“Aureliano, por su parte, no tenía
más contacto con el mundo que las cartas del sabio catalán y las
noticias que recibía de Gabriel, a través de Mercedes, la boticaria
silenciosa. Al principio eran contactos reales. Gabriel se había
hecho reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en París,
vendiendo los periódicos atrasados y las botellas vacías que las
camareras sacaban de un hotel lúgubre de la calle Duphine. Aureliano
podía imaginarlo entonces con un suéter de cuello alto que sólo se
quitaba cuando las terrazas de Montparnasse se llenaban de enamorados
primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de noche para
confundir el hombre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores
hervidos donde había de morir Rocamadour”.

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