Agarro la piedrita una vez más. Sin
rebeliones, ni misterios. Vuelvo a agacharme, con la ingenuidad que
sólo puede proyectar la mirada que aún no ha visto. Regreso al
ritual casi perverso de la tiza y el asfalto, al punto de salida: la
tierra. El cielo sigue allá, a lo alto y casi curvado por la
perspectiva infantil que sólo el comienzo de la rayuela logra
restituirnos. Aunque sea sólo por algunos instantes.
Flaquean las rodillas, el cuerpo
traiciona, pero envalentonada por la necesidad de dar un gran salto
-quién sabe a dónde, quién sabe por qué- suelto la piedrita. La
libero de la transpiración y la prisión de mis manos. La incierta
trayectoria se convierte pronto en liberación pura, con una pizca de
pánico y otra de horror.
Y acá estoy. Una vez más, con los pies en
la tierra y una asfixiante necesidad de llegar, aunque sea sólo por
algunos instantes, al cielo.

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