
Aplicados, quedarían así.
Situación A
De cómo afectaba el lenguaje a nuestra relación cuando yo era una adolescente
“¿A dónde vas?”, dice él.
“Salgo con los chicos del Nacional (por el Colegio Nacional Buenos Aires) y del Pelle (por la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini)”, responde m.
“¿Cómo viajás?”, pregunta él.
“Me tomo la D o el Mitre, todavía no lo sé”, responde quien les escribe.
Padre, alterado, sentencia: “El día en el que hables como corresponde vamos a poder tener un diálogo normal”
Situación B
De cómo afecta nuestra relación actual
“No sabés lo que fueron las elecciones en mi facultad”, dice mi hermana (ex estudiante de universidades privadas, actual amante de la UBA).
“Si te contara cómo fue la elección de centro (por la elección del Centro de Estudiantes) en Ramos (Por la sede Ramos Mejía de la Facultad de Sociales de la Universidad de Buenos Aires) te morís”, respondo.
“No, creeme que fue muy bizarro”, insiste ella
“Belu, yo hice el CBC (Ciclo Básico Común) en Ciudad (por la sede Ciudad Universitaria) y creeme que la FADU (Facultad de Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires) no se compara con sociales”, le retruco
Padre deja su tenedor, me mira fijo y dice: “Ahí está la periodista destrozando el idioma”
Pero, como siempre dicen, algún día le iba a dar la razón. Sí, después de años de peleas lingüísticas comprendí la exasperación que mi progenitor sufría cada vez que hacía uso y abuso de mis terminologías generacionales. Así fue.
Situación C
De cómo el tiempo le dio la razón. Una clara devolución de gentilezas.
“Mirá esto”, dice Madre
“¿Qué pasa?”, le pregunto mirando el monitor de su notebook
“No me puede dejar esto en el… (prepárense) Face”, se horroriza
“¿En el qué?, indago
“En el Face…”, insiste
Risa maratónica intermedia que crispó los nervios de Madre
“Facebook”, le subrayo
De pronto entra él. Me mira, se ríe y sentencia: “¿Ahora me entendés? Pelleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”.
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