lunes, 1 de febrero de 2016
La nada, el todo
Borges me invita a ocultarme o huir.
Cortázar me inunda de miedos abismales, fantasmagóricas
representaciones de un subconsciente oscuro y con demasiado vuelo.
Tal vez, más allá de mi dominio o alcance. Pizarnik me sugiere el
silencio, el quiebre individual, el sufrimiento en voz bajita. Así,
agachadita, escondida debajo de la mesa, casi como pidiendo permiso o disculpas. Neruda me propone un
caramelo demasiado azucarado, lo mismo hace a la distancia Benedetti.
Sabines me habla de desparpajo, de sábanas gastadas y placer penoso.
Vian, siempre al alcance de la mano, me lleva a un mundo de ruta y
libertad que no se condicen con las cadenas que me pusieron o me
puse, quién sabe. La llave no está al alcance de mi mano y ese ya
es motivo suficiente para dar por finalizada la búsqueda. No
encuentro reflejo en las palabras. Y tal vez ese sea el verdadero
sentido de la nada, del todo.
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