. ¿El camino? El trecho que une a Villa Gesell -la ciudad en donde se encontraba el supermercado- y Mar de las Pampas.
Llegamos. Subí el auto y lo dejé justo al lado del de madre que miraba desde la ventana de la cocina. Cuando lo apago, padre me mira con una gran sonrisa de satisfacción y sentencia: “Ahora sí, siempre vas a recordar que el primero que te sacó a andar en ruta fui yo”.
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