Cada vez que vienen visitas, me encargo de pasar por los chinos de la vuelta y comprar aquellos pequeños detalles que son la perdición de quienes ingresan al hogar en busca de un poco de compañía. Cargo el changuito, intento no mirar el ticket y camino, contenta, la cuadra y media que me separa del súper.
Pese a que todavía no puedo ofrecer muchas comodidades -habilitamos el medidor de gas pero los de la obra todavía no se dignan a abrir la llave general- y que el polvillo sigue dando vueltas en el aire, nunca faltan las flores en las esquinas y la buena predisposición para ir lavando lo que se usa y ofrecer algo frío o calentito, según la temperatura.
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